Escribo que, la tierra es de quien la trabaja, en un grabado para una comunidad de custodios de semillas de aquí del Quindío. No sé si ellos, cuando miren la frase, pensarán en la tierra como propiedad, como trabajo o como herencia. Quizá piensen en otra cosa, en una parcela, en una semilla que alguien les entregó hace años, en una mujer que les enseñó a distinguir el maíz que sirve para sembrar del que debe ir a la cocina, o en un hombre que aprendió a leer el cielo antes de saber leer un libro.
Yo pienso en las palabras. En esas palabras que llegan a nosotros antes de que sepamos exactamente qué significan. “Campesino” es una de ellas. La escuchamos en boca de la abuela, en la escuela, en la plaza de mercado; también la vemos en las fotografías de hombres y mujeres trabajando la tierra. La escuchamos y observamos antes de entenderla. A veces antes de saber que detrás de ella había una historia.
Durante mucho tiempo he pensado que nos enseñaron a entenderla como una categoría económica: alguien que vive en el campo y trabaja en él. Pero las palabras, cuando tienen historia, suelen desbordar las definiciones, detrás de “campesino” hay una forma particular de conocer el mundo.
Está quien sabe cuándo sembrar porque ha aprendido a leer el cielo. Quien reconoce una semilla por su forma, su sabor y la memoria que guarda. Quien distingue una tierra cansada de otra que todavía puede dar fruto. Quien conoce los ciclos del agua, las plantas que resisten en ciertas temporadas y las maneras de conservar una cosecha.
No aprendieron todo eso en un salón de clases, o no solamente allí. Estos, son saberes construidos durante generaciones, transmitidos en la conversación, en la práctica y en la observación cotidiana. Se aprenden mirando, se aprenden haciendo y también se aprenden equivocándose.
Durante mucho tiempo, fueron considerados inferiores frente al conocimiento producido por la universidad, el laboratorio o la empresa. La historia de la modernización rural también ha sido, en buena medida, la historia de esa desconfianza: decirle al campesino que su semilla era menos valiosa que la certificada, que sus prácticas eran rudimentarias, que para progresar debía abandonar aquello que había aprendido de sus mayores. Y, sin embargo, esas manos siguieron sembrando.
Hoy hablamos de biodiversidad, soberanía alimentaria, crisis climática, bioeconomía y conocimiento situado. Palabras que circulan en documentos, congresos, proyectos y discursos. Palabras necesarias, sin duda. Pero mientras nosotros las pronunciamos, el campo continúa haciendo algo que nunca dejó de hacer: guardar semillas. Quizá por eso comenzamos a comprender algo que el campo ya sabía: que una semilla no es solamente un insumo, que una parcela no es únicamente una unidad productiva y que el conocimiento no comienza necesariamente en un laboratorio.
Quien conserva una variedad de maíz, reconoce los ciclos del agua o sabe qué cultivar en determinado suelo, está preservando mucho más que una práctica agrícola. Está custodiando memoria, biodiversidad y posibilidades de futuro. Tal vez uno de nuestros errores ha sido confundir conocimiento con certificación y modernidad con olvido.
Me resulta violento que en Colombia vuelva a discutirse cómo llamar al campesino y que aparezca, en algunos discursos, la expresión “empresario del campo”. No porque un campesino no pueda ser empresario, por supuesto que puede. El problema es otro: una palabra no siempre puede sustituir a otra sin llevarse consigo una parte de la historia.
“Empresario del campo” pone el acento en la productividad, la inversión, el mercado, la rentabilidad. “Campesino” cuenta algo distinto: una relación con la tierra, con la comunidad y con el territorio; una memoria familiar, unas formas de producir, cuidar y transmitir conocimientos que no empiezan ni terminan en una lógica empresarial. La diferencia parece pequeña hasta que uno mira lo que queda por fuera.
Un campesino puede ser empresario, investigador, líder comunitario, custodio de semillas, maestro o poeta. Ninguna de esas dimensiones cancela las otras. El problema aparece cuando una de ellas pretende convertirse en la definición completa de una persona, cuando la palabra que nombra su actividad termina ocupando el lugar de la palabra que cuenta su historia.
También hemos aprendido a mirar el campo como paisaje. Lo vemos desde la carretera, en una fotografía turística o en una postal de montañas verdes: vemos las lomas, las casas, los cultivos. Vemos la belleza, pero detrás de ese paisaje hay alguien que sembró lo que comemos. Alguien conservó la semilla y transmitió una práctica que quizá mañana resulte indispensable para enfrentar un clima que ya no se comporta como antes.
Pienso en eso mientras termino el grabado. En la frase que he escrito, en la comunidad para la que la he escrito y en todo lo que cabe detrás de una palabra que a veces pronunciamos sin detenernos.
“Campesino” no es una palabra que necesitemos esconder por considerarla antigua. Tampoco es una palabra sagrada: la lengua cambia, y debe hacerlo. Pero hay palabras que todavía cumplen una función que no deberíamos apresurarnos a abandonar. También nos recuerda una historia política. La de un país que ha vivido buena parte de sus guerras, desplazamientos y desigualdades en el campo. La de comunidades que han tenido que defender sus territorios y sus formas de vida. La de generaciones enteras que han sostenido la alimentación de otros mientras permanecían lejos de los centros donde se tomaban las decisiones sobre ellas.
Por eso, cuando alguien propone reemplazar una palabra, la pregunta no debería ser si la nueva expresión suena más moderna. Deberíamos preguntarnos qué alcanza a nombrar y qué deja por fuera. Qué historias consigue contener y qué vidas se vuelven menos visibles cuando una definición se estrecha. Y quizá esa sea la verdadera discusión: no una pelea por el diccionario, sino por la mirada desde la cual Colombia decide relacionarse con su campo.
Yo prefiero la palabra campesino porque todavía puedo escuchar algo detrás de ella: una mujer escogiendo semillas sobre una mesa, una conversación que pasa de una generación a otra, el agua corriendo por un huerto y alguien que, antes de mirar el precio de una cosecha, levanta la cabeza para saber si va a llover.
Hay palabras que no necesitan ser reemplazadas, sino que necesitan que volvamos a comprender todo lo que contienen.