Vivo cerca de un puente. El puente del que más personas saltan para acabar con su viaje. Ese puente está en Manizales, donde se ven los atardeceres más bellos que he presenciado y donde el lema es «la ciudad de las puertas abiertas». Mi ciudad natal, Tandil, en Argentina, tiene su propio dique de contención, donde también muchas personas decidieron terminar su camino. Su lema es «Tandil, lugar soñado».
¿Existen las casualidades? Creo que no. Existen las malas políticas de salud mental. Existen las malas estadísticas sobre salud mental. Y las dos esconden lo mismo: la realidad.
Mejor no hablar de ciertas cosas, ¿no? Lamentablemente, tanto en mi país como en Colombia, la salud mental se lleva apenas unas migajas del presupuesto de salud. Según cifras oficiales, menos del 2% en ambos casos, muy lejos de lo que la propia ley exige. Tanto es así que en Manizales les ponen vidrio a los puentes, policías en cada extremo e imágenes alusivas a que tu vida vale y que el agente que está ahí está para escucharte. Diríamos nosotros: ¿esto es joda? Pero no, no lo es, aunque parezca un mal chiste. Me pregunto qué intentan hacer con esa política de prevención del suicidio: ¿simplemente seguir maquillando estadísticas para que «el buen vecino» piense que la alcaldía está haciendo algo? ¿O es una pantalla más que debemos mirar sin pensar, para que todo siga como siempre?
Este es el mes de la concientización del suicidio, y de esto hay que hablar. No tengo nada contra los lemas de las ciudades, pero deberían ser más justos con las palabras. «La ciudad de las puertas abiertas» también es el mejor vividero del mundo, y del «lugar soñado» suele decirse que es la mejor ciudad para vivir tranquilo de toda la provincia de Buenos Aires. Como dirían las abuelas, acá hay gato encerrado. Veamos por qué. Según La Patria, diario de Manizales, este año van 24 suicidios, un 26% más que en el mismo período del año anterior. De esos 24, 23 son hombres, uno solo es mujer.
Mi propia ciudad repite el patrón. Cuatro de cada cinco personas que mueren por suicidio en Argentina y en Colombia son hombres, según cifras del SNIC. En Manizales, son casi todos.
El dato no es casual ni menor: es la misma herida, repetida en dos países distintos. La diferencia entre nosotros es esta: ellas piden ayuda. Nosotros, no tanto. Y de eso, más adelante, hay algunas cositas por decir. Esto es lo que está registrado, pero la verdad descreo totalmente de las cifras: no hay que hablar solo de quienes terminaron su viaje, sino también de quienes lo intentaron sin lograrlo, y de quienes, tras ese intento, quisieron volver a intentarlo.

En el diario más importante de Tandil, uno de los titulares de julio fue: «En Tandil, el suicidio supera a los homicidios y las muertes viales, con una tasa mayor a la media nacional».
¿Cómo puede ser que dos ciudades a tantos kilómetros de distancia tengan cosas tan parecidas? La cultura no podría ser más distinta. El paisaje tampoco. ¿Será que comparten el mismo silencio? Esa pregunta es muy fácil de contestar: existe una deuda pendiente en la prevención y en el acceso equitativo a la salud mental. Cuando hablamos de salud no todos somos iguales, ¿verdad? Pero para votar sí, todos somos iguales, y hasta algunos políticos nos dicen que todos somos hijos de la patria y del mismo dios. ¿Nos reímos o tratamos de buscarle una lógica a esto?
Hace meses asisto a un programa de atención clínica y emocional donde tengo espacios de terapia personal (psicóloga, psiquiatra, psicóloga social y de familia) y terapias grupales enfocadas en el bienestar y en la educación sobre la salud mental en todos sus aspectos.
Y sabés qué… no soy bueno con las mediciones, pero por cada veinte mujeres debe de haber un hombre. Y quiero detenerme acá para dar cuenta de este dato. ¿Qué nos está pasando a los hombres a la hora de pedir ayuda? Te nombro una sola cuestión: masculinidad hegemónica patriarcal. Este mandato nos dice a los hombres no solo cómo debemos tratar a las mujeres, sino cómo debemos ser, de pies a cabeza, hombres de verdad. No lo vemos, pero ahí está y radica el problema. Desde muy chicos nos dicen que no debemos llorar, que debemos aguantar, que nacimos para ser fuertes, que vamos a ser el sostén de la familia, que el hombre esto, que el hombre lo otro. Nadie nos dijo que el sostén también se puede caer. Y la verdad, mis generaciones pasadas pueden irse al carajo, con todo respeto. Ya cansa el discurso político machista, los mandamientos religiosos machistas, los dictámenes culturales machistas. Todo, al final, es una cuestión para conservar el poder. Los hombres ya no podemos cargar más con esto que tanto daño nos está haciendo. ¿Vos creés que es casual que en ambos países, tanto en Colombia como en Argentina, los índices de suicidio los encabecen los hombres, y las tasas de feminicidio estén por las nubes? Ahí hay algo que decir sobre el poder y sobre quién lo tiene, pero esa es otra columna.
Si seguimos así, las personas van a seguir saltando de los puentes, el de Manizales, el de Tandil, o de cualquier otro puente del mundo que tenga vidrio y policías en vez de políticas reales. Y no va a ser porque no avisaron. Va a ser porque nadie quiso escuchar a tiempo, y porque las puertas que tocaron estaban todas cerradas.
No tengo la solución. Tengo un puente cerca de casa y una pregunta que no me deja tranquilo: ¿cuántos de esos 23 hombres de este año le habían dicho a alguien que no estaban bien, y cuántos no encontraron a quién decírselo?
Si este texto sirve para algo, que sea para esto: la próxima vez que una persona te diga «estoy bien» sin que llegues a creértelo, no lo hagas. La intuición es buena consejera. Preguntale de nuevo. Suele ser el comienzo de algo bueno.
Y a ustedes, los políticos: pisen los centros de salud y vean lo que causan sus políticas desiguales. Analícense. Vayan a terapia. Lean. Edúquense. La empatía es contagiosa. Y quién les dice que, además de ser políticos, empiecen a ser seres humanos.