
Los sonidos de la ciudad, después del terremoto del pasado lunes 10 de agosto, son otros. Ahora, la retroexcavadora rasga y araña con su brazo largo cada columna, cada muro, cada techo, cada ventanal, hasta dejarlos en pedazos en el suelo. Luego ingresa una volqueta que se lleva cada uno de esos escombros mientras el polvo cubre esquinas y parte de la cuadra. Entonces hay ruidos que son como fuertes golpes que reciben las calles, va uno tras otro y no paran. La golpiza sobre las edificaciones y el pavimento empieza a las 9:00 a. m. y se prolonga hasta las 8:00 p. m..
Oigo cómo totean los vidrios y cómo chocan los escombros contra la calle. Esos truenos continuos son los que la gente recibe. Los peatones, varios de ellos, se quedan estáticos viendo cómo esas máquinas amarillas derrumban y acaban con esquinas completas, espacios donde antes quedaban negocios, locales, restaurantes o almacenes de venta de ropa. «Tanta gente que se quedó sin trabajo, ¡Dios mío!», escucho.
Las personas que miran, muchas de ellas, fueron empleados, otros dueños de esos sitios, que observan en silencio cómo lo que construyeron durante años se desmorona de un solo zarpazo. Ahora el terremoto no solo se ve, sino que empieza a sentirse en cada uno de ellos. El dolor de la pérdida. La sensación de tener que salir corriendo del lugar sin poder sacar nada. Es perder todo en segundos. Ahora el sacudón está en el corazón. Ahora no se sabe a dónde ir.
Otras personas solo miran hacia lo alto, miran unos cuantos segundos, se acomodan el tapabocas y siguen su camino tristes, sin tanta esperanza. «Ver esto es muy duro», rumora uno. El taladreo constante se siente. Va desde la planta de los pies hasta la cabeza. Ese traqueteo de la máquina no para.

Al otro lado de la calle, una señora uniformada de amarillo y rojo y con casco blanco lanza instrucciones desde un megáfono que advierte sobre el polvo y los escombros que caen de lo alto. Su voz metálica y chillona se une a ese desorden sonoro que invade el sector. La gente acelera el paso.
Alrededor de ese salvaje y ensordecedor ruido, se escuchan pitos de taxis, motocicletas a alta velocidad, una persona golpea contra el andén un cilindro de gas, el taladro perforando unos escombros y allá, algo retirado, el pedaleo del ciclista que lleva un pedido. A esta estridencia se une la música del despecho, que intento detectar de dónde viene, pero no lo logro.
Escucho también cómo dos personas vestidas con ropa desgastada, polvorienta y sudorosa chocan un par de botellas de cerveza y beben para calmar el sol que cae desde bien temprano sobre sus rostros. Están cansados de tirar pala, mover piedras y maderas que van de aquí para allá, hasta arrumarlas en una montaña que queda allí hasta que un camión pase por ellas. El centro cambió. Las esquinas están peladas, vacías. El viento se asoma y azota los muros, levanta mugre y mueve la arena. Queda poca gente en las calles y en los andenes. Hay silencio.
Así va la mañana de un punto del centro de Pereira, donde antes el ruido era el lotero que anunciaba sus números, los perros y sus ladridos, el señor promoviendo el almuerzo, el sonido de las registradoras y varias bocinas de carros. Ahora es un tropel de escombros, alarmas que se disparan, rancheras y sorbos de cerveza.
Esquina de la carrera 6 con calle 18. Hora: 11:10 a. m.

¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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