
Durante el terremoto registrado el pasado lunes 10 de agosto, diez familias de la vereda Colombia Kilómetro 41 —zona rural de Manizales, a 40 minutos del área urbana, sobre el río Cauca— perdieron sus viviendas y, en algunos casos, sus medios de subsistencia. Cinco días después, el reclamo de la comunidad no es la ausencia absoluta del Estado, sino la ineficacia y la falta de seguimiento con la que las instituciones han abordado la emergencia en el sector rural.
Mientras tanto, vecinos y líderes de la zona han asumido la tarea de organizar las donaciones que llegan de particulares y voluntarios en una casa ubicada a metros de las viviendas que colapsaron.
Para Willington Ocampo Arroyabe, quien regresó desde Manizales para apoyar a la gente de su vereda, el problema está en que la atención y presencia de las instituciones se ha concentrado en la zona urbana y comercial de la ciudad, dejando de lado las veredas: “Nosotros estamos haciendo una labor, sí, pero aquí el tema es que esto no es responsabilidad ni del donante ni de nosotros como voluntarios. La responsabilidad es directamente del Estado”, afirma.
Willington agrega que, a diferencia del sector comercial o de propietarios urbanos que cuentan con pólizas y seguros, las familias rurales dependen exclusivamente de la respuesta pública. Por eso, aunque delegados y organismos de socorro transitaron por la zona, los testimonios de los habitantes dan cuenta de un despliegue oficial desarticulado y con visitas superficiales.
Yensi Paola Román Jiménez, quien vio su casa, sus pertenencias y el emprendimiento de 1.000 gallinas del que dependía su familia, quedar reducidos a escombros, relata cómo fueron las primeras visitas de las instituciones en la vereda:
“El lunes y el martes vinieron varios funcionarios de la Alcaldía. Tomaron muchas fotos, pero no eran de la parte de ellos. Por ejemplo, vino el de café y de otras cosas. Entonces cuando les preguntábamos, nos decían: ‘No sabemos, nosotros llevamos la información y ya ellos, cuando se desocupen, meten todo al sistema’. Nunca nos dijeron, esto es para riesgo, esto es para tal cosa, esto es para tal ayuda.”, explica Román.
A la falta de claridad de los delegados se suma el reclamo de la carencia de una evaluación técnica completa que permita establecer la magnitud de la emergencia en la zona. Según relata Paola, la inspección del cuerpo de bomberos no cubrió a todas las viviendas afectadas: “Bomberos no sé dónde censó. Cuando vino aquí solo traía cuatro hojas y el bombero dijo “se nos acabaron las hojas”, y pasó derecho. Son respuestas que duelen más que lo que pasó”.
Organización comunitaria para atender lo urgente
Martha Liliana Castro Parra, una de las líderes de la vereda y representante del colegio local, se ha puesto al frente de la labor de organizarse en comunidad para atender la emergencia. Aseguró que, desde el segundo día varias mujeres comenzaron a recoger mercados entre los mismos habitantes del sector para apoyar a las familias afectadas.
La casa de una de las vecinas se convirtió en el centro de acopio: “Lo hicimos en la casa de ella porque era como lo más cercano a ellos. Nos reunimos todas en las tardes y vamos separando lo que es el arroz aparte y todo así”, narra Martha.
Según cuenta, por ahora, las familias tienen alimentos suficientes gracias a la ayuda de particulares. Actualmente, la prioridad es resolver dónde dormir y dónde permanecer mientras les brindan una solución.

Willington Ocampo señala también que, hasta la fecha, las entidades de apoyo psicosocial y de salud no han ingresado a la vereda para atender las secuelas emocionales que dejó el sismo. La situación es crítica para personas en condición de vulnerabilidad, como una habitante de 35 años con síndrome de Down que ha presentado fuertes cuadros de ansiedad e irritabilidad tras el colapso de su hogar.
Por otra parte, la emergencia también afectó a los perros y gatos del sector. Paola cuenta que algunas fundaciones y veterinarias han llegado para atenderlos, pero que todavía quedan animales que necesitan comida, agua y asistencia veterinaria.
“Me duelen mis vecinos y mi suegra que vive con mi cuñada que tiene síndrome de Down. Me duele mi vecina Rocío, quien es analfabeta y quedó atrapada allá. Me duele doña Sandra que quedó en su casa pidiendo auxilio y se cortó sus piernas porque tuvieron que quebrar los vidrios para poderla sacar. Me duelen todos los que sacaron. Me duelen los animales y me duele todo”, expresa Paola.
Entretanto, los habitantes de la vereda Colombia Kilómetro 41 continúan a la espera de las respuestas institucionales y han identificado algunas de sus necesidades más urgentes, en las que podría apoyar la comunidad:
- Atención médica y psicosocial.
- Apoyo económico.
- Contactos para alternativas de reubicación temporal.
- Donaciones de utensilios de cocina, camas y productos básicos para el hogar.
“Que no se olviden del 41 y que nos tengan siempre presentes”, pide Martha.


Estamos viviendo un trauma colectivo. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, escríbenos a barequeo@barequeo.com