Hay momentos en la vida que se convierten en puntos de quiebre. Circunstancias adversas que nos hacen recapacitar frente a lo que creíamos seguro, estable, inamovible y predecible, pero que de un momento a otro simplemente ya no está.


Hay una pregunta que escuché alguna vez y que hoy ronda con fuerza por mi cabeza: «¿Qué pasa cuando un objeto inamovible se encuentra con una fuerza imparable?». El pasado 10 de agosto obtuve una respuesta a medias, porque siempre que se buscan respuestas, se multiplican las dudas. Con el terremoto, bastó un segundo para ver cómo los rostros, las edificaciones, las calles y los lugares comunes que suponíamos eternos cambiaban de golpe. La realidad ya no era la que conocíamos y sentir ese shock de primera mano fue una experiencia profundamente compleja. Una fuerza imparable destruyó lo que creíamos inalterable: parte de nuestra historia y de nuestra cultura.
Mi primer impulso al sobrevivir, luego de confirmar que mis seres queridos estaban a salvo, fue agarrar mis cámaras y salir a documentar el centro histórico. Necesitaba registrar los destrozos ocurridos en un par de segundos, las fachadas derrumbadas, el caos y los monumentos afectados. ¿Por qué el centro? Porque el centro histórico es de todos y, al mismo tiempo, de nadie. Es un lugar que transitamos por lo menos una vez a la semana, pero lo hacemos rápido; caminamos sus calles con afán, sin detenernos a mirar su arquitectura republicana ni a sus personajes. Queremos salir rápido de él porque lo creemos inseguro, aunque nos pertenece social, cultural e históricamente. Nos muestra quiénes somos y de dónde venimos; es un lugar que estamos dejando abandonado día a día, sin cuidarlo con el respeto y el amor con el que atendemos a nuestros seres queridos en su vejez.


Al llegar a Fundadores podía ver los primeros destrozos: el Liceo Isabel la Católica con parte de su fachada lateral caída, la Basílica de la Inmaculada con su Cristo colgando y varias edificaciones destruidas, lejos de imaginar que la Catedral estuviera tan afectada.
Y no es que la Catedral sea más o menos importante que las estructuras donde hubo personas que perdieron la vida, o que las viviendas construidas durante años en barrios donde conseguir un solo ladrillo supone un esfuerzo casi sobrehumano. Pero la Catedral es el símbolo de una ciudad que siempre ha salido adelante a pesar de las dificultades. Es precisamente ese símbolo el que nos genera este impacto de pérdida, luto y duelo.


Desde la psicología podemos entender que todos, así no hayamos perdido bienes materiales, perdimos mucho. La sensación de vernos bien, con nuestros enseres y casas aún de pie, con nuestros familiares a salvo y como «si nada hubiera pasado», hace que empecemos a culparnos por no estar en peores condiciones, por no hacer más de lo que deberíamos o por no sufrir igual que las personas que vemos en las imágenes. Pero sí perdimos. Y no está mal sentirnos vulnerables por el hecho de que nuestras casas sigan en pie o nuestros seres queridos estén a salvo. Perdimos la certeza, la tranquilidad y la ilusión de lo inalterable. Reconocer el dolor ajeno no exige anular el propio; sanar como ciudad también requiere darnos permiso para habitar la tristeza por todo aquello que no volverá a ser igual, y reconstruirnos desde la pérdida.
Esto no será un camino fácil ni rápido, pero es lo único que podemos hacer mientras nos sostenemos entre todos, justo como la torre de la Catedral se sostiene desde la nave central del edificio: como un abrazo en tiempos difíciles.





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