Aforismos del lector extraviado

25 de febrero de 2026

La lectura es lo contrario de la verdad: evapora mis más íntimas convicciones en una multiplicación de caminos que se bifurcan; como la biblioteca de Borges.
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Para acercarme a mí no tengo otra alternativa que la lectura: la posibilidad que me brindan los espíritus del pasado —como diría Montaigne— solo para arrojar una luz momentánea, solo para entrar en razón y aceptar que escapo, que me escabullo. Sin pretensiones, esas breves apariciones lúcidas del fantasma que hay en mí emanan justamente del reflejo que las lecturas me hacen ver del vacío que queda impregnado del olor de un hombre que ha dejado paso a la certeza de su desaparición.

En cierto sentido soy un fanático, o tal vez un masoquista. Me gusta pensar que no hay objetivo más placentero que errar. Amo las contradicciones que la lectura me propone. Concedo a sus vapores narcóticos que duermen las luchas de mis pensamientos o me inyectan de combate contra las falsas certidumbres. La lectura es lo contrario de la verdad: evapora mis más íntimas convicciones en una multiplicación de caminos que se bifurcan; como la biblioteca de Borges.

Cuando leo viene una imagen: la de un náufrago que se debate por mantenerse a flote, extenuado, luchando contra la fuerza del océano que lo arrastra y, a punto de sucumbir, de pronto: un libro. Leo para encontrar lo que no busco. Leo para no morir, y leer me hace naufragar porque me atrae el riesgo de pararme sobre el precipicio, confiando en que una voz hecha página va a llegar para salvarme. Leo para ensayarme, y desde cada paso intento nuevas formas de acercarme a un lugar que nunca podré conocer: la certeza de la incertidumbre.

Del mismo modo que uno se encuentra con la muerte por azar, los libros, como una especie de contrapartida, destellan en la oscuridad de repente. Aparecen con una palabra que lanza una indicación al lector extraviado en los anaqueles. No sé cómo llamarlo: no quiero llamarlo destino ni azar, tampoco darle valor a una entidad sobrenatural. No tiene que ver con el universo. ¿Cómo decirlo? 

El lector desesperado que busca la salida tal vez la encuentre el día en que no la busque más. Por motivos extraños, a todos nos sucede que cuando buscamos insistentemente algo desaparece y, de pronto, cuando hemos claudicado, aparece tan de golpe que uno cree que alguien nos juega una broma.

Alejado estoy de la calma y quiero que las lecturas produzcan en mí un sacudimiento: que crezca el barullo intenso de un bosque que me ensordece, me marea y me hace palpitar de incertidumbre ante la posibilidad de perderme. Leo para vivir doblemente: entre aquel que se observa y aquel que naufraga, uno en dos a la vez, redoblando cada instante.

El lector extraviado descubre dos cosas: la soberanía sobre sus extravíos y, paradójicamente, que en ellos se crean imágenes y ensoñaciones de las que no es autor. Nunca habrá transparencia para el lector. La lectura consiste en sobrepasar el miedo a encontrar y abandonar la pretensión de una respuesta: el ideal del lector perfecto.

La palabra extravío tiene una connotación negativa; sin embargo, si se la toma en sentido literal y se la descompone, el prefijo extra introduce una alternativa, abre la posibilidad de un afuera, de una opción suplementaria; y el sustantivo vía remite al camino. En este sentido extraviarse sería entonces no perderse sin rumbo, sino salirse del trayecto previsto para explorar otro posible.

Extraviarse es una aventura: abre en mi espíritu el hecho innegable del instante, ese aparecer y desaparecer donde la lectura se vuelve lo contrario del aburguesamiento. El lector extraviado es lo opuesto al lector profesional: lee para perderse, no le interesa el resultado y lee siempre como un debutante del asombro.

Leer extraviadamente es jugar en serio con lo incierto. Dicho de otro modo, extraviarse es asumir el riesgo de la libertad total; saber que tal vez nunca se vuelva; que la lectura delire en el sentido etimológico: que se salga del trazo.

No obstante, el extravío no es el exilio: es un viaje sin destinación necesaria, uno que hace vivir cada palabra y la convierte en pasaje y en mundo.

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  • Manizales, 1988. Administrador de empresas. Lector, caminante y librero en Refugio librería.

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