«La vida color tusi», de Daniel Muriel Correa (fragmento)

Saviola, el personaje principal, padece las consecuencias de una sociedad que no está preparada para que el joven de una familia condenada por narcotráfico sueñe con escribir un libro con el tusi como protagonista.
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El hombre de la bolsa

Saviola cayó por un túnel que le recordó el anochecer en el mar. Minutos antes de los disparos aspiró el polvo rosado que había inundado la ciudad.

La música lo esperó al final del túnel. No comprendió si caía o levitaba por un espacio que se tornó del color que tienen los envases de cerveza cuando los golpea el sol a las cinco de la tarde.

—¿Por qué las personas se esconden para esnifar esto? —en su rostro se dibujó aquel paréntesis en que se convertían sus pómulos cuando esbozaba una sonrisa, como si todas las alegrías de su vida tuvieran que ser explicadas.

El paladar dormido y un aroma de esencia frutal le embalsamaron las preocupaciones que, en ese momento, desde esa altura, eran imperceptibles.

Los pies aterrizaron en la pista de baile, la música se convirtió en ruido, el aburrimiento retornó y la romería de pensamientos se acomodaron para juzgar su inacción.

—Paarce, cuando se baja el efecto uno aterriza —le dijo Capur, alargando las vocales como acostumbraba al inicio de las frases, que le había contado Pecas— y eso da, dizque, por un desequilibrio químico en el cuerpo.

No sabe por qué, esa noche, después de tanto, volvió a pensar en Marcela, la profesora de español que en el colegió le habló sobre el Carpe Diem.

—Veea, dese otro, instálese.

Las llaves de la casa del primo eran la base de una montaña rosada que desaparecía con cada aspirada. En su afán de volver a transitar el túnel de tonos flavos y azulados, no se dio dos, sino cuatro pases, y en la música encontró la compañía para entregarse a su nuevo espacio seguro.

Cuando vio que la bolsa de ziploc era una mancha rosada de un pasado que lo llevó a disfrutar como nunca antes una fiesta, volvió a aterrizar.

—Vooy a fumarme un pucho y a escribirle a Pecas si nos puede fiar otra bolsa de sesenta luquitas —dijo Capur acariciándose la argolla del piercing plateado sobre su ceja.

—¿Sesenta mil pesos por un gramo de alegría? —preguntó Saviola con su voz de disco de vinilo y palpándose un grano sobre la comisura de los labios, mientras el primo salía por la puerta.

Minutos después un hombre de gorra fluorescente, con más arrugas respecto a los otros asistentes de la fiesta, corrió abriéndose paso entre la multitud. Ese movimiento le recordó a Saviola el escondite que jugaba en el rastrojero donde su abuela Curuba, con aquellos labios rectos difíciles para las sonrisas, buscaba eucalipto para espantar en la noche a los zancudos. Al ensimismarse en esas memorias de tierra húmeda, rastrojo afilado y pantano entre las uñas de las manos, no se percató que su cuerpo era el único obstáculo entre ese hombre afanado y la puerta. Cayeron. El suelo transpiraba amoniaco.

Al ver los ojos de ese hombre de patillas alargadas, por su espinazo cabalgó aquella noción premonitoria de conocer el resultado de las cosas sin saberlo. Sus manos se empaparon de la humedad del piso y al pararse un jalón lo hizo caer de culos.

—¡Guárdeme, guárdeme la bolsa! —de su mirada sobresalieron tres hendiduras de piel conteniendo charcos de sudor al costado de cada ojo.

El hombre corrió, abrió la puerta y su silueta se vio alumbrada por dos detonaciones.

El impulso de la estampida ayudó a Saviola a pararse. Pisó el cuerpo ensangrentado del dueño de la bolsa, que todavía llevaba en sus manos, y corrió calle abajo esperando que una bala le atravesara la espalda.

I

¿Qué título le pongo? El rosado en mi vida…no, no. Guayabo químico…tampoco. A ver, el título debería decirle al lector que estoy escribiendo sobre el tusi y esos años donde la vida me dolía de sol a sol, exceptuando esas lunas de extravío por ahí con mi Pañuelito. Ya sé, Tusi: memorias de un escritor fracasado…No, por ahí no es. No importa, después lo nombramos.

Empecemos así:

Saviola cayó por un túnel que le recordó el anochecer en el mar.

Me gusta, aunque las veces de anocheceres en el mar he estado borracho y lo que quiero responder con eso es a la pregunta:

¿Cómo me permití de adulto vivir la vida que tanto padecí de niño?

A ver, busquemos dónde está la libreta.

¿Y esta cantidad de papeles, libros rayados y cartas de amor sin llegar a su destino?

Sí señor, véala:

Descubriendo a mi escritor, por Saviola.

Grado: Séptimo A.

Docente: Marcela Villegas.

Materia: Español.

¡Qué belleza! Miráme ese escudo del América mal hecho en la esquina. Página uno:

Primer ejercicio: escribir el nombre de tu superhéroe favorito, ¿cuáles son sus fortalezas y sus debilidades?

Mi héroe se llama Guacamayo y vive conmigo. Tiene cabello negro, cejas despeinadas y una mirada a la que le pesa algo por dentro. Dicen que no somos parecidos porque mi pelo es mono y prefiero hacerme la ‘cresta’ y no los ‘cuadros’. Él me enseñó a patear una pelota cuando yo buscaba cogerla con la mano. Cuando él no está trasnochado vamos al estadio y a las reuniones de la barra. Ahí nos juntamos con otros muchachos (casi siempre trasnochados) que se alegran cuando ven a alguien vestido de rojo y buscan pelea cuando el transeúnte tiene una camiseta verde. En la última reunión me asusté por…

¡Esa costumbre infantil de escribir con lápiz! Hay muchas partes difuminadas, como recuerdos borrados. Por qué no le hice caso a mamá cuando, con su cuerpo de pera, me decía, todo pensamiento que quiera perdurar en el tiempo debe estar escrito con lapicero. 

…y eso no me gustó porque los cuchillos solo deberían existir para cortar la carne. Cuando mi papá me compró la bicicleta de marco rojo y llantas rosadas, fueron más las veces lijando el suelo que rodando, pero las voces de aliento de mi hermano siempre me animaron a pararme y a seguir pedaleando, aunque su tono de voz sea más alto del que exigen las situaciones. Lo que más me gusta de Guacamayo es cuando me enseña las cosas que en los muñequitos dicen enseñar los papás. Y me disgusta cuando viene con cara de trasnocho, porque me pide las cosas prestadas y como tiene tanto sueño se le pierden. Así le pasó con la roja, se fue pedaleando a visitar a nuestro primo Adriano y volvió a pie. Lo mismo fue con el Play dos…

De ahí para adelante no se entiende un carajo, pero cómo olvidar cuando el gordo Mateo, el más entendido del combo, me molestaba diciendo que Guacamayo me había empeñado el Play y la bicicleta. Yo solo le sonreía. No sabía qué significaba eso de empeñar.

Pero entonces, a quién elijo de protagonista ¿A Guaca? Con el brillo en sus ojos como los de un niño al ser descubierto en una pilatuna ¿A Saviola? Tan dueño de esa mirada que transmite lo que sienten las personas al ver la lluvia en medio del sol. Con el primero puedo hacer una saga, y con el segundo…¿Cómo es posible que esto todavía exista?

Historia de cómo el fútbol me salvó del aburrimiento, por Saviola, grado séptimo A.

—Vidita, sácale jugo a ese periódico —me repetía mamá con su voz de arrullo. No hubo semana donde no publicara algo, es que Marcelita, tan linda ella, siempre apreció mi manera de escribir:

…el fútbol me gusta porque no se utilizan las manos, bueno, solo para abrirlas y cubrir el balón, pues en el parto, como nací por cesárea, mi mamá (con la que comparto los mismo ojos tristes) no alcanzó a pasarme la sutileza que tiene en sus palmas para decorar botellas y adornar la sala. En artística no puedo armar una casa de papel sin que quede chueca, en cambio, en la cancha del barrio, como no tenemos portería, nos toca pegarle al palo de la estructura de baloncesto para hacer gol y, entre mis amigos, yo soy el goleador.

Mamá tiene ojos áureos (igual a los míos) que dotan claridad a su mirada. Nariz corta y una rigidez en los labios (similar a la de la abuela Curuba) imposible para cinco segundos sostenidos de sonrisas, como si se avergonzara de las alegrías. Un día, peinando sus cejas con forma de ola, me dijo:

—Vidita, conservar también es una forma de amar, ¿por qué no dejas te hago un álbum con todos tus recortes? —guardó entre su blusa el crucifijo de madera.

—Tita, no se ponga en esas, no hace falta —respondí.

¿Fui dejado? ¿Olvidadizo hacia mis cosas? Este artículo amarillento y frágil habla por mí…hasta tiene una anotación al final, esta sí con tinta roja:

Cuando sea grande voy a ser escritor y nunca voy a ganarme la vida como lo ha hecho mi familia.


"La vida color tusi", de Daniel Muriel Correa (fragmento)
Daniel Muriel Correa

El próximo sábado 7 de noviembre a las 6:00 p. m., en el salón La Celia, de Expofuturo, el pereirano Daniel Muriel Correa vivirá un ritual iniciático significativo en la vida de un escritor: presentará en una feria del libro, en este caso en la de Pereira, su primera novela, La vida color tusi.

Esta no es la primera incursión de Daniel Muriel en la escritura, aunque sí es su primera novela. Participó en texto «6 de mayo» en el libro de no ficción Golpes de Realidad (2018) compilado por Juan Miguel Álvarez y escribió en coautoría el capítulo «El baile de los que sobran» del libro Pereira Indignada (2023), que retrata el estallido social en esta ciudad.

En el prólogo de La vida color tusi. Abelardo Gómez Molina escribe: «Saviola, el joven que articula y lleva dentro de sí todo el relato, quiere huir del fracaso y para ello ve en el sueño de ser escritor una meta que pareciera ser cada día más lejana. Consumir y vender droga, fungir como periodista cargaladrillos y moverse entre las esferas de la política partidista son los ámbitos en los que recopila historias destinadas a ese libro con el que sueña. Porque Saviolita, dentro de su candidez, cree que ser escritor es tener un libro publicado, aunque ello le cueste traicionar sus principios para dejarse engañar por los intereses no compartidos con otros. Ese libro publicado es su anhelo, allí reside toda la esperanza de ser otro, en un acto de magia mutativa que le permitirá transformarse, si no en alguien mejor, por lo menos más complacido con lo alcanzado».

La vida color tusi

Daniel Muriel Correa

Editorial independiente

Pereira

250 páginas

ISBN: 978-628-02-7153-8

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  • Daniel Muriel Correa

    Pereira, 1996. Hijo de Jairo y de Consuelo, estudió comunicación social y periodismo y tiene una maestría en comunicación corporativa y medios.

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