Crisis planetaria a la velocidad de la IA

El agua no es infinita, el suelo y sus nutrientes tampoco, el planeta no es infinito. ¿Por qué nuestros sistemas económicos funcionan como si lo fueran, incluso ante los hechos que se comportan como evidencia de ello?
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Tengo un familiar que, cada que tiene la oportunidad, afirma que hoy estamos mucho mejor que hace un siglo, e incluso que hace unas décadas. Lo dice con la convicción de que los datos lo revelan todo: cada vez menos personas mueren por enfermedades infecciosas prevenibles, las guerras matan hoy menos jóvenes y hay menos personas con necesidades básicas insatisfechas.

No me he detenido a indagar en las cifras puntuales que prueban sus afirmaciones. A simple vista, algunas parecen ciertas. En Colombia, al menos, creo que muchas cosas están mejor que hace un siglo e incluso que hace treinta o cuarenta años cuando la población de los centros urbanos crecía sin planificación por el desplazamiento forzado, la atención en salud dependía de los recursos económicos con los que contaba cada paciente y la violencia de los carteles de narcotráfico dejaba cifras como la que tuvo Medellín en 1991, con más de 6 mil muertes violentas.

Sin embargo, es tentador detenerse en el comportamiento humano y afirmar que nada ha cambiado. Si no habláramos de cifras, sino de los hechos atroces que siguen ocurriendo, como las noticias que nos hielan los huesos y nos hacen cuestionarnos sobre la crueldad humana. Si nos detuviéramos en eso, el mundo no parece estar mejor. Muchas personas encuentran formas cada vez más sofisticadas de maldad y esa sofisticación no se está midiendo lo suficiente.

Pero, aun si dejáramos de lado esos casos puntuales y aparentemente aislados, y sólo examináramos comparativamente las cifras de antes frente a las de ahora, ¿de verdad estamos cada vez mejor?¿Podemos asumir que estamos progresando aun a sabiendas de que habitamos un planeta que no lo está y cuyos niveles de degradación en todas sus formas crecen de manera más acelerada que nuestras economías y nuestro bienestar?

Qué tan bien podemos estar en un planeta que ahora debe seguir el ritmo de la Inteligencia Artificial, un artefacto que almacena información a una escala casi infinita y la procesa para producir —o más bien, reproducir— respuestas y soluciones en un par de segundos.

La crisis planetaria se aceleró cuando llegó la industrialización y pudimos producir más, a mayor velocidad. En esa búsqueda por omitir los procesos y acelerar el crecimiento financiero los seres humanos llegamos aquí, donde estamos ahora, escribiendo en máquinas que quieren predecir las palabras y el tono del mail que vamos a enviar y sometidos a una oferta constante del todo: consumo infinito en un mundo que tiene límites.

Hay gurús que viven de repetir la idea de que “la escasez es mental, el universo tiene infinitas posibilidades, sólo hay que ir por ellas”. Una idea simplista del coaching espiritual contemporáneo que sostiene sistemas de precariedad tanto para la gente que tiene mucho y le conviene asumir que su abundancia se trata de una obra del universo, de la manifestación o de sus hábitos, como para quien tiene poco y necesita encontrar una motivación para seguir produciendo sin perder el sentido de la existencia.

Cuando los economistas clásicos pensaron en la idea de escasez a finales del siglo XVIII, fue porque la realidad demográfica y agrícola de la industrialización ya hacía evidente una verdad que es la base de las economías moderna y contemporánea: los recursos son escasos y limitados.

El agua no es infinita, el suelo y sus nutrientes tampoco, el planeta no es infinito. ¿Por qué nuestros sistemas económicos funcionan como si lo fueran, incluso ante los hechos que se comportan como evidencia de ello? Los ríos se secan, la erosión costera y las inundaciones desplazan poblaciones enteras, la aridez de las tierras las deja improductivas para cultivar alimentos y los incendios forestales dejan bosques estériles y cientos de especies sin hogar.

Quisiera creer, como lo dice mi familiar, que estamos mejor que hace un siglo. Pero, no puedo dejar de pensar en cuánto se está acelerando un mundo que parece ir rumbo a estar inevitablemente guiado por el ritmo de la IA y en las consecuencias que esto puede tener en la profundización de las crisis planetarias. Cuántos recursos naturales demanda ese ritmo. Y no sólo me refiero al agua que se necesita para enfriar los servidores que soportan la memoria de las IA. Me refiero también a los recursos que demandan la velocidad de producción y consumo a la que estamos entrando por inercia a medida que adoptamos estas tecnologías.

Es un error de diseño que herramientas como las redes sociales y la Inteligencia Artificial llenen los bolsillos de sus dueños mientras el resto sufrimos las externalidades negativas: centros de datos que desplazan personas, deforestan y disminuyen la disponibilidad de agua potable; despidos masivos y seres humanos entrenando a las máquinas que serán su reemplazo; noticias falsas soportadas con imágenes verosímiles que socavan nuestras democracias; aumento casi exponencial de los casos de contenido porno hecho con IA utilizado imágenes de personas sin su consentimiento; y quizá el más grave y que nos está dejando sin herramientas para mirar criticamente estos problemas, la disminución de nuestra capacidad de razonamiento y pensamiento.

Esto último es quizá lo que me hace repensar si en verdad es tan obvio que estamos avanzando hacia sociedades y vidas mejores. La IA da pasos agigantados mientras que nosotros apenas tenemos tiempo de darle una mirada crítica a lo que sucede con nuestros propios cuerpos, sociedades y entornos ante el auge de estas y otras tecnologías que venían con la promesa de mejorar nuestro bienestar.

Delegarle toda nuestra capacidad para pensar a una herramienta externa es el retroceso más grave que podrían generar las Inteligencias Artificiales en la humanidad. Sus consecuencias podrían abarcar todas las esferas de la vida humana y hacernos retroceder en salud, derechos laborales, equidad, educación y paz, sólo por mencionar algunos.

El pensamiento es una forma de progreso. Sin embargo, estamos acudiendo a una época en la que el mensaje que se intenta posicionar como hegemónico es que, delegándolo, vamos a ser más productivos. Hacerlo sería el fin de nuestra consciencia y, por definición, el fin de nosotros mismos y de nuestro entorno.

Para sostener, e incluso amplificar un modelo de producción y consumo no sólo estamos llevando al planeta a una sobrecarga cuyas consecuencias ya estamos viviendo con
temperaturas extremas y fenómenos climáticos cada vez más frecuentes y dramáticos. Sino que además, estamos delegando a la máquina todo aquello que nos hace humanos bajo la promesa de bienestar que en realidad, nos ha puesto a trabajar conjuntamente para alimentar modelos de producción y consumo que profundizan las crisis sociales y ambientales que pueden literalmente provocar nuestra extinción.

Cuánto nos quedará para cubrir las auténticas necesidades básicas como el oxígeno, el alimento, el contacto con la naturaleza, el agua y la vida misma. Cuánto nos quedará de imaginación, creatividad, esperanza, claridad y toda la humanidad necesaria para salir de un embrollo como el de las crisis planetarias y pensar en soluciones elementales como desacelerar la máquina de lo que hemos denominado progreso.

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  • Sara Manuela Graciano Correa

    Politóloga. Magíster en conservación y uso de la biodiversidad. Investigadora en gobernanza ambiental. Experiencia en el sector público, la academia y ONG’s. Viajera. Escribe sobre crisis climática, transición energética, equidad de género y gobernanza ambiental.

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