I
Ella ya no era ella cuando murió. Un derrame cerebral le había reducido la movilidad izquierda de su cuerpo. Así que al enterarme de su muerte, pensé: “ella ya no era ella”, y le resté importancia. Desde hace mucho me estaba haciendo a la idea de su fallecimiento. La visitaba y me decía: ¿dónde quedó aquella mujer vanidosa, llena de joyas, con el cabello siempre arreglado, divina hasta la medida de sus posibilidades? Después de la enfermedad toda la vejez se le vino encima, y sus imperfecciones, sus arrugas, su desgastada belleza se hizo notoria. Yo supongo que eso era lo que más la atormentaba: más que la vejez, más que la inminente muerte, más que el olvido, lo que más le angustiaba era verse al espejo y no reconocerse en su decrepitud.
Me enteré de su muerte, como todo lo referente a ella, por azar. Aquel día me fue bien. Jacinto llegó en la mañana y me entregó unas joyas que le había vendido a buen precio un familiar que se iría al extranjero en los próximos días. Regateamos un poco y pude sacarle las joyas a un valor conveniente. Eran un par de anillos, una cadena y un solo aro, pero de oro. Lo demás, de plata. Los limpié uno a uno con alcohol, con lentitud, y quedaron perfectos, como nuevos. Podía decir lo de siempre: solo fueron utilizados una vez. Después de medio día llegó una viejita con su nieto. Un muchacho de unos 15 años de edad, intentando proteger a una anciana de unos 80: presa fácil. El muchacho pidió rebaja. Apuesto que fueron las órdenes de sus tíos o yo qué sé de quién. Se le notaba el temor, la obligación de hacer algo de lo que es incapaz. La viejita solo miraba. A mí el calor me estaba cansando y comencé a sudar del desespero. Le dije a la vieja que una nueva colección me llegó justo ese día y le mostré las joyas de Jacinto. Sus ojos se abrieron y sus labios comenzaron a crepitar. Le dije al joven el precio, certero, pero con amabilidad; lo miré a los ojos hasta que tuvo que apartarlos y le dije que a su abuelita le encantaron las joyas. Él balbuceó, pero yo le puse la mano encima a la viejita, la acaricié, le sonreí y asintió. Crucé la calle y me tomé una Costeña para el calor mientras uno de los muchachos vigilaba. Luego tomé otra, porque la primera se fue muy rápido. Y la tercera, para no perder la sentada.
En la noche, ya algo contento, cogí el bus que pasa por La Circunvalar y me bajé en la tienda de licores de Clara. Me eché loción antes de entrar y me encontré con que se hallaba solo Felipe, el que atendía, mientras ella, desconfiada como era, vigilaba sentada al lado de la barra y de su bastón. ¿Dónde está Clara?, pregunté de inmediato, quizá rayando en la imprudencia. “Lo siento, Hernando: Clara murió anoche”. Disimulé la impresión sin hacer gestos. Bueno, ella ya no era ella, logré decir. Supongo que no, respondió Felipe. “¿Lo de siempre?”. Sí, respondí, y Felipe me trajo una ginebra Gordon’s. Me demoré adrede contando los billetes. Felipe me informó: mañana es el velorio en la noche, a las 7, en Los Olivos. Gracias, respondí, y le di los billetes. Luego me fui caminando hasta Alfonso López, compré una lata en la tienda de la esquina y entré a mi casa. Me eché en la cama luego de desvestirme y miré el techo un largo rato, procurando no pensar en lo obvio.
“Nada de sentimentalismos”, me dijo el día que la vi después de que le diera el derrame cerebral. “Cuando muera, que ojalá sea pronto, no quiero nada de llantos. Las lágrimas reflejan una debilidad que me asquea”. Le prometí que no lloraría y cambié de tema. Acaricié su mano y nos acompañamos, silenciosos, en el aturdimiento de no entender muy bien qué había sucedido horas antes. Luego rompí el silencio contándole banalidades del trabajo, y le regalé un pequeño anillo con un diamante que había comprado el día anterior. No era para ella, pero al enterarme de lo sucedido, decidí regalárselo. Fue uno de los únicos detalles que le di en vida. Se lo puso y sonrió levemente. No agradeció. Yo seguí hablando mientras se agotaban las tres de la tarde. El clima era cálido. La luz que entraba al hospital permitía centrarse en los ojos resecos de Clara. Detallé lo distinta que se veía en bata y convaleciente. Solo respondía con monosílabos. Poco a poco se me fueron acabando los temas de mi monólogo y me fui cuando ella se quedó dormida. Salí del hospital. La noche estaba despejada y fresca, contrario a la noche del velorio, lluviosa y llena de bochorno, que hizo insoportable el saco negro que me puse para no desentonar en la sala de velación. No llamé la atención. Me quedé en una esquina oyendo la lluvia y observando, de vez en cuando, los movimientos de los asistentes.
En realidad, no había muchas personas. Clara era una mujer muy conocida—o eso me decía cada que yo le proponía salir a hacer algo distinto a quedarnos en la casa—, pero no entablaba relaciones muy íntimas con la mayoría de sus conocidos. Su trato era distante y firme, cercano a la grosería. Me recordaba a lo que yo oía sobre los europeos: que nunca dicen por favor, ni gracias, que los meseros son tratados con descortesía porque ese es su trabajo y no merecen especial camaradería. No sé muy bien quién tenga la razón en esas cosas. En todo caso, solo unas cuantas personas estaban en la sala. Cuando cruzaban miradas conmigo, sonreían con tristeza y algunos hacían ademanes de acercarse a mí, pero al no conocerme, preferían pasar de largo. Yo de vez en cuando sacaba mi licorera y me daba un largo trago de ginebra, aminorando el pasar del tiempo y quitándome el calor que alborotó la lluvia que empezó a las cinco de la tarde.
Felipe llegó pasadas las siete. Todos lo saludaron. Algunos aprovecharon un nuevo pecho conocido para llorar, abrazarse y escurrir los mocos en un traje ajeno. ¿Qué pensaría Clara de todo esto? Yo solo rememoraba sus palabras: nada de sentimentalismos. Creo que si presenciara ese espectáculo lacrimógeno y penoso, podría tener dos reacciones, inesperada como era: o le daría tanto fastidio que se largaría molesta e implacable, o soltaría una carcajada estridente que me avergonzaría a mí por su imprudencia. Aunque nunca asistimos a un evento así, sé que sus reacciones serían esas porque cuando terminábamos de hacer el amor prendíamos el televisor de su cuarto y nos centrábamos en alguna película. Si era bastante cursi, dependiendo de su ánimo, la dejaba para reírse y decirme: ¡Pero mirá qué payasada!, o la quitaba de inmediato exclamando: ¡Pero quién puede soportar semejante explosión de azúcar! ¡Me matará la diabetes si veo un segundo más de esta porquería!
Al verme, Felipe se mostró sorprendido. Para él yo era otro de los tantos clientes de Clara, sin nada especial aparte de pedir siempre ginebra y preguntar si había algún descuento o promoción de 2×1, cosa que nunca sucedía y les causaba risa.
—¿Cómo está, Hernando? —preguntó.
—Tal como me ves.
—Es difícil asimilar todo esto… Era obvio que pronto moriría. Sus achaques cada vez eran más fuertes. Su cojera resultaba insoportable y empezó a necesitar ayuda para hacer las acciones más básicas… Pero su fuerza era tan sorprendente, su vitalidad tan impresionante, que pensé que el corazón sería sostenido por su fiereza. Y ya ves, no fue así —sentenció Felipe.
—La fuerza de su voz era lo único que le quedaba antes de morir.
—Así es. Parece que usted también la apreciaba mucho.
—¿Cómo no voy a apreciar a quien me surtía el licor? —dije y sonreí un poco.
Felipe también sonrió, sin entender muy bien si lo que decía era ironía, sarcasmo o realidad, y se alejó de mí después de inclinar su cabeza.
Yo me eché un fuerte trago, tan largo que los que quedaban tuvieron que darse cuenta de que me estaba emborrachando, solo, en esa esquina oscura. Observé que al regresar Felipe al lado de los dolientes, le preguntaron quién era yo, qué hacía ahí, a qué se debía esa presencia extraña que pasaba minutos y minutos ahí parado, sin saludar a nadie, sin hacer el más mínimo movimiento o gesto, salvo el de sacar una licorera de su saco viejo y echarse un trago de vez en cuando. ¿Qué les habrá respondido? ¿Qué pudo decirles él de mí, a sabiendas de que no sabía nada, solo mi nombre? Especulo que les habrá dicho algo como: “es solo otro borracho cliente de la licorera”, o: “es un borracho que después de cerrar su negocio no tiene otra cosa que hacer”, o: “los únicos sentimientos que puede desarrollar ese hombre son hacia los que le dan licor”. Y en todas esas sentencias se hallaba La Verdad, aunque incompleta. La otra parte de la verdad, la dolorosa, yo también la desconocía.
Pasaron un par de horas y solo quedaban Felipe y otras dos mujeres. Ya los lloriqueos habían pasado y reinaba una tranquilidad cercana a la indiferencia. Los tres hablaban en una esquina, y de vez en cuando se permitían una broma. Escuché las primeras risas de la noche. Supe que era el momento perfecto para acercarme al ataúd. La vi con esa seriedad que poseen los muertos. La vi serena, quizá, por primera vez desde que la conocí. Ella, que no conciliaba el sueño y a media noche se levantaba sobresaltada a despertarme de mi borrachera. Nunca pude ayudarla. Nunca supe qué era lo que la inquietaba. Tal vez solo quería seguir durmiendo siempre y por eso no presté la suficiente atención para saber qué escondía su mirada atormentada en la tiniebla de la noche. Pero ahí estaba, por fin, tranquila.
Lástima no poder ver sus ojos secos detrás del párpado. Su color era indefinido pero causaba atracción, una atracción envolvente difícil de explicar. El trabajo que hizo la persona que maquilla a los muertos —extraño oficio— me pareció admirable. Había reconstruido, en gran parte, la belleza que la caracterizaba, perdida con los años. Quien ejerce ese trabajo, ¿tendrá que preguntar el carácter, desentrañar la personalidad, saber los gustos y afecciones del cadáver que maquilla? Porque el rostro de Clara reflejaba su tenacidad, su fuerza, su criterio y seriedad en la toma de decisiones. Reflejaba las pocas veces que rio en vida, y las muchas horas de silencio que pasaba sentada en la mecedora de su casa. Sacaba a la luz sus gritos y ademanes de emperadora cuando mandaba a Felipe por trago para su establecimiento. Su rostro me seguía diciendo que no preguntara más de la cuenta e, incluso, parecía que me dijera, como en algunas contadas noches: no te vayas todavía. O quién sabe, quizá solo era la borrachera silenciosa que llevaba conmigo la que me hacía ver cosas que en realidad no existían. En todo caso, no sé por qué me parecía que, si había otro mundo, en él estaría sin alteraciones. ¡Pero qué otro mundo iba a haber!
Después de verla no pude seguir sosteniéndome en pie y me senté en las sillas, esperando a que esas tres personas se fueran. No lo hicieron. Yo quería levantar la tapa del ataúd y ver si en su mano aún conservaba el anillo que le regalé, para poder llevármelo. ¡Tanto diamante, tanta brillantez para terminar bajo tierra! ¡Inconcebible! Esperé más minutos, con la esperanza de que culminara su charla estúpida, que nada tenía que ver con la muerta. Era claro que lo que los retenía ahí era una especie de sentimiento de compromiso con la velación, pero hacía tiempo que el centro de la conversación no era ella, ni sus sentimientos, ni su vida, ni su inesperada pero predecible muerte. Y sin embargo seguían ahí, riéndose, hablando con cordialidad de banalidades sin trascendencia alguna. Y yo seguía a la espera de que se fueran a un bar o a un café o a una casa y siguieran platicando sin la presencia incómoda del cuerpo de Clara. Todo me daba vueltas en la sombra y no aguanté más. ¡Yo quería mi anillo! ¡Los muertos no necesitan lujos! Y yo necesitaba dinero porque seguía vivo, sin ella.
Me levanté y me despedí de Felipe con un gesto lejano con la mano. Él interrumpió su festiva conversación y me dijo: “Hernando, mañana es el entierro en La Ofrenda a las 4 p.m.”. Asentí. Me retiré dando tumbos y ante la mirada de las dos mujeres. Supongo que les daba asco ver a un borracho en un velorio, pero quién puede aguantar la muerte sobrio.
Trabajé sin mucho ánimo al día siguiente. El celular lo tenía apagado desde que entré a Los Olivos y tenía una gran cantidad de llamadas perdidas cuando lo prendí en la mañana. Tuve durante todo el día la misma sensación que se tiene cuando alguien muere: resulta increíble que el mundo siga de la misma manera, sin alterarse. Cuando Jacinto me afanaba, yo solo quería decirle que se callara, que si no se daba cuenta de que Clara había muerto.
Pero qué iba a saber él quién era Clara. Qué iba a saber qué era la muerte. Así que seguía desempeñando las actividades con cierta normalidad, salvo que en mi mente solo estaba la cantina de la esquina y las 4 de la tarde en La Ofrenda. A pesar de todo, el día fue productivo. Compré algunas sortijas a buen precio y un malandro que quería aparentar poder se llevó un anillo de oro para su meñique izquierdo. Se notaba que era nuevo, que no tenía mucha experiencia en la calle. Quiso pedirme rebaja en distintas ocasiones pero, obviamente, no acepté. Me mantuve firme en mi posición, haciéndome el indiferente durante un tiempo y luego lo adulé. Le dije que el anillo le quedaba acorde con su Rolex y con el piercing de la ceja. Le pasé el espejo y lo convencí mientras señalaba sus virtudes faciales. Él sonreía mientras veía cómo brillaban sus prendas. Al final aceptó, me dejó propina y me compró una Costeña en la esquina. El mundo, al fin y al cabo, seguía igual.
Le debía una propina a Jacinto así que lo invité a almorzar. Llevó el almuerzo al local y comimos allí, de pie. Se echó un par de chistes tontos como solía hacer y se rio solo. Terminamos y le dije que debía decirles a los posibles clientes que mañana trabajaría con normalidad, pero que hoy no estaría en la tarde. Él solo atinó a responder: “¿Pero qué pasa, Hernando? Hay que hacer plata”. Yo lo miré de manera despectiva sin decir nada, esperando que entendiera por sí mismo que no era mi jefe y que esos comentarios podía guardárselos.
Me monté en el bus que me llevaba hasta el Cementerio. A causa de la modorra que da después de almorzar y el calor de las dos de la tarde, me eché un sueño en el vaivén del bus. Con el tiempo uno adquiere la maravillosa habilidad de despertarse justo cuando llega al lugar indicado. La Ofrenda es mi cementerio favorito. Me gusta lo apacible de sus jardines, el largo verde que veo apenas entro en él y las flores que hacen perder el olor de la muerte. No había visto aún a la gente de negro que mancharía el paisaje, y como sé que los entierros se demoran, aproveché el tiempo para rondar la pacífica estancia. Recordé, en medio de la neblina que es mi memoria, una tarde que pasé con mi madre en El Lago de la Pradera. Íbamos de la mano, y en la otra yo llevaba una bolsita de Cheetos para darles a los patos. Me sentía cercano a una divinidad cuando ellos se acercaban en coro a mí. Los hacía moverse a mi antojo: correr o parar, y yo creía ser el centro del mundo, lo que corroboraba la mirada de mi madre, que se enfocaba siempre en mí. Ahora, en la próxima vejez, entiendo cada vez más que no soy el centro de nada, quizá ni siquiera de mi propia vida, y me reconforto en la placidez de aquel campo abierto y del celular apagado. Quién lo diría: desde que murió Clara, aquel aparato turbador ha pasado, por fin, a un segundo plano, cuando ha sido, desde que me metí a este negocio, una causa permanente de incomodidad.
Después del intervalo de la contemplación, caminé sin rumbo fijo hasta que me topé con la mancha negra de la muerte. Me hice en la parte trasera de ese cúmulo de gente mientras escuchaba las nada consoladoras palabras del sacerdote. Quién en su santo oficio podría alentar con aire a los que no creemos en la vida eterna. Así que seguí ahí, esperando que terminase la cantinela de los evangelios de Cristo, y divagando mientras veía las maripositas que revoloteaban en los arbustos aledaños. Cuánto hubiera dado por un trago que reviviera mi interior. El sol comenzaba a apretujar y yo saqué mis gafas negras y mi vista perdió vitalidad.
Culminada la perorata del cura, unos hombres, entre ellos Felipe, levantaron el ataúd para llevarlo al horno crematorio. Todos los seguimos, en procesión, mientras el padre espantaba a los insectos con su molesto incienso. Yo me sentía como uno de esos bichitos: con unas ansias de salir volando y perderme para siempre ese espectáculo sin sentido. Por fin llegamos al horno y vi cómo esos hombres que me daban la espalda introducían el ataúd al fuego, al verdadero fuego eterno, que pulverizaba para siempre jamás aquel cuerpo que disfruté y palpé en la oscuridad, y del que aprendí con mi tacto sus rincones plácidos: la corporalidad que me otorgó placer en vida. Esperé, en síntesis, antes de marcharme, a que Clara, o lo que quedaba de Clara, se transmutara en polvo.
Incapaz de regresar con prontitud a mi casa, caminé el largo trecho que separa La Ofrenda de la Terminal, con una parsimonia que no creo haber ejercido en muchos años. Llegué casi a las ocho y tomé el bus que me llevaba a mi casa. Cuando iba pasando por la carrera sexta con diez, próximo a llegar a San Judas, el conductor parqueó para hablar por celular, y yo quedé ahí, frente a la antigua fábrica de Bavaria. Recordé una de las pocas cosas que me contó Clara de su vida privada. Su antigua relación con aquel edificio viejo, derruido, que seguía estorbando en la ciudad, sin ser renovado, replanteado o por lo menos destruido del todo, como un símbolo de un tiempo esplendoroso que caducó, y pensé que a ella le hubiera gustado pasar por ahí, y que hubiera sonreído levemente ante la vejez y suciedad de aquel edificio que antaño fuera blanco y próspero. También pensé que quizás Clara había envejecido a la par de aquella fábrica, y que de algún modo su espíritu podría estar encarnado en aquellas paredes, sostenidas solo por la férrea costumbre inapelable de lo que siempre ha estado ahí.

Mateo Quintero Segura tiene 28 años, cuatro libros publicados y dos más en preparación: Moscas en la ventana, un libro de aforismos que publicará con Ataraxia editorial y Los días y las cosas, ganador de la Colección de escritores pereiranos 2025, en la categoría de poesía.
«Todo esfuerzo es vano» es una novela publicada en 2025 con la Editorial Escarabajo. En la página web de la editorial se reseña la obra en los siguientes términos: «El cierre intempestivo de la fábrica cervecera Bavaria trae consigo consecuencias nefastas a nivel social y económico en la ciudad de Pereira. En su afán por no tener que lidiar más con el fuerte sindicato que ha trastocado su funcionamiento normal, debido a sus extensas huelgas y duras manifestaciones, la empresa liquida con una suma elevada de dinero a los trabajadores. Lo que parece ser una fortuna para ellos, termina siendo un tremendo mal, ya que no están acostumbrados a los quehaceres de la vida callejera, a la independencia económica y a la libertad. ¿Qué sucede cuando personas que nunca han tenido más que un sueldo regular, llegan a una fortuna imprevista? Una representación de la cotidianidad, del impredecible azar, del amor y su naturaleza, de los secretos, del esfuerzo que, al final, siempre termina siendo vano».
Todo esfuerzo es vano
2025
Bogotá
164 páginas