No es necesario experimentar una estadía en la selva para contar los detalles de lo que es vivir angustiosamente una noche negra, la vida en sí misma en cuanto se pone compleja nos deja ver nuestro lado oscuro que puede coincidir con las sensaciones y sentires a los que, digamos, se auto somete la protagonista de la última novela de la escritora colombiana Pilar Quintana.
Llegué a este libro con hambre, porque me ha gustado todo lo que he leído de la autora caleña, porque me gusta su personalidad en la escritura y el lenguaje tradicional, que sin yo ser del Valle del Cauca, pero sí del Quindío, entiendo a la perfección.
Ví algunas entrevistas que hacían parte de su gira de medios de lanzamiento el año pasado, dejándome tentar, pero evitando el spoiler, porque quería llegar virgen a la lectura, y me atraía el hecho de que fuera un poco autobiográfica y en la selva del pacífico colombiano, donde también, como la protagonista de la historia, había soñado alguna vez con una vida al lado de un gran amor.
Que era feminista, se dejaba ver en las preguntas y respuestas en una entrevista que le hicieron este año, que daba cuenta del insoportable acecho a una mujer sola, y sola en la selva, peor; y así, con cada detalle me daban más ganas de salir a comprar el libro, hasta que una de mis mejores amigas, que andaba en un club de lectura compartiendo experiencias, precisamente, de Noche negra, me dijo: lo termino y te lo paso. Esperé ansiosa, y llegó por fin a mis manos para devorarlo en dos días.
La trama y lo femenino
Rosa está viviendo un sueño que no sabía que tenía y que empieza a descubrir con cada recuerdo que aparece mientras espera el regreso de su pareja, un extranjero que se ha ido unos días de viaje lejos de la selva, donde actualmente viven y construyen hogar, y donde él ha dejado a esta mujer citadina a la “intemperie” de una suerte de oscuridad, en el ambiente, en su mente y en los hombres que la rodean en el lugar.
La cronología de la historia se teje en los días de espera, pero la autora nos relata también años de infancia, adolescencia y juventud de la protagonista, especificados en unos tipos de flashbacks que pareciera que a Rosa la bombardearan, para mantenerla fluctuante entre el pasado y el presente, generándole angustia, decepción y miedo, porque no era suficiente mostrarla indefensa a la merced de las fuertes e incesantes lluvias, de la humedad, del jején, del comején, del murciélago, de la tarántula, de la boa constrictor y del observador que imagina oculto.
Y a pesar de que Quintana nos describe con intensidad cómo Rosa experimenta la incertidumbre y el miedo en el cuerpo, una que pareciera que la puede paralizar, de repente y en medio del estado de alerta, su narración le da fuerza a las aventuras de una mujer que a pesar de todo es valiente, arriesgada, hasta temeraria, una que enfrenta a la selva y a sus desafíos con gran determinación, nos muestra, en definitiva, en todo momento, lo que es ser mujer en cualquier lugar.
Ahí está para mí un detalle importantísimo en el que este libro va convirtiéndose en un retrato exclusivo de lo femenino en el mundo, sin ser sexista, y en este caso, desde su presencia, figura física y el peligro que corre rodeada de hombres que parecieran indefensos cuando ella está acompañada de su hombre, pero intimidantes y acosadores cuando la hallan sola y asumiendo que necesita su compañía y su ayuda.
También lo femenino en el libro alude a las labores domésticas imprescindibles que ejecuta a diario Rosa mientras vive sola en la selva, me fascina como casi que a especie de mantra la autora se refiere a que la vida es una lavadera de paltos infinita, porque lo vivo y expreso a diario; lo metódico y ritualístico de la cotidianidad de Rosa y cómo en la mente de las mujeres, como intuiciones lúcidas, habitan escenarios catastróficos de todas las posibilidades de su entorno, por lo expuesta que se halla, por lo indefensa que parece, además de las suposiciones de los actos infieles de su esposo cuando no está con ella, recreando películas que seguramente todos hemos tenido en nuestra cabeza cuando del amante no hay noticias, cuando no regresa.
El sentido figurativo de la noche negra
Las visualizaciones que Rosa tiene todo el tiempo, junto a los acontecimientos que la mantienen en tensión, incluso al lector, para mí, se traducen en la sensación de vivir constantemente una “noche negra”, que no es sólo la que ella con inquietud espera, porque la habrá, la fase de la luna llegará y le han dicho los nativos del lugar que será la más oscura de todas.
También Rosa vive a la defensiva todo el tiempo, se la pasa planeando sus próximos movimientos, acompañada de machetes y cuchillos, de discursos e insultos, para poder defenderse si es el caso, saca su lado salvaje, por ende, negro, oscuro.
Cada día, teme a todo, y cuando se va a la cama, experimenta la terrible oscuridad, la física y la de su percepción e imaginación, revelándole terribles desenlaces.
Los días, que son muy importantes en este libro, se relatan con situaciones oscuras que paradójicamente suceden en un lugar paradisíaco que prometía paz y tranquilidad, pero hay cielo nublado, la lluvia es constante, y son muchos los peligros que acechan cuando llega el ocaso.
Noche negra también es el temor que ella le tiene a la soledad, esa que experimentamos todos, hombres y mujeres, también son los duelos, también es el racismo, el acoso, la amenaza como reclamo y protesta de las especies nativas por el espacio invadido, es cada cosa que vive Rosa sin su marido, situación que la autora aleja totalmente de lo romántico, ubicando a la figura masculina, en la que confía, como la única cosa que la protagonista tiene para sentirse segura y libre, algo que parece injusto e inaudito.
Yo viví dos años en la montaña, en Antioquia y Quindío, y no fueron diferentes la paranoía y la inquietud cuando llegaba la noche y cuando el novio no estaba, entendí perfectamente a Rosa en cada sensación y estrategia, en cada arreglada de cocina, en cada cuidado propio y del hogar, y en los momentos de invocación como conjuro para que el hombre volviera, así como ella dice pensando en Gene: “por favor aparecé”.
Y dos días viví intensamente sumergida en la selva, gracias a la descripción sugestiva y fascinante de Pilar Quintana para relatarnos la historia de una mujer que al parecer ese lugar se le va a tragar de un tarascazo la cordura.