Volver

A nosotros a punta de trabajo, de rendimiento, de esto y lo otro, nos están descuartizando al niño que somos a duras penas.
Compartir publicación en

En estos días locos estuve recordando mucho a mi madre. Soñé con ella y hablé con ella estando tan despierto como se puede estar cuando uno no tiene la posibilidad del mano a mano, de la cercanía. La cuestión es… que terminé, gracias a su no presencia, reflexionando sobre las “cosas simples”.

Son tan simples que se cuelan con la luz por la rendija de una ventana entreabierta, atraviesan cualquier atmósfera, derriban cualquier ley de gravedad y se manifiestan sobre el alma de quien atrae esa estrella. La poesía es parte de la vida, una madre lo es de igual manera… Las cosas simples son poesía, son vida y el sentido al absurdo de quien busca un significado más allá de su horizonte.

Las pequeñas cosas son las que nos devuelven al principio, donde comenzó todo, de donde nunca nos deberíamos haber ido.

Mientras escribo pienso en esos sentimientos, en cómo los sentidos abren una puerta que comunica con la fibra puntual, la humana, la que nos acompaña desde el nacimiento. Podríamos decir que es un milagro poder arrastrar un recuerdo, por ejemplo: compartiendo un mate a la tardecita, un domingo, sentado en el patio de nuestra casa bajo el jazmín, no necesitando más. Intuyo que lo mismo ocurre con el cafecito en la finca de los abuelos. Si eso, el poder revivir el instante, no es un milagro, ¿qué es?

¿En qué momento apagaron las luces y dejamos de soñar?

¿Cuándo dejamos de escuchar la música? ¿Cuándo fue que pasamos de los pies descalzos, del barrilete, de dibujarle bigotes a los políticos en los diarios, de no abrirle la puerta a los testigos de Jehová y que eso nos parezca inocente, infantil, pero gracioso? ¿Cuándo llegamos a esto: al tango del desconcierto, a la mirada esquiva, a hurgarnos el ombligo pensando en la prosperidad, a la frente marchita, cuándo?

Perdimos la espontaneidad, más que eso… pensaría Mafalda. Perdimos el detalle, los atardeceres que te pegan en la cara y te sacuden el polvo y la osteoporosis por vivir para permanecer nomás.

Mi vieja, entre tantos versículos del Cantar de los Cantares, también se recitaba alguna que otra frase de esas que ya vienen hechas desde el vamos. La oí decir varias veces:

“Todo tiempo pasado fue mejor”

Ufff, cientos de veces escuché esas cinco palabras ante cualquier mínimo detalle que pudiera ser comparado con su bello pasado. Claro, hoy a mis cuarenta y tantos la entiendo. Resulta que siempre los que recordamos somos los viejos. Los que están ocupados viviendo (mayormente son los chicos) no tienen tiempo para añorar porque lo que están viviendo es el hoy, siempre es el hoy. A nosotros a punta de trabajo, de rendimiento, de esto y lo otro, nos están descuartizando al niño que somos a duras penas. Ya no volcamos la leche sobre la mesa. Ya no creemos en los reyes magos. Ya no nos hacemos la rata. Ya no dormimos como un tronco. Ya no decimos lo primero que se nos viene a la mente. Esto último más por miedo, aunque creo que todo lo que antes nos hacía sentir vivos hoy nos da miedo…

Suelo volver a mi casa cuando siento un olorcito parecido a la comida de la vieja. Camino mucho y siempre por costumbre y porque no quiero olvidar, voy censando las casas por las que paso, con mi nariz, para ver si me quitan algunos años. Pateo las piedritas que encuentro en las veredas y aún la lluvia tiene ese no sé qué, viste. Puedo pecar de nostálgico y puedo darme por aludido… Estamos vivos, che… más viejos quizás, más cansados, menos despiertos, más aburridos, pero creo que aún estamos a la altura, estamos a tiempo de volver a hacer brillar nuestra biblioteca de las pequeñas cosas…

Cerrá los ojos…

Ahí está la vieja y te convida a la charla, te acaricia el cuerpo cuando te habla, te abraza y sin que te des cuenta… si la dejás, te vuelve a parir. Está el jazmín, más blanco que nunca, ólelo, ¿no es una delicia? El sol se va poniendo y vos ahí, descalzo pisándote la sombra, que se va achicando mientras la vieja te habla y el sol se esconde. Ya dejaste de ser la persona que los otros han moldeado, pasaste a quererte nuevamente sin pedir permiso. ¿Se siente bien, verdad?

Puede que me esté negando a ser adulto, pero tengo mis razones. Quiero jugar a otras cosas y no quiero que me sigan robando la primavera, ni la sonrisa, ni la memoria, ni la cultura. No quiero… no.

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.
  • Volver

    Tandil, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1985. Vive en Manizales desde 2023 y se dedica al agenciamiento cultural. Es lector apasionado, escritor y cocinero.

Publicaciones relacionadas

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki.

En Barequeo nos interesa el periodismo artesanal, hecho a mano, con tiempo para escribirlo y tiempo para leerlo. Buscamos historias y enfoques como quien busca pepitas de oro.

Somos un grupo de periodistas que, desde Manizales, Colombia, generamos un medio de comunicación para fortalecer la deliberación pública desde nuestro territorio.

Creemos en la veracidad, la argumentación, el disenso y el valor de la escritura para la construcción de memoria histórica.

Correo: barequeo@barequeo.com

Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki

Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas y Camilo Vallejo Giraldo.