Desde la época de Álvaro Uribe Vélez no veíamos un presidente comprometido de manera tan directa con las operaciones militares. Era famosas las anécdotas de llamadas a altas horas de las noche para exigirles resultados a los oficiales de las fuerzas militares. Una voz paisa, y con tono de capataz de finca cruzaba el teléfono, hoy se cambia por una voz costeña con vocales abiertas, personalidad caribe, ritmo rápido y relajado.
Abelardo de la Espriella aparece con radioteléfono en mano, rodeado de escoltas, caminando apresuradamente. En las acostumbradas publicaciones en las redes sociales, desde su página oficial, aparece en un video creado por inteligencia artificial dando órdenes a las Fuerza Pública con el título “así llega la voz del tigre hasta el último soldado”.
Ordenes, directrices, acciones operacionales son el contenido de la comunicación presidencial, impartidas por este radio que será un símbolo de seguridad en este cuatrienio, como otros dentro de la construcción narrativa y comunicación que está empezando a acostumbrarse al país. Al igual que la exhibición pública de cadáveres, material militar, en un controvertida forma de gobernar inaugurada dos décadas atrás, y donde los jueces empiezan a ponerle límites.
La escena tiene una enorme potencia comunicativa, transmite mando, control, velocidad, autoridad. Pero una cosa es la propaganda y otra muy distinta el uso legítimo de la fuerza. ¿Qué sucede cuando el jefe del Estado deja de limitarse a definir la política de seguridad y empieza a acercarse al terreno de las decisiones operacionales?.
El Presidente es constitucionalmente el comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Su cargo exige autoridad, fijar la política de seguridad, recuperar territorios, y es válido además, que reclame resultados a sus generales. Y esa ausencia de autoridad del gobierno pasado, en un país profundamente paternalista, permite que esta forma de gobernar genere euforia popular.
Pero ¿puede convertirse la Presidencia en un puesto de mando operacional? Gobernar la guerra no es lo mismo que dirigir una operación militar. Precisamente por eso importa distinguir qué decide él y qué corresponde a sus comandantes. Una cosa es ordenar combatir una estructura criminal. Otra es decidir cómo, cuándo, dónde, con qué medios, contra qué objetivo concreto y bajo qué circunstancias se ejecuta una operación.
Esas distinciones no son burocracia. Existe una cadena de mando profesional precisamente porque la guerra produce consecuencias que después deben poder reconstruirse.
Históricamente, los presidentes reciben informes y adoptan decisiones estratégicas. Pero la tecnología, el radioteléfono puede borrar progresivamente la distancia entre el despacho presidencial y el terreno operacional. Aquí surge el símbolo, y este nos enseña una transformación política para el país.
Cuanto más corta sea la distancia entre quien gobierna y quien aprieta el gatillo, más difícil será sostener después que las decisiones pertenecían exclusivamente a los mandos militares.
Esta es una historia conocida que hoy está siendo investigada y juzgada. Nos ha costado ejecuciones extrajudiciales, desaparecidos, verdad, justicia y reparación, además polémicas y confortaciones políticas, el precio es humano, económico y social. Ojalá no sea la misma escena con nuevos actores.
Mandar implica asumir. El poder militar tiene una contracara que rara vez aparece en los videos presidenciales, es la responsabilidad. Cuando todo sale bien, el Presidente puede atribuirse el éxito. Cuando una operación termina en civiles muertos, objetivos equivocados, ejecuciones, ataques desproporcionados o violaciones de las reglas de la guerra, surgen las preguntas ¿Quién tomó realmente la decisión?.
Ahí el radio deja de ser solamente una herramienta de comunicaciones. Puede convertirse en una pieza de evidencia, según lo que se haya dicho por él. Con esto no se afirma que tomar decisiones convierta, por sí solo, a un presidente en responsable de cualquier resultado militar. Lo que importa es el contenido de la orden, el conocimiento disponible, la naturaleza del objetivo, la información recibida, la capacidad efectiva de control y lo que posteriormente se hizo frente a eventuales abusos.
Y ojo que el mando presidencial excesivamente operacional también puede comprometer la autonomía profesional de los comandantes. Un general debe poder evaluar inteligencia, necesidad militar, proporcionalidad, presencia de civiles y viabilidad operacional. Si la presión presidencial se convierte en órdenes inmediatas acompañadas de exposición pública y exigencia permanente de resultados, los comandantes de la Fuerza Pública deben diferenciar cuáles son decisiones políticas y cuáles son decisiones militares.
El show va para el electorado, las imágenes, los videos reales y aquellos construidos como serie de televisión también. La guerra produce contenido, y un riesgo que no puede terminar compitiendo con la prudencia y las reglas del Estado de Derecho.
El comandante supremo tiene poder de mando. Cuanto más inmediato y directo es ese mando, cuanto más cercana se escucha la voz del tigre, más difícil es separar el poder de la responsabilidad.