
Eran las 7:34 de la mañana de un 10 de agosto de 2026. Dormía junto a mi hermana (la noche anterior me había suplicado que la acompañara, presa de un miedo infantil que yo creí exagerado). De repente, el colchón se convirtió en una hamaca mecida con engañosa levedad; pero, en cuestión de milésimas de segundo, aquel vaivén se transformó en un zarandeo más fuerte, cada vez más intenso y descontrolado.
—¡Kelly, Kelly! ¡Está temblando! ¡Salgamos! —dije estás palabras , con esa mezcla de pánico y protocolo que nos sale en estos casos. Mi hermana saltó de la cama y salimos disparados hacia el marco de la puerta, ese absurdo refugio ritual al que solemos acudir cada vez que la tierra decide recordarnos que es un ser vivo. Allí estábamos, plantados en el umbral: yo, torso desnudo y con una pantaloneta de dormir, y ella, en pijama; ambos descalzos, como dos sonámbulos expulsados a la fuerza de su burbuja de sueño. En la calle se observaba a los vecinos asomarse en sus casas como hormigas asustadas, luciendo igual de despeinados que yo, o incluso peor; parecían el reflejo exacto de nuestro propio desastre al despertarnos, esa imagen grotesca que nos devuelve el espejo en el primer segundo en que abrimos los ojos, antes de que el mundo tenga la decencia de enfocarse.
La tierra se movía cada vez con más violencia, tanto que mi hermana y los demás empezaron a gritar: ¡¿Qué es esto, Dios mío?! Abracé a Kelly y salimos a la calle porque pensé que nuestra casa se derrumbaba. Buscábamos a tientas un punto en el pavimento donde no nos cayera nada encima, tratando de ponernos a salvo cuando, en realidad, nada estaba a salvo. Recuerdo que la gente de mi barrio se parecía a los personajes de la Biblia en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles; donde toda la multitud estaba unánime, pero no esta vez para recibir al Espíritu Santo, sino todo lo contrario: implorando, declarando, e incluso ordenándole a Dios que parara su ira y los perdonara de todos sus pecados acumulados, con tal de que, por favor, dejara de temblar.
Parecía increíble, pero todo eso ocurría mientras el piso seguía bailando. Era como si a aquel sismo le hubieran añadido tiempo de reposición, como en un partido de fútbol sufrido y agónico. Yo sentía que la tierra bramaba; que el esqueleto de las casas, esas columnas de concreto, crujían de manera estrepitosa. Seguía escuchando a los ya ahora conversos de último minuto implorando al Señor: que si era hora de partir a las moradas celestiales, tuvieran misericordia de ellos. Me parecía increíble ver cómo la gente se aferraba a Dios en un abrir y cerrar de ojos, justo cuando todo amenazaba con caerles encima. Se escuchaban estruendos, gritos, alabanzas y lamentos entremezclados. Oí a alguien decir que aquello parecía el fin del mundo, y creo que por un momento todos tuvimos una epifanía bastante gráfica de cómo puede ser ese instante final.
De repente, dejó de temblar. Pero una nube inmensa de polvo nos engulló a todos, como en esas películas de desastres donde la ciudad amanece sepultada en polvo. La gente apenas reaccionaba cuando, de golpe, recordaron a sus seres queridos. Todos comenzaron a buscar los integrantes de su árbol genealógico, con el alma en un puño, rezando para que ninguna de las ramificaciones de ese árbol familiar hubiera sido arrancada de cuajo. La gente estaba como loca, desesperada. Pereira estaba caída en ruinas y escombros, pero no era impedimento para que todos salieran a encontrarse con los suyos y escuchar, como pocas veces pasa en este mundo, ese «estoy bien» que en tiempos comunes y corrientes se ha vuelto un mero formalismo vacío.
Todos parecíamos presos o delincuentes de esos que mantienen un celular en la mano para extorsionar gente; pero esta vez, la urgencia era bien distinta: tratábamos de comunicarnos con los nuestros. Sin embargo, no había señal telefónica. Creo que esa señal se había perdido en el polvo que ahora cubría la ciudad, especialmente en el centro, donde queda mi casa. Todos, angustiados, no sabíamos qué camino tomar. Entré de nuevo a mi casa con mi hermana despues del tremendo bailoteo que la naturaleza le había propinado a todas las paredes de esta ciudad. Afortunadamente, ni un solo rasguño, ni una grieta. Pero dentro de mí no podía evitar pensar que era un privilegiado; porque, mientras yo suspiraba aliviado, la desesperación de los demás me recordaba que, había personas que lo habían perdido todo. Como si el suelo se les hubiera tragado todo lo que alguna vez tuvieron.
Me organicé rápidamente y traté de buscar un lugar con señal para poder comunicarme con los míos, así que caminé hacia el hospital San Jorge. Lo que me iba encontrando en el trayecto era cada vez más desconsolador: casas derrumbadas, calles tapadas por escombros y el perímetro del hospital completamente cerrado. Solo había gente en la calle, recibiendo a los heridos y a los enfermos que habían sido desalojados del edificio; los tenían instalados a la intemperie, en el parque Gaitán y en la cancha, donde atendían a la gente bajo carpas improvisadas.

Era todo muy extraño, como si la muerte hubiera pasado de largo y solo hubiésemos quedado unas personas para contar lo sucedido. Vi que la gente se estaba aglomerando en una especie de círculo al frente de la estación de policía. Me acerqué hasta allí y, en el centro, estaba un señor que coleccionaba arrugas , con un radio de esos de antaño colgado del pecho y a todo volumen, escuchando las noticias. Sí, ese viejo chéchere sí tenía señal. Y a través de él nos enterábamos de cómo el resto del país y del mundo nos veían en ese instante. Los últimos Samsung o iPhone (tanta ingeniería, tanta pantalla táctil) no servían en lo más mínimo para hacer una función tan básica como recibir y enviar un mensaje. En cambio, el radio de aquel señor, con su estática y su antena oxidada, volvía a cobrar un valor que la modernidad le había arrebatado, como si la tecnología hubiera retrocedido unos buenos 50 años.
En la radio oí que le ponían un nuevo nombre a lo sucedido: «terremoto». Fue de 7,4. No sabía que a ese movimiento telúrico, de semejante magnitud, hubiera osados que le pusieran un número tan frío; para mí fue el movimiento jamás visto, con tal fuerza que ni las personas ni las edificaciones quedamos en pie. Decían que había sido un desastre natural… pero habrá que preguntarle a la naturaleza si realmente es un desastre como lo llamamos. A lo mejor, a ella le dio por ponerse a bailar una salsa brava, o escuchó «Lucerito» de Gabriel Mesa o cualquier otro ritmo y nosotros, simples espectadores en su pista de baile, fuimos los que salimos perdiendo. Y, a propósito, eligió como escenario San José del Palmar, Chocó. Esa es la cuestión: a la tierra le da por armar sus bailes donde le place y cuando le place; y pues, ¿cómo no va a hacerlo?, si al fin y al cabo ella es la dueña del piso.
Veía a las personas a mi alrededor desconsoladas, con los ojos anegados, o como si en cada uno de ellos existiera un nacimiento de lágrimas que, al recorrer sus rostros, formaban un río. Comenzaron a dar esos datos escalofriantes de Pereira; y escuchar, a la par de ellos, cómo subía el llanto o los quejidos cada vez que daban una nueva cifra de muertos, desaparecidos, lugares o edificios destruidos. No se sabía qué era más ensordecedor: lo que se oía decir en la radio o las personas alrededor interpretando visceralmente esa información.
Estuve en ese parque un buen rato, tratando de sobrellevar esos momentos ensordecedores que llegaban con más fuerza, como una pesadilla que, por más que cerrara los ojos, era crudamente real. Me llegó de repente ese mandamiento tan importante de «amar al prójimo» para sacudirme de ese letargo. Así que salí como alma que lleva el diablo para ayudar en los lugares que había oído en la radio, donde estaban buscando personas atrapadas entre los escombros. Pero a medida que iba acercándome más al parque El Lago pensaba que lo que había escuchado en las noticias era realmente pobre comparado con el desastre que veían mis ojos al andar por el centro de Pereira.
Intentaba ayudar en un lugar, pero veía a muchas personas allí haciendo lo propio. Era como si aquel sacudón tan violento también hubiera logrado remover esa capa de humanidad que siempre llevamos dormida. Creo que en esos momentos todas las ideologías, los prejuicios, las creencias de raza, las clases sociales y demás estructuras que han dado orden a este mundo quedaron totalmente invalidadas; solo importaba la humanidad, la vida humana, fuese de quien fuese. Era, por un instante, como si el amor nos hubiera abrazado a todos y ya no viéramos las etiquetas de cada cual, sino su alma o su esencia más pura. Personas que jamás se habían hablado, visto ni siquiera saludado,estaban unidas para salvar vidas. Era como si parte de nuestra propia humanidad estuviera también atrapada bajo los escombros, y entre más vidas lográramos sacar, nuestro cuerpo, alma y existencia se iban recomponiendo.
Seguí caminando por las calles del centro, buscando lugares donde hiciera falta más ayuda o donde no hubiera tanta gente. Pero era tan terrible todo que en todos los sitios había gente, y siempre se necesitaban más manos. Llegué hasta el parque Olaya y, estando allí, me vino a la memoria un gran profesor y entrañable amigo: Cristian Cardona. Como el lugar donde vivía quedaba muy cerca de donde yo estaba, bajé unas cuadras para saber de él. Iba descendiendo por la calle 21 y cada paso que daba superaba en horror al anterior; parecía un videojuego con niveles infinitos de destrucción, donde uno creía haberlo visto todo y, de repente, aparecía otro escenario (como el conjunto residencial La Lorena etapa 3) que superaba con creces cualquier película de ciencia ficción.
Me fui acercando y veía, en la calle, a decenas de personas haciendo fila hasta encaramarse sobre las torres derrumbadas. Parecían hormigas empeñadas en deshojar un árbol; solo que esta vez el árbol eran los escombros, y las hojas que arrancaban con desesperación eran vidas humanas que aún respiraban bajo el polvo y el hierro retorcido. Llegué hasta la portería , el único lugar que aún permanecía en pie y pasables condiciones. Pregunté al vigilante si conocía a Cristian Cardona, él me dijo que sí, que estaba bien. Pero yo en mi incredulidad no le creí porque pensé por algunos momentos que él y su familia estarían escondidos debajo de los escombros. Le volví a preguntar, Señor , él es profesor, barbado , peludo , le gusta la cerveza y el me siguió diciendo, si el hermano de Junior, como no los voy a conocer. Ellos están bien no se preocupe, así que me retiré de ahí hacia la calle y veía semejante magnitud de desastre, no podía creer que ellos estuvieran con vida. Y entre el asombro y el corazón apretado del dolor y la impotencia escuché una voz . Sebas, Sebas. Era él, Cristian se me acercaba con un aspecto de topo, su cara estaba muy empolvada, era como si se hubiera echado una mascarilla gris. A su lado estaba Marcela, su pareja. Le dije que me daba mucha alegría verlo a lo que él me respondió que también y nos dimos un abrazo que vino cargado de emociones profundas y de lágrimas. Es que era esa sensación de saber que nos habíamos escapado de la muerte, ese refrán tan popular “no era el día”. Luego abracé a Marcela. Me dijo Cristian, usted que creyó al ver esto así y yo le dije , pensé que estaban muertos.
Me puse a su disposición para ayudarle a rescatar lo poco que les quedaba, y cargar aquellas pertenencias hacia un refugio temporal, mientras la ciudad, a su alrededor, seguía tosiendo polvo y escombros. Ya era de noche y no había energía eléctrica en el centro de Pereira. Cristian me dio las gracias y me dijo que iba a quedarse allí afuera, esperando a ver si podía sacar más cosas; pero por el momento no era posible, porque los rescatistas y demás voluntarios seguían trabajando para sacar a la gente que aún permanecía bajo los escombros. Era tan horrible todo que ni siquiera el dolor de encontrar a un ser querido sin vida podía expresarse en voz alta, porque había que guardar absoluto silencio para tratar de escuchar a los que aún respiraban. Los familiares tenían que salir a desgarrar su llanto lejos de las edificaciones.
Me despedí de Cristian y caminé de vuelta a mi casa. Subía por toda la calle 21, pasadas las 7 de la noche. Y solo se escuchaban sirenas de ambulancias. Todo estaba oscuro. Y en cada paso que daba, pensaba cómo, desde el comienzo del día, los puños arriba se habían convertido en un símbolo distinto: ya no pedían justicia ni alzaban la voz contra opresores; ahora pedían silencio absoluto. Escuchaba una y otra vez la misma frase, dicha de mil maneras diferentes:
Si alguien me escucha, haga un sonido.
En mi vida jamás había vivido un momento como este. Tengo 25 años y estaba presenciando otro mundo. El puño en alto ya no era sinónimo de lucha ni de marcha; era sinónimo de parálisis, de contención, de vida suspendida. Aquella creencia tan común de que, cuando algo está muerto, hay que poner música o subirle el volumen para darle vida, aquí se invertía por completo. Aquí, el silencio era el único instrumento capaz de rescatar vidas. Lo difícil y lo irónico es que el silencio no viene en un bafle al que se le pueda subir el volumen girando una perilla, como se hace con el ruido. No se puede amplificar el silencio para que abarque varias cuadras; no existe una tecla que lo potencie. El ruido siempre encuentra la forma de invadirlo todo; el silencio, en cambio, es un lujo que hay que construir entre decenas de personas que contienen la respiración y el llanto. Tanta confusión había, que los humanos no rescataban perros; eran los perros quienes olfateaban entre el polvo y encontraban a los humanos.
Ese era un día interminable, una noche larguísima. Un mal sueño de esos que uno tiene y, al despertar, da gracias porque solo fue eso: un sueño. Pero en esta ocasión, estábamos viviendo esa pesadilla con los ojos abiertos. Tan real como la desigualdad que vive este país, Colombia. Tan real como el amor que siento por ti, Karen Dayana, mi hermosa Venus, a quien todo el día pensé, a quien llevé conmigo a donde quiera que fui, y a quien aún pienso. Queriendo escuchar de tus labios ese «estoy bien» que no llega. Pero así como las terribles circunstancias del momento me lo impiden, igual o peor son los impedimentos de tus padres. No puedo saber de ti. Y las grietas y averías que no provocó el terremoto en mi casa, las provoca en mi corazón al no saber de ti, mi Venus.

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