
Mi casa siempre se vio roída por el paso del tiempo. Cuando los canarios adornaban sus mañanas y una familia de guatines jóvenes anidada bajo el suelo. Siempre hubo temor susurrante a lo que podría llegar a ser y a la inundación continua de las lágrimas que aportamos en silencio para cultivar el bambú.
Mi casa nunca fue mi casa, no fue la casa de mis hermanos, ni la de mis padres, siempre fue una figura sombría que aparecía solo en sueños y parecía retumbar con el vaivén del viento. Mi casa siempre fue habitada por un poco de caos, externando la fuerza que late en el corazón de cada uno de los seis miembros de la familia pequeña. Las paredes parecían susurrar secretos que los niños aún no sabíamos, albergando seres de incontables especies que conformaban la granja-aprisco.
Mi casa siempre fue un montón de libros apilados en la biblioteca de mi padre, junto a la cama de mi madre en préstamo o como anotaciones a mano en la libreta morada, escondidos en el cajón de mi recámara, hurtados por las manos pícaras de mi hermano menor, escondidos tras la almohada de mi hermano mayor, o jugueteando entre la colección aún no heredada de mi segundo hermano, siempre retumbando, adornando los espacios y huyendo de cada una de las estanterías como una bandada de pájaros asustada por el ensordecedor bramido del sismo matutino.
Las paredes de mi casa han seguido con el paso del tiempo. Se descubren más grandes, como si quisieran albergar a estos pequeños adultos, de quienes solo contienen un lejano recuerdo. Mi casa parece ser un recuerdo olvidado de una infancia feliz, imaginándose a sí misma, junto a las distintas historias que en algún momento la habitaron y que ahora añoran el regreso. Las paredes de bahareque se han ido mudando con el paso de los días. Se mueven presurosas, como quien no quiere continuar albergando ese olor a nostalgia. Mi casa se transforma de a poco en otro escenario. Se desplazan con fuerza los ladrillos buscando un atisbo de donde sostenerse.
Mientras en el patio, mis padres esperan a que terminen de transcurrir esos 90 segundos cincelados por un vacío infinito que se mece en el estremecedor vaivén de la placa de Nazca. Me recuerdan a la única súplica que atesora Han Kang en pequeño lamento transcrito al papel, Blanco: «No te mueras. No te mueras, por favor», y que ya he pronunciado en silencio una infinidad de instantes. Entienden ahora el lenguaje no hablado de los tres perros negros que entraron presurosos para buscar resguardo y que en primera instancia mis padres imaginaron una segunda hambre después de la ración matutina.
Mientras hago la pequeña lista que incluye a los míos, para saberlos con vida, huyendo de los desbocados fragmentos del último piso que cae a jirones en la facultad, recogiendo los rastros de su anterior vida tras las olvidadas carreteras que fragmentan el paso vehicular, suplicando el regreso de la pequeña gata, toda blanca, que huyó ante la aterradora amenaza que inundó cada uno de sus diminutos maullidos como aviso espeluznante de la llegada del terremoto.
Tras el crujir de las manecillas del reloj mi padre sigue erguido, como un roble frondoso junto a mi madre, columna principal, que todavía sostiene mi casa. Se entrelazan las raíces de los lirios al compás de la tragedia, parecen complementarse en lo que alguna vez fuera una infinitud de voces. Los veo parados en el patio, junto a las flores que cultiva mi padre, esperando que aminore el peligro.
Me pregunto si el camino enladrillado que ha dejado el desastre, con los pedazos de lo que alguna vez fuera la pared de mi casa, me insta a volver a ella, o me advierte del peligro que supone salvar la distancia de lo que ahora soy y lo que algún día fui, y de aquella que alguna vez se erigió como mi casa. Mi casa ya no es mi casa, se asemeja cada vez más a una bodega de tesoros por descubrir de una infancia olvidada, junto a quienes esperan la llamada anunciando el regreso de la primavera.
Sobrevieronvimos al cataclismo.
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