Escribo mientras escucho María la curandera, y entonces aparece mi abuela. No sé por qué ocurre así, pero hay personas que regresan de una fotografía, de una calle, de una palabra, doña Luz regresa de una canción. La veo sentada, como tantas veces, con sus manos morenas sobre las piernas. Esas manos marcadas que cuentan una vida sin necesidad de explicarla. De ella heredé el color de la piel y la forma de mi cabello, y, aunque tardé años en entenderlo, una manera de mirar el mundo.
Luz es la madre de mi padre. Pero antes de ser mi abuela fue muchas otras cosas: hija, esposa, madre, cuidadora y refugio. Cuando un embarazo expulsó a mi madre de una casa machista y arribista, Luz le hizo un lugar en la suya, la recibió y anidó. A veces pienso que esa palabra le queda mejor que cualquier otra: anidar. Porque eso hizo toda la vida, poner el corazón para que otros pudieran crecer.
Se me viene a la cabeza el personaje cristalizado de Úrsula. No en la mujer que uno imagina cuando habla de Macondo, sino en esa otra: la que sabe cuánto pesa una casa cuando todos creen que se sostiene sola, la que conoce el precio de alimentar una familia, enterrar a los muertos, cuidar a los vivos y seguir poniendo la mesa al día siguiente. Úrsula habría reconocido a Luz de inmediato, no habrían necesitado presentarse.
Luz estudió hasta tercero de primaria, eso dice su historia escolar. Tres años es un dato breve, casi insignificante, si uno lo mira desde una hoja de vida. Pero yo conozco otra medida, su letra es más hermosa que la mía. De mí, que empecé un doctorado con una beca y reconozco que soy la primera persona de mi familia en llegar hasta allí. Hay días en los que pienso que ese doctorado empezó mucho antes, en una casa donde mi abuela nos cuidaba a mi hermano y a mí para que mis padres pudieran seguir estudiando, trabajando e intentando construir una vida. Ella no tenía las palabras que hoy usamos para hablar de eso, no hablaba de proyectos de vida, de brechas o de oportunidades. Simplemente se dedicaba a cuidar. Y mientras cuidaba, abría un camino.
Eso también lo habría entendido Úrsula. Porque hay mujeres que pasan la vida haciendo posible que otros lleguen a lugares donde ellas nunca pudieron llegar.
De las mujeres que estuvieron antes de Luz sé poco (es una de las cosas que más me inquieta cuando pienso en mi familia). Sé algunos nombres, sé que existieron, pues mi madre y mi abuela me contaron historias sobre ellas, pero las historias familiares tienen esa costumbre de ir perdiendo detalles con los años: primero desaparecen las fechas, después los lugares. luego los nombres completos. Al final queda una mujer sin rostro diciendo algo que nadie recuerda exactamente. De ellas quedaron pocos rastros, tal vez por eso escribo: para que Luz no termine convertida en una anécdota, para que su nombre no sea apenas un vestigio entre otros, para que alguien, algún día, pueda saber que estuvo aquí.
Yo crecí con una mujer que me había soñado antes de conocerme, que no se asustó de mis pasiones, que nunca trató mis sueños como una extravagancia y los recibió como si fueran una extensión de los suyos. Ella sabía que ser mujer podía ser difícil: no necesitó explicármelo, lo había aprendido. Nos preparó para una vida en la que ninguna voz tuviera que gritar más fuerte que la nuestra para ser escuchada, enseñó, sin discursos, que no debíamos pedir permiso para querer una vida distinta. Forjó mujeres inteligentes, arriesgadas y valientes con las herramientas que tenía. A veces pienso que eso fue su manera de hacer justicia: no con violencia, sino con su amor a nosotras.
Luz ha perdonado cosas que para mí siguen siendo imperdonables, ha atravesado situaciones que todavía me ponen los pelos de punta y ha sido víctima de violencias frente a las cuales yo habría querido quemar el mundo entero. Ella no quemó nada, se quedó, siguió cuidando y soñando. No sé si eso es fortaleza, a veces temo que llamemos fortaleza a aquello que las mujeres aprendieron a soportar porque no tuvieron otra opción, pero sé que hay algo en ella que no se dejó destruir.
A los sesenta años sigue teniendo algo de niña, puede entusiasmarse con cosas pequeñas, se ríe con una facilidad que me conmueve. Y todavía, cuando yo pierdo el camino de regreso a mí misma, ella aparece de alguna manera, como si supiera que una también puede extraviarse siendo adulta. Luz se llamaba mi tatarabuela, Luz se llama mi abuela, dos mujeres separadas por una generación y un nombre que parece haber encontrado la manera de quedarse. A veces pienso que el nombre es una especie de lámpara, una cosa pequeña que alguien deja encendida para que otra persona no camine completamente a oscuras. Si Úrsula estuviera aquí, quizá entendería eso, probablemente se sentaría junto a mi abuela. Hablarían de los hijos, de las pérdidas, de las casas, de los hombres, de la pobreza, de las cosas que una mujer aprende a resolver antes de que alguien se dé cuenta de que había un problema. Y quizá Úrsula miraría las manos de Luz, las manos marcadas, las manos que cuidaron, las manos que hicieron posible que otros tuvieran tiempo para estudiar, para trabajar, para equivocarse y para irse lejos.
Yo no sé qué hazaña voy a conseguir, no sé si alguna vez haré algo suficientemente grande como para que alguien quiera dedicarle algo; pero sé que, si alguna vez sucede, habrá una sola dedicatoria: A Luz.
No porque me haya dado una vida perfecta, sino porque hizo que la vida fuera posible, por abrir una puerta que nadie había abierto para ella, por cuidar nuestras vidas mientras nosotros aprendíamos a cuidarnos del mundo, por habernos dado una vida menos hostil que la que le tocó vivir, por enseñarnos que resistir no siempre significa endurecerse. Y porque, aunque ella no lo sepa, llegó muchísimo más lejos de lo que alguna vez pudo imaginar.
La abuela Luz, llegó hasta mí, hasta esta clase, hasta este doctorado, hasta todo lo que todavía falta. Tal vez eso sea la familia: no una colección de apellidos ni una sucesión ordenada de fechas. Tal vez sea esto: una mujer que cuida a otra, que abre una puerta, que deja una luz encendida para otra mujer que, muchos años después, consigue verla.
Escribo mientras termina María la curandera y mi abuela sigue ahí. Y por un momento pienso que, en alguna casa en el campo, algún día incierto, yo también cuidaré, desde esa misma forma de permanecer: brindando la luz.