(De fondo suena Pink Floyd: Wish you were here…)
“So, so you think you can tell
Heaven from hell
Blue skies from pain
Can you tell a green field (…)
Do you think you can tell?
(…) Hot ashes for tres…”
Arden los campos, arde la vida.
Nuestra casa, el suelo que pisamos y el cielo que nos cobija se han agrietado en las últimas semanas y se consumen bajo el fuego; mientras como país resistimos en medio de emergencias que desbordan nuestra capacidad y nos quitan el aire. Estos eventos exigen atención inmediata si no queremos que en tan solo unos minutos nuestros proyectos de vida queden reducidos a cenizas.
La tierra tiembla y el sol quema. Estamos siendo testigos de cómo el fuego avanza sobre montañas y valles, cargando el aire de un temor que revive inconscientemente el desastre del terremoto que nos sacudió hace poco. Casi en simultanea con este movimiento, decenas de incendios han avanzado en gran parte del país, calcinando cultivos y arrasando con la fauna que no tuvo la oportunidad de huir.
El aire asfixia. Se ha vuelto denso y con un penetrante olor a chamuscado. El vecino Tolima, tierra donde transcurrió parte de mi infancia y juventud, es devorado por las llamas; y junto con mis gratos recuerdos de esta tierra, se queman miles de hectáreas de café, arroz y frutales. Cientos de familias campesinas ven como se extinguen sus medios de sustento, mientras el calor extremo, incluso donde no hay incendios, reduce los ríos a hilos de agua y amenaza con el desabastecimiento en las ciudades. Una verdad que es además es una gran amenaza para quienes dependemos por completo del equilibrio y estabilidad del campo.
Es de reconocer que colmados en dos tragedias simultaneas, no nos hemos quedado paralizados. La gente ha recolectado ayudas y sofocado el fuego con sus propias manos. Pero en medio de esta respuesta heroica sigue haciendo ruido la pregunta de fondo ¿por qué esperamos la catástrofe para reaccionar?
Miramos al planeta como si fuésemos ajenos a él. Como si arrasar todo a nuestro paso no fuera a tener ninguna incidencia. Como si el fuego en la montaña vecina no fuera a contaminar nuestro propio aire. ¡Nos urge despertar! Pasar de la empatía momentánea a una incidencia real y constante.
Cuidar nuestro hábitat no es una necesidad abstracta e implica un compromiso individual y colectivo cotidiano. Incidir en lo que se encuentre en nuestro alcance empezando por lo inmediato: evitar quemas innecesarias, cuidar desde casa cada gota de agua son parte de asumir una postura activa. Como consumidores nos corresponde también exigir rigor socioambiental a las empresas y evitar al máximo el uso de plásticos. También podemos respaldar las redes de reciclaje local, denunciar talas e incendios intencionados antes de que se vuelvan tragedia, y proteger a la fauna silvestre, más aún cuando la encontramos herida o desorientada. Estos son actos compasivos y deberes mínimos de coexistencia que debemos procurar.
Sigo escuchando a Pink Floyd mientras empieza a lloviznar…
Pienso, a modo de plegaria parafraseando la canción: ¡ojalá sepamos estar aquí…! Que podamos diferenciar el cielo del infierno y elijamos la brisa de una tierra viva por encima de un mundo gris arrasado y desolado. Que hagamos todo a nuestro alcance para evitar el infierno, porque nuestra casa se quema y, si continúa ardiendo, nuestros propios sueños se volverán cenizas.