Me he ido muchas veces de Quimbaya, pero Quimbaya nunca se ha ido de mí. Aquí están mis pies enraizados, mi memoria, aquí he enterrado mi gente y sobrevivido a dos terremotos. Aquí están mis memorias más añoradas, mis más atesorados recuerdos. El lugar donde no necesito un mapa para orientarme. Mis sueños se han ido para otras partes, pero regresan con la terquedad de las mulas. Aquí tengo mis pies y mi gato. El hogar materno, la escuelita de don Orlando, el Instituto Quimbaya, que también se cayó en el terremoto del 99 y que reconstruyeron después sobre un cementerio indígena. Aquí estaba la finca de mis abuelos, en la antigua carrilera por donde una vez pasó el tren.
No me he ido, como nadie se va nunca del lugar donde nace. Aunque reniegue de este pueblo, de su gazmoñería y su provincialismo. Alguna vez me dijo un examigo que el mundo se divide en nómadas y sedentarios. Su posición me pareció muy extremista, pero con los años he confirmado que es así: están los que se van y los que nunca logramos dejar atrás el terruño. De todos modos, los que migran tampoco se van: aquí dejan el ombligo.



¿Por qué quiere uno el pedazo de tierra donde vino al mundo? Es una cuestión del azar que por ende no logramos entender. Entre los que fundaron este pueblo estaban mis tatarabuelos -o eso dicen-, y uno de ellos, arriero, cargó en mulas desde Puerto Alejandría los adobes con los que hicieron la iglesia. La misma que vi desmoronarse el lunes 10 de agosto mientras de rodillas sobre la grama sintética de la cancha municipal le imploraba al cielo que no me fuera a morir.
Cómo no me va a doler, como no voy a estar triste, si este pueblo que armamos con cariño quedó en el piso como un castillo de naipes. Cómo no me voy a preocupar por la gente, mi gente: esa jauría de desconocidos. El terremoto sirvió para volver a juntarnos: el miércoles de la semana pasada armamos un convite y sumamos manos para ayudar en lo que se necesitara. Sin método y sin experiencia. Por la mera osadía de ayudar. Así se conformó un equipo de voluntarios que hace censos, remueve escombros, reparte donaciones, dispensa medicamentos y distribuye mercados y ropa. Un escuadrón de la bondad (qué cursilería).
Ahí estamos: madres solteras, artistas, líderes sociales y juveniles, estudiantes, médicos, desempleados, rescatistas, arquitectos, piscólogas e ingenieros. Todos los días escuchamos historias sobre lo que nos pasó en el terremoto: a la que se le dañó su taller de repostería, al que se le cayó la pared, a la que salió en toalla, a la que el barranco se le metió hasta la sala de su casa; la familia a la que se le partió la casa por la mitad y están durmiendo todos en un cuarto. La embarazada a la que se le vino la loma encima. El vecino al que se le derrumbó el negocio. La comadre a la que se le desfondó la cocina.
Nos unen las ganas de ayudar y el amor por el pedazo. La certeza de mitigar el dolor. La fe en un mundo distinto. Nos unen las ganas y el empuje. La voluntad de ponernos al servicio de quienes sufren más que nosotros. La fugacidad de la vida. El voluntariado: eso que hacemos por la pura gana de servir, de ayudar y de sentirnos útiles en un momento en el que no es mucho lo que podemos hacer. El deseo, ante todo, de ayudar a los “pobres vergonzantes”, esos que doña Alba Carvajal -la primera mujer alcaldesa de Quimbaya- le enseñó de niña a mi mamá que había que ir a buscar hasta la casa, porque les daba pena salir a pedir aunque se estuvieran muriendo del hambre. Porque, como decía el grafiti que vi en Facebook: hay demasiado pueblo para tan poco gobierno.


Fotos de: Jean López.