Si mis amigos no son una legión de ángeles clandestinos
Qué será de mí
Raúl Gómez Jattin
Día 1
Piso 12, sur de Armenia. Las bibliotecas están atornilladas a las paredes con chazos mariposa. Una olla de agua hervida, con tapa de vidrio templado, descansa sobre la estufa. El olor a café inunda la habitación. Una taza entre las manos.
—¿Viste quién quedó de ministra de cultura? —pregunta Deivid, sin levantar la vista del café.
—Paola Holguín. La que cree que un poema es una amenaza a la seguridad nacional.
—…
—Ella misma lo dijo: va a dar una ‘batalla cultural’.
Son las siete de la mañana y la misma canción de Richard Clayderman, a todo volumen, ya nos azota desde el balcón de la vecina. Deivid se alista para la universidad, mientras Urs, que lleva varias semanas apoyándonos con la FILAQ, sigue dormida en la sala, en una colchoneta. Yo madrugo para dejar listos los diseños de las lonas que van en los paneles de guadua con las marcas de la muestra comercial. Media hora después, Deivid lava el último plato del desayuno. A Urs le puede pasar un camión por encima, nada la despierta: ni el sonido del molino eléctrico del café, ni el pito de la tetera, ni el maullido de nuestros cuatro felinos que no necesitan alarma para saber que es la hora de su desayuno (concentrado con paté de hígados de pollo). Llevo días, semanas, meses madrugando; hace mucho que no sé qué es un fin de semana de descanso.
Y entonces tiembla.
No como las réplicas de estos días, que ya aprendimos a distinguir por el sonido de las puertas o por las lámparas del mesón tambaleándose: esto se siente distinto desde el primer segundo. Reacciono de inmediato, salgo al pasillo y me acomodo en el quicio de la puerta del baño. Llamo a gritos a Urs. Ronca a pierna suelta, ajena a que el edificio entero se mueve.
Los gatos enloquecen de horror. Tamales salta del balcón. Se me hiela la sangre. Por milésimas de segundo lo imagino cayendo al vacío. Pierdo los estribos, grito como una loca a la que quieren asegurar en una silla eléctrica.
Y como en las pesadillas, ahora yo soy la silla que abraza, el arco que quiere proteger a Urs. Deivid, como un árbol, nos cobija. Y, aun así, no puedo dejar de llamar a mi mamá, que está sola, a 261 kilómetros de distancia. El piano de Clayderman al fin se calla.
Día 2 y 3
La segunda noche también dormimos en el apartamento de nuestros amigos, sin saber aún cómo estaba el nuestro. Deivid y Urs habían subido ese mismo día a recoger lo más urgente, aunque se quedaron con la mitad: celulares, documentos de identidad, herramientas, linternas y los computadores, donde está toda la información de la FILAQ y varios proyectos de libros que llevamos años trabajando. No trajeron mis tenis ni mi brasier; en cambio, echaron a la maleta camisetas que ya no uso.
Los gatos están con nosotros desde el mismo día del terremoto: los rescatamos antes de bajar por las escaleras de emergencia. Tamales fue el primero, a punto de desmayarse en el balcón de la sala. ¿Cómo hizo para saltar de un balcón a otro sin caer? La distancia: un metro. Brigitte estaba agazapada en el balcón de la alcoba; Pink y Tomatito, en el último rincón del closet. El carro se convirtió en nuestro primer refugio: ese día dimos vueltas con los guacales, el arenero en el baúl y una taza de agua que se turnaban para no regarla en el tapete. Manejé sin rumbo calle arriba mientras escuchamos en la radio Balada para Adelina. Varias cuadras después decidimos que lo mejor era estar juntos, y conduje hacia La Pavona, al edificio de nuestros amigos.
No fue tan buena idea dormir en un camarote, aunque las sábanas de mariposas y la colcha de unicornio rosa me hicieron sentir como la niña que durmió en casa de mis padres hace 40 años. Deivid duerme abajo, en la cama gemela (casi todas las camas le quedan chiquitas, le toca sacar los pies o dormir en diagonal). Yo duermo con la sensación de réplica: una cama en lo alto siempre es un simulacro de temblor. Ellos duermen dos paredes y una puerta más allá, incómodos pero abrazados a sus hijos que insistieron en prestarnos su lugar favorito. Y entro en un sueño profundo después de recordar el poema de Raúl Gómez Jattin: qué sería de nosotros sin este par de ángeles clandestinos.
Al tercer día entramos nerviosos. Las bibliotecas parecen esqueletos de ballenas arrancadas del mar, varadas en una playa llena de escombros. Al principio pensamos que se había roto una ventana, o la tapa de la lavadora: era la olla, con su tapa de vidrio templado hecha trizas, y el agua que mojó varios libros. Todas las materas decidieron practicar clavados; los cajones de la cocina vomitaron los platos, el mercado, la loza; dos tejos de panela quedaron disueltos en el líquido y mezclados con la tierra. Nuestro apartamento es el naufragio de dos escritores con ocho bibliotecas, cinco de ellas fracturadas y con los libros por el suelo: portadas dobladas, páginas rotas, lomos doblegados. Es la escena de un barco encallado entre hojas impresas en medio de enormes costillares y la belleza del silencio.
Día 4
Hoy cumplo 50 años.
«Un cumpleaños movido», escribí en broma por redes sociales: siempre he dicho que el humor es lo único que se pierde, y que la esperanza está sobrevalorada. Le propongo a Deivid irnos lejos, donde la imagen de los libros aún en el piso no nos alcance, y llegamos a unas cabañas rumbo a Montenegro, uno de los municipios más afectados por el terremoto, donde el turismo no se detiene. Los dueños nos reciben como si nada hubiera pasado, evitan hacer preguntas sobre el suceso aquel y nos convencen de quedarnos a disfrutar de la piscina y la paz de su cabaña más alejada. El pretexto perfecto es la celebración aliñada con algo de remordimiento: piscineada, varios cotejos de rana y unas cervezas.
A la mañana siguiente tomamos el desayuno en el quiosco.
—Se me vino medio techo encima, vale —nos cuenta la señora de la cocina sirviéndonos el chocolate—. Yo agarré y me abracé de una palmera cuando empezó a temblar, y tuve que soltarla: se movía más que dentadura postiza…
Nos reímos los tres, aunque a mí me toma un momento imaginar una palma con dientes. De los parlantes amarrados con alambre suena «Caracas, Caracas», del Binomio de Oro; por el acento, y por esa canción que solo alguien de allá pone con tanto gusto, no es difícil imaginar que es venezolana. A los pocos minutos llega el dueño, un señor mayor, con ropa de trabajo, recién bañado y perfumado. La señora sale espantada hacia la cocina. Algo le dice con voz firme, cambia la música. El piano de consultorio comienza a inundar con sus acordes franceses este rincón cafetero. Pienso en las palabras de Betty cuando alguna vez me dijo que esa música ligera está hecha para reducir la ansiedad de la gente demasiado pensante.
En medio del jardín descubro la masa oscura retozando bajo la sombra de un arbusto: es Cristina, la cerda de la que ya nos había hablado la recepcionista. Junto a ella, tres gusanos toman el sol al lado de un charco de orín.
—¡Mira! Es Cristina y los subterráneos.
Día 10
Hoy leo en mis redes sociales una noticia en La Crónica del Quindío sobre el modelo FOREC, creado tras el terremoto de 1999 durante el gobierno de otro cerdo con banda presidencial. La noticia, tal como está escrita, adolece de memoria: parece que los archivos de todas las críticas a esa privatización hubieran quedado enterrados bajo el conveniente olvido. No hace muchos días hablé con un amigo sobre el tema y me contó que su hermano había realizado un documental sobre la urbanización Ciudad Alegría del Municipio de Montenegro, proyecto de construcción concebido bajo las políticas del FOREC. Quiero verlo, pero no es tan sencillo conseguirlo. La gente, en este momento, está pensando en cómo reconstruir su casa, su negocio, o en salir del entumecimiento emocional que produce sentir réplicas o recordar escenas de la catástrofe.
A través de esa conversación pude acercarme a una historia local, en uno de los municipios que los 7,4 del terremoto del 10 de agosto volvieron a golpear veintisiete años después. Eso me contó mi amigo: que las viviendas, construidas con materiales de dudosa calidad, se entregaron en obra gris, y muchas familias tuvieron que acomodarse en condiciones de hacinamiento. Los muros, a pocos meses de la entrega, se descascararon solos, hechos con más arena que cemento. Cientos de damnificados terminaron amontonados en una ciudadela de espacios reducidos, sin vías de acceso y con serios problemas de alcantarillado. Según él, el criterio fue netamente cuantitativo: la dignidad de la gente, un artículo de lujo reservado para las familias de algunos empresarios e ingenieros que se llenaron los bolsillos.
Por otras fuentes supe que hoy, en Ciudad Alegría, la situación es aún más crítica, y que nadie los voltea a mirar. Le pusieron así hace veintisiete años, con toda la ironía que cabe en una palabra: Alegría, para consolar el derrumbe. La misma fórmula que hoy le ponen a un fondo llamado Milagro, como si un nombre bonito alcanzara para tapar un hueco. Ni siquiera para preguntarse cuáles son las tales bondades de lo que un usuario, en los comentarios de la noticia, rebautizó como «modelo ROBEC». Esas bondades solo existen en la mentalidad de los corruptos enlodados desde febrero de 1999, aunque nunca se pudo comprobar nada.
Tomatito toma el sol entre cajas y torres de libros. Quiero ser como él: que ni los balones contramarcados del Chocó ni la aeronave con sus supuestos rescatistas israelíes me atormenten. Me aferro, en cambio, a la imagen de los Topos de México trabajando sin descanso en Cali, y a los miles de personas del común que han salido a ayudar. Me duele el incendio de Pijao (como si no fuera suficiente con el terremoto), pero me alienta que Urs, siendo bogotana, haya ido como voluntaria a apagarlo, aunque algunos todavía la vean como una simple foránea. Una lección para muchos.
Mientras tanto, la vecina desempolva el álbum preferido de Richard Clayderman: Forever Love. Busco en vano los tapones de espuma para los taladros y las excavadoras que no cesan. Contra la música no hay tapón que alcance. Que me acune el piano, entonces.