La fuerza de enseñar

Allí, en medio del caos, contamos estudiantes, comprobamos que no faltara ninguno, tranquilizamos a quienes lloraban, sostuvimos al que temblaba y entregamos a los padres a estos chicos que se anidan año tras año en nuestros corazones. 
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La fuerza de enseñar

La educación es un acto de amor,

por tanto, un acto de valor.

Paulo Freire

Hay tragedias que llegan sin esperarlas y, en cuestión de segundos, lo destruyen todo. Entonces el miedo, la incertidumbre y el horror nos invaden. Sin embargo, es en este momento cuando los héroes prestan sus manos, sus ideas y su tiempo para salvar lo humano. Después vienen las historias de heroísmo: quienes rescataron, quienes auxiliaron, quienes abrieron una puerta, quienes ofrecieron alimento, abrigo o consuelo. Y está bien que sus nombres sean pronunciados y que la gratitud los alcance. No obstante, en medio de tantos relatos sobre la tragedia, hay unos héroes sin capa de quienes poco se habla: los profesores.

Cuando el terremoto del pasado 10 de agosto irrumpió en la cotidianidad de la escuela, hicimos lo que tantas veces habíamos ensayado en simulacros que parecían, a simple vista, tontos y rutinarios. Pero esta vez no hubo ensayo. En esta ocasión el peligro acechó con furia y la muerte rugió desde lo más hondo de la tierra. Vi estudiantes asustados, oí voces quebradas, lágrimas que se quedaron suspendidas para siempre; otras que rodaron llenas de terror. También escuché preguntas que no pudimos responder.

Una enorme responsabilidad cayó encima de nuestros hombros. Los profesores tuvimos que evacuar hacia puntos seguros de las instituciones, buscar niños rezagados, compañeros en shock; y lo peor: conservar la serenidad cuando también sentíamos pánico y horror. Mientras cualquier instinto humano como el egoísmo habría podido conducirnos a pensar primero en nosotros, nuestra condición de maestros nos obligó, una vez más, a pensar primero en los otros, en esos niños y muchachos que son como nuestros hijos.

Ser docentes es eso: héroes aunque no aparezca escrito en los contratos, en los manuales de funciones o en los discursos oficiales. Aquel 10 de agosto de 2026 mis compañeros protegieron a cada niño y salvaguardaron su vida porque ellos, sus hijos, son nuestra responsabilidad durante gran parte del día. Créanme que allí, en medio del caos, contamos estudiantes, comprobamos que no faltara ninguno, tranquilizamos a quienes lloraban, sostuvimos al que temblaba y entregamos a los padres a estos chicos que se anidan año tras año en nuestros corazones.  En esos minutos, compañeros, la pedagogía se aleja de los libros y adquiere otra dimensión: enseñar también consiste en proteger la vida.

Pero lo más admirable es que nuestra labor no terminó con la evacuación. Después del colapso físico y emocional al advertir a nuestra amada Pereira destruida, muchos profesores decidimos permanecer al pie del cañón. Continuamos colaborando en labores de ayuda humanitaria, organizando apoyos, acompañando familias, distribuyendo donaciones, recorriendo lugares afectados y atendiendo las necesidades de una comunidad golpeada por la tragedia; sin contar que muchos de estos maestros, al igual que usted, perdieron a sus familiares, sus viviendas, sus enseres; los sueños de muchos años de trabajo.

Es más: seguimos colaborando en condiciones difíciles y en escenarios donde todavía el peligro es latente; arriesgamos nuestra propia seguridad para estar al servicio de los demás. Estas acciones de bondad no devienen de órdenes que recibimos; en realidad, todo maestro trasciende los límites de las paredes del salón de clase cuando así lo requiere la sociedad. Para nosotros, o al menos para mí, este evento no debe politizarse; lo que hago o lo que hacemos los profes, como nos dicen los pela’os, es genuino; subyace de nuestro espíritu solidario y filantrópico, de ese tremendo corazón que nos caracteriza, y eso nada ni nadie nos lo quitará.

En estos instantes de conmoción tal vez convenga preguntarnos qué significa realmente educar. Es triste, pero acostumbramos medir la labor del profesor a través de resultados académicos, evaluaciones, informes, planes de aula y estadísticas. Sin embargo, olvidamos que existen sucesos que revelan una verdad mucho más profunda: un maestro no solamente enseña matemáticas, ciencias, literatura o historia; también enseña solidaridad cuando carga una caja de alimentos; enseña humanidad cuando acompaña a una familia; enseña responsabilidad cuando permanece junto a sus estudiantes en medio del peligro; de hecho, enseña valentía cuando siente miedo y aun así decide ayudar sin importar las consecuencias.

Muchos han sido los héroes de esta tragedia y todos merecen nuestro reconocimiento. No obstante, entre tantos héroes están ellos, hombres y mujeres que cada mañana se levantan con la ilusión de llegar a sus instituciones y educar a un país para que mejore sus condiciones de vida. ¿Saben qué? Quizá no aparezcamos en los titulares de los diarios ni nos entrevisten ante los focos de las cámaras; no necesitamos eso ni medallas colgadas en el cuello. Nosotros, los maestros, somos conscientes de nuestro rol en este mundo y eso es suficiente para sentirnos felices y tranquilos.

Quizá el nombre de mis compañeros docentes sea olvidado o, en medio de la tragedia, se pierda la vida de un colega como Steven Zuluaga Duque, quien, mientras daba de comer a los rescatistas en el sector de la Lorena y Providencia, un accidente, al caerle un poste encima, cegó su vida. ¡Mis respetos, Steven, y que la tierra sea leve en tu viaje a la eternidad! Estarás con nosotros por siempre.

Y aunque la tragedia nos abrume y la muerte pise nuestras huellas, hubo estudiantes que pudieron regresar a los brazos de sus familias porque un maestro mantuvo la calma cuando todo parecía derrumbarse. Hoy, mañana y después seguiremos en la lucha porque no será fácil levantar a nuestra Pereira del alma. Continuaremos yendo a las comunidades con nuestra mano solidaria porque, como docentes, jamás huimos en medio del caos; por el contrario, decidimos permanecer en esta ciudad que nos lo ha dado todo.

Mi gente, cuando todo esto pase y la vida regrese a su cauce natural, será necesario recordarlo: también hubo maestros sosteniendo la esperanza en medio de la tragedia y del horror. Profesores que evacuaron, protegieron, acompañaron y ayudaron; profesores que, incluso poniendo en riesgo sus propias vidas, demostraron que hay lecciones que jamás se escriben en un tablero, pues solamente pueden enseñarse con el ejemplo.

¡Gracias, compañeros, por tanto y por todo!

* El autor es profesor en la Institución Educativa Ciudad Boquía, en Pereira.


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    Pereira. Escritor, docente e investigador. Profesional en Español y Comunicación Audiovisual de la Universidad Tecnológica de Pereira, magíster en Lingüística. Actualmente adelanta estudios de doctorado en México. Ejerce la docencia en educación básica y universitaria (programas de pregrado y posgrado). Es autor de los libros A la orilla del abismo; Ícaro: simbología y actualización de un mito; Carne para caníbales; Cartografía del mal y Putópolis. Su trayectoria literaria ha recibido importantes reconocimientos: Carne para caníbales obtuvo el Premio de los Lectores de Klepsidra Editores en 2020 y posteriormente fue seleccionada para el Plan Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad del Ministerio de Cultura. Esta obra será expuesta en la Feria Internacional del libro en Fráncfort, Alemania. También ha publicado ensayos y artículos en importantes diarios locales e internacionales (Perfil, Argentina); participó como conferencista invitado por Colombia en temas de literatura y periodismo latinoamericano (La Habana, Cuba).

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