
«Miré a la tierra: un caos;
Miré al cielo: su luz se había ido.
Miré a las montañas: temblaban;
¡Todos los collados se conmovían!;
Miré: no se veía un hombre;
¡Y las aves del ciclo habían huido todas!».
Jeremías 4:23
Es difícil escribir luego que se han conmovido los cimientos de la tierra, cuando el suelo bajo nuestros pies se mueve, cuando los libros caen de nuestras bibliotecas como lanzados por alguna mano invisible y cuando la gente corre salvaguardando su vida antes que a sus propiedades. No hay palabras para describir el caos y la desolación que se vive en un momento así, pero es posible, una vez reposada la tierra, intentar herir el papel con signos (o la pantalla con píxeles) para relatar lo que se siente, piensa o cree cuando sucede una crisis como la que experimentamos miles de ciudadanos el lunes 10 de agosto a las 07:34 a.m.
Una hora donde todo el país se preparaba para iniciar labores y avanzar en conseguir la meta de un día más en la escuela, la universidad, la empresa, el amor o simplemente existir por existir como los pensionados o los desempleados. Porque nadie, racionalmente, piensa en esta «lotería telúrica» (¿por qué a nosotros?, se escucha) y en la realidad de que en lo profundo de la tierra haya fuerzas destructivas encadenadas que un soplo divino, un vacío artificial o una subducción en la Placa de Nazca hundida bajo la Placa Suramericana puedan desencadenar el caos.
Nos levantamos ese lunes normalmente pensando en vivir, no en morir, es la verdad, y ese es el misterio de la existencia que aún no podemos desentrañar, es decir, por qué nos mantenemos en pie por un designio desconocido, mientras otros se fueron de forma dramática. Por ello, frente a esta calamidad es importante preguntar si estábamos preparados para un evento así y la respuesta es no. No lo estuvimos ni lo estamos, ni emocional ni físicamente, ni siquiera logísticamente, a pesar de que contamos con el triste historial del 25 de enero de 1999, cuando todo se vino abajo, lloramos nuestros muertos y la cara del Eje Cafetero cambió irremediablemente.
Un «no estar preparados» que nos enseña sobre la fragilidad de la vida y el hecho de que seamos espectadores positivos, seres pasivos que vivimos confiados mirando al futuro con optimismo, y que cuando sucede lo terriblemente inevitable (como este devastador terremoto que cuenta ya cientos de víctimas, personas desaparecidas y estructuras dañadas) respondemos levantándonos de las cenizas, activamos los convites y unimos fuerzas semejantes a un solo hombre y a una sola ciudad para resurgir y dar señales de esperanza.

Se trata entonces de una reflexión solidaria y de saber que la vida y la muerte penden de un soplo en la nariz o de un terremoto de magnitud 7,4. Y el lunes 10 de agosto nos encontramos con un aciago destino que dejó y sigue dejando unas narrativas desgarradoras que nos conmueven: la historia de amor de Juan Felipe Giraldo que iba a casarse y murió en el Hotel Dibeni de Pereira; el fallecimiento de las jóvenes y prometedoras trillizas Saavedra en Santiago de Cali; y por otro lado el daño fortuito de patrimonios invaluables como el Corredor Polaco o la torre izquierda en la Catedral Basílica Metropolitana de Nuestra Señora del Rosario de Manizales; o el Cristo de la Parroquia Jesús, María y José, la Basílica de Quimbaya. Y así, entre pérdidas humanas y estructurales irreparables que nos duelen y nos marcan.
Vidas y lugares dañados que nos unen como país, porque, ¿quién no ha llorado o se le ha arrugado el corazón viendo el estado actual de cosas por televisión, internet o escuchado las voces necesitadas por la radio? Así entonces, pese a la adversidad y la catástrofe, la ayuda no ha escaseado, tanto nacional (Defensa Civil, Cuerpo de Bomberos, Cruz Roja, voluntarios) como internacional (Los topos Aztecas, los venezolanos, los contingentes israelíes, grupos de rescate estadounidenses) demostrando que somos un mundo unido por la solidaridad global, más allá de los problemas de gestión, solicitud de certificación o trabas burocráticas. En general, seres expuestos para salvar otros seres y eso difumina toda diferencia cultural y nos lleva a creer en la humanidad.
De esta forma, y finalmente, nadie puede saber el por qué, o el para qué, ni siquiera el dónde sucederá un terremoto, pero sí sabemos que esta «lotería telúrica» cayó en el Eje Cafetero, el Chocó y el Valle del Cauca y hay que afrontar la contingencia con paciencia y organización. Porque es cierto que sobre la naturaleza o los fenómenos naturales no tenemos control alguno, salvo, el poder decidir cómo interpretar el dolor, la tristeza y la angustia de manera personal. O se toma de una manera o de otra y sobre cualquier modo podemos rehacernos. Lo importante es no desesperar, ya que un terremoto como el del 10 de agosto paraliza la mente y la pone en modo «supervivencia» pensando en el reciente sismo de Venezuela, en enero de 1999 en el Eje Cafetero y hasta en el fin del mundo según el Apocalipsis.
La mente no enloquece, se asusta, pero busca sobrevivir más que comprender. Es lógico. En ese sentido, desde el cuarto piso donde vivo (luego de mudarme hace un mes de un apartamento número 13 marcado como 12 por la superstición de los arquitectos) pude salir ileso, por fortuna, para escribir estas impresiones de vida, esta reflexión sobre el estado de cosas. Felicitamos a los socorristas locales, nacionales y extranjeros; damos gracias a los que donan tiempo, dinero y víveres y también reparten y organizan; y celebramos la vida este mes y este año sin desconocer la muerte y la triste «lotería telúrica» que cayó el 10 de agosto al sur y occidente del país. Paz para todas las familias que experimentaron pérdidas humanas y materiales.

Estamos viviendo un trauma colectivo. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, escríbenos a barequeo@barequeo.com