Un lunes cualquiera

El hijo mayor, 8 años, puso en marcha un plan que formó en su mente: “mamá, escaleras, caminar rápido pero no correr, mamá llevas botas altas, despacio, dejar las cosas, son ¡COSAS!”
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Un lunes cualquiera

Un lunes cualquiera a las 7:30 am mientras preparaba el desayuno y mis hijos veían una película en la habitación de los papás (el cielo en la infancia), empezó el movimiento de la tierra. 

Primero suave, me asomé por el pasillo para notar el péndulo que dibujan las lámparas colgantes de mi lugar de reposo, “no los voy a alarmar, esperemos a que pase”.  Manizales es una ciudad pequeña construida en la ladera de un volcán, en donde los temblores son frecuentes y los manizaleños crecemos con una especie de instinto ante lo que debemos hacer cuando la sensación traspasa la normalidad. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. El movimiento más violento se tornó en temor real por perder la vida; primero la de ellos, luego la mía. Mientras caminaba rápidamente por el pasillo del apartamento, noté que el patio de ropas se agrietaba “esto va a colapsar” pensé, y logré decir, creo que con tranquilidad, que debíamos evacuar por las escaleras. 

El hijo pequeño, 5 años, tenía la piel más blanca que de costumbre y al verme su aparato motor hizo lo que debía hacer: se abrazó a su mamá y ya no se separó más. El hijo mayor, 8 años, puso en marcha un plan que formó en su memoria al ver varios videos de cómo reaccionar a diferentes desastres naturales “mamá, escaleras, caminar rápido pero no correr, mamá llevas botas altas, despacio, dejar las cosas, son ¡COSAS!”, así, con un discurso telegráfico. Me reprendía por tomar las llaves del apartamento para salir, por no usar tenis para trabajar y por dar instrucciones de cómo reaccionar. Ese trabajo me lo estaba ahorrando él.  

Lo siguiente fue bajar las escaleras cargando un hijo con un brazo y usando la otra mano para sostener al mayor, que seguía paso a paso su plan, metidos en una licuadora, con las vecinas detrás de nosotros vociferando oraciones al Niño Jesús mezcladas con palabras soeces “tranquilas, respiren, por favor no griten”. Dos pisos hasta la salida del edificio, que en medio de semejante agresividad concentrada en un pequeño punto del planeta, se sintieron eternos. 

“Que esta estructura no se derrumbe porque es lo que sostiene mi estructura familiar”. Salimos a la calle en donde ya esperaban varios vecinos, “¿pero por dónde salieron?”, otros nos gritaban desde el balcón de los pisos más altos que la puerta de su apartamento estaba bloqueada y no podían salir. 

Tras varios intentos fallidos de comunicarme telefónicamente con mi esposo, tranquilicé a mis hijos, “él está en cirugía desde la siete de la mañana, está en una de las construcciones más sismo- resistentes de la ciudad… Va a estar bien”. Mientras escribo, entiendo que decir eso en voz alta me estaba tranquilizando más a mí que a ellos. La mente es un lugar curioso.  

Luego llegó la oleada de terror, “¡mi mamá!”. Hace ya varios años, mi mamá se queda con mis hijos una hora en la mañana mientras que Gloria llega desde su casa en La Cabaña, una vereda de Manizales, a ordenar y limpiar la mía. Como si la hubiera atraído con el miedo, veo a mi mamá, de nacimiento muy morena, pálida como mi hijo menor. El terremoto empezó cuando ella parqueaba el carro en mi edificio, subió por el ascensor hasta el tercer piso y nos buscó en el apartamento para confirmar que su estructura familiar seguía en pie. Esa es mi mamá. Hizo todo lo que no se debe hacer en un terremoto, hizo todo bien como mamá. 

Lo que viene después es una especie de sueño en el que hemos tenido que seguir funcionando a pesar de sabernos rodeados de duelos. Duelos de personas, de hogares, de negocios, de modos de vida. 

Un lunes cualquiera, el 25 de enero de 1999, con catorce años recién cumplidos, durante el terremoto que destruyó a Armenia, en nuestro apartamento del barrio Alta Suiza en Manizales, escuché cómo la biblioteca de nuestra casa, del tamaño de una pared, se desempotraba y caía al suelo con su peso en libros produciendo un gran estruendo. “Bueno, al menos cumplí catorce años”. Estaba sola porque en ese entonces almorzábamos en un restaurante todos los días y como siempre he comido más rápido que toda mi familia, quise adelantarme para ver Los Simpson y hacer la siesta. Mi cabeza negoció rápidamente la idea de morir en un terremoto pensando en que volvería a ver a mi papá, que llevaba 15 meses fallecido. 

Javier Cercas, en El loco de Dios en el fin del mundo, accede a escribir un libro sobre la visita del papa Francisco a Mongolia con la condición de conversar unos minutos a solas con el sumo pontífice, con el fin de preguntarle si es verdad que su madre, una ferviente católica, se reencontrará con su esposo cuando muera. El escritor, un ateo, anticlerical, laicista militante, como se describe a sí mismo, quiere llevarle esa respuesta a su madre de 92 años que padece una demencia avanzada. 

Supongo que a los 14 años yo era una ferviente católica y no necesitaba nada más para estar en paz con la idea de mi finitud. En una adolescencia en duelo falla un poco el instinto de supervivencia. 

Pero esta vez fue diferente. No tengo permiso para pensar de esa forma, hay dos personas que necesitan que no desaparezca o tal vez es mejor decir que hay por lo menos dos personas en el mundo que necesitan que aparezca todos los días, varias veces al día. Hay que sobrevivir a la licuadora. 

Yo, que siempre he reaccionado bien en las tragedias, que cuento con un estómago de hierro que me permitió estudiar medicina y practicar sin crisparme las clases de anatomía, medicina legal y todas las especialidades quirúrgicas, tuve miedo de un terremoto. Tuve miedo de perderlo todo en un capricho de la naturaleza.

Soy hija del Eje Cafetero, tengo plena confianza en nuestra composición que incluye una suerte de orgullo, dignidad, pujanza y solidaridad. Pero como hija que soy también del pragmatismo entiendo que tomará años reconstruir el espíritu mientras levantamos edificaciones que soporten nuevamente nuestra estructura familiar, nuestra comunidad. Esa fortuna la tenemos algunos. Sabemos que muchos otros colombianos no pueden decir lo que digo hoy. No pueden hacer esta catarsis. No pueden seguir negociando con la idea de la incertidumbre de la muerte, sino con su certeza. Y eso lo que mi cerebro no quiere aceptar todavía.


Un lunes cualquiera

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    Manizales, 1985. Médica psiquiatra - docente del postgrado de Psiquiatría de la Universidad de Caldas, miembro de la Asociación Colombiana de Psiquiatría.

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