De rinocerontes y “tigres”

Medio país, como contagiado por una epidemia, se ha convertido en un ejército de “tigres”, “firmes por la patria”, dispuesto a llevar al poder al más absurdo de los candidatos presidenciales.
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Empieza con un hecho insólito: la aparición de un animal salvaje en medio de la ciudad, ante la mirada atónita de sus habitantes, tanto más aturdidos por el ruido que la bestia produce a su paso. El hecho se repite: otra vez el ruido que anula las conversaciones en la plaza —el lugar de encuentro, donde lo público cobra vida—, las pisadas que hacen temblar ese suelo que sostiene la vida en común de los seres humanos… Y la muerte de un gato es el primero de los daños en lo que sería toda una estela de destrucción causada por la bestia. Luego, la duda: ¿se trata del mismo animal de la primera vez o es otro distinto? Con el paso de los días, se hace evidente que las bestias se multiplican; más aún, son los seres humanos los que se vienen transformando en esas criaturas salvajes, cual víctimas de una epidemia: los oficinistas, las amas de casa, los amigos, los jefes… Poco después, el ruido bestial ya invade los teléfonos y la radio… Y así, hasta que la humanidad se convierte en algo caduco.

Lo anterior es una sinopsis de la obra Rinoceronte (1959), del dramaturgo rumano-francés Eugène Ionesco, uno de los máximos exponentes del llamado teatro del absurdo, emparentado con las corrientes filosóficas existencialistas de mediados del siglo XX. Pero bien podría servir como una descripción de lo que ha sucedido en la actual campaña presidencial en Colombia: aquí también la aspiración presidencial de Abelardo de la Espriella, quien se identifica como “tigre”, emergió como un suceso extraño. Quien se atuviera al examen racional del asunto, habría augurado muy pocas probabilidades de éxito para esa aspiración, por la nula experiencia del candidato en los asuntos del Estado y por sus bien conocidas actuaciones públicas: impenitente partidario del paramilitarismo, abogado defensor de delincuentes renombrados, adepto de las armas y las soluciones violentas, millonario con dineros de dudosa procedencia…

Y, sin embargo, vino el ruido: los millones invertidos en publicidad; la ostentación; los insultos y los gritos a los que, por el poco peso de las palabras frente a los gestos hostiles, no cabe darles el nombre de “discursos”; los actos en plaza pública dominados por las luces y los parlantes, que nada tienen de políticos —en el sentido más profundo del concepto—, ya que no hay allí posibilidad alguna de un intercambio de ideas entre semejantes; los medios de comunicación como cajas de resonancia de la altanería y el acoso. Un ruido que confunde y que seduce a quienes, ya sea abiertamente o de forma vergonzante, sueñan con hacer gala de esa misma fuerza para anular al diferente (“destriparlo”, en palabras del candidato en cuestión).

Y así, hasta llegar a este momento, en el que medio país, como contagiado por una epidemia, se ha convertido en un ejército de “tigres”, “firmes por la patria”, dispuesto a llevar al poder al más absurdo de los candidatos presidenciales, cuyos alardes de patriotismo, talante demócrata y defensa de la Constitución no resisten el más mínimo examen, ya que se contradicen con sus acciones y con sus escasas —pero altamente nocivas— propuestas. ¿Qué defensa de la vida puede ejercer quien propone buscar el usufructo económico a costa de acabar con el medio ambiente? ¿Qué tan demócrata puede considerarse quien pretende lograr la “seguridad” a costa de la persecución y la privación de derechos a quienes piensan distinto? ¿Qué defensa de la Constitución puede garantizar quien no ha tenido pudor a la hora de afirmar que buscará el favor del Gobierno de la principal potencia de este hemisferio a costa de la independencia y la soberanía nacional, establecidas como principios fundamentales en los artículos segundo y tercero de nuestra Carta Magna?

Ojalá quienes hoy apoyan la candidatura de Abelardo de la Espriella consideren seriamente estas preguntas, y piensen si hay en realidad algún motivo que justifique poner en riesgo de tal manera los más elementales principios de nuestra vida como país.  Quienes nos aferramos a la defensa de la vida y de unos derechos fundamentales, a la diversidad y la posibilidad del disenso pacífico, sabemos que este 21 de junio nuestra única opción ética y política será votar por Iván Cepeda Castro.

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  • De rinocerontes y “tigres”

    Filósofo y magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Docente y gestor académico-administrativo en instituciones de educación superior.

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