En el nuevo orden mundial, no solo los gobernantes interpretan personajes. También los Estados representan una soberanía que muchas veces no poseen. Los presidentes pronuncian discursos inflamados, desafían a las grandes potencias desde una tarima y prometen independencia mientras sus economías, su seguridad y hasta sus decisiones diplomáticas continúan dependiendo de poderes externos.
Mark Carney, primer ministro de Canadá llamó a esa contradicción la “actuación de la soberanía”. La expresión describe con precisión a los países que hablan como potencias, pero negocian aislados y terminan aceptando las condiciones de quienes sí tienen mercado, tecnología, fuerza militar y capacidad para imponer costos. No basta con proclamar independencia. La soberanía solo existe cuando un Estado puede sostenerla sin quedar sometido a la represalia del más fuerte. Lo dijo en Davos, ese santuario del poder global donde la élite política y financiera acostumbra a hablarle al mundo. No fue un llamado a la calma ni otra pieza del lenguaje diplomático. Fue la admisión de que el orden internacional basado en reglas, presentado durante décadas por Occidente como garantía de estabilidad, ya no funciona como se prometió.
Carney advirtió que la integración económica, los aranceles y las cadenas de suministro también pueden convertirse en instrumentos de coacción política. Frente a ese escenario, las potencias intermedias necesitan actuar juntas, construir coaliciones según el problema en discusión y evitar que las grandes potencias las negocien por separado. Su advertencia fue contundente. Quien no logra sentarse en la mesa termina formando parte del menú.
Mientras las grandes potencias vuelven a exhibir la fuerza como principal lenguaje diplomático, las potencias intermedias comienzan a ocupar otro espacio. Su poder nace de la capacidad de contener, negociar y construir salidas allí donde los imperios solo parecen ofrecer escalada.
El ejemplo más reciente apareció en la crisis que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán y que amenazó con extender la guerra por Oriente Medio, comprometer la navegación por el estrecho de Ormuz y sacudir nuevamente la economía mundial. Ante ese riesgo, Pakistán y Qatar asumieron un papel de mediación, mientras Turquía, Egipto y varios gobiernos del Golfo activaron sus propios canales diplomáticos para contener la escalada.
No actuaron por altruismo ni conformaron un bloque homogéneo. Cada uno defendía sus propios intereses económicos, territoriales y de seguridad. Pero esa coincidencia permitió algo más importante. Demostró que la autonomía diplomática no tiene por qué quedar siempre subordinada a Washington, Moscú o Pekín.
Esa coordinación fue importante tanto por lo que hizo como por lo que impidió. Varios Estados de la región se negaron a facilitar su territorio o su espacio aéreo para una nueva ofensiva contra Irán y dejaron claro que no estaban dispuestos a seguir pagando el costo de guerras decididas por otros. La contención no resolvió por sí sola el conflicto, pero sí redujo el margen para imponer una salida exclusivamente militar.
Ahí estuvo la verdadera novedad. Qatar y Pakistán no se limitaron a facilitar conversaciones. Convirtieron su capacidad de interlocución en poder efectivo y abrieron el camino hacia un acuerdo preliminar cuya firma formal está prevista en Suiza el 19 de junio. Si llega a cumplirse, el alto el fuego y la reapertura del estrecho de Ormuz no solo contendrían la guerra. También evitarían que una nueva escalada siguiera golpeando la economía mundial.
El avance no respondió a una sola mediación ni a una alianza formal. Se apoyó en capacidades distintas que, al coincidir, ampliaron el margen de negociación. Pakistán aportó peso estratégico y canales con Teherán y Washington. Qatar volvió a convertir su diplomacia en influencia efectiva. Turquía, Egipto, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos ayudaron a consolidar un entorno regional contrario a una nueva escalada. Esa suma no borró las diferencias entre ellos, pero sí mostró que las potencias intermedias pueden torcer el guion cuando actúan alrededor de un interés común.
La lección para América Latina es demasiado evidente como para seguir esquivándola. Brasil y, con mayores limitaciones, México, tienen el peso suficiente para actuar como potencias intermedias en el escenario global. Lo que no pueden seguir haciendo es comportarse como peones en un tablero ajeno, asumiendo que el mundo los obliga a escoger entre obedecer a Washington u ofrecerse a Pekín.
Esa es una trampa vieja. La verdadera autonomía no consiste en cambiar de tutor, sino en aprender a negociar con todos sin entregarse a nadie. Cooperar con Occidente cuando convenga, ampliar los vínculos con Asia cuando sea necesario y diversificar alianzas para que ninguna potencia pueda convertir la dependencia en un instrumento de presión.
Pero esa influencia no se construye con discursos grandilocuentes ni con presidentes que confunden la política exterior con el activismo, ansiosos por figurar en la fotografía de cumbres inoperantes. Exige coaliciones regionales serias, pragmáticas y sostenidas que eleven el peso diplomático y estratégico del continente.
De lo contrario, la región seguirá expuesta a sanciones, presiones y decisiones tomadas desde afuera, mientras sus gobiernos venden a los electores la ficción de participar en el gran juego mundial. La realidad es menos halagadora. Cuando América Latina actúa dividida, no aparece como protagonista, sino como territorio disponible, zona de influencia y espacio estratégico que otros todavía creen tener derecho a administrar.
El obstáculo no es solo externo. Buena parte de América Latina confunde la soberanía con la retórica. Sus gobiernos pronuncian discursos desafiantes, invocan la dignidad nacional y prometen independencia, pero siguen atados a economías frágiles, instituciones débiles y decisiones de corto plazo. Esa es la actuación de la soberanía. Parecer autónomos mientras se conservan intactas las condiciones que permiten la subordinación.
Ningún país conquista una política exterior independiente si no reduce su vulnerabilidad frente a las represalias económicas, fortalece su capacidad productiva y construye acuerdos internos que sobrevivan al gobierno de turno. Los eslóganes no reemplazan esas tareas. Cuando la política exterior se usa para alimentar la polarización doméstica, el Estado pierde continuidad, credibilidad y margen de negociación. Tampoco puede ejercer liderazgo internacional una sociedad consumida por la polarización permanente. La diplomacia exige realismo, flexibilidad y capacidad para cooperar con socios distintos según el problema en discusión. Un país que divide el mundo entre amigos y enemigos termina trasladando sus guerras internas al escenario global y reduciendo su política exterior a una extensión de la propaganda doméstica.
En el nuevo orden mundial, la soberanía no se declama ni se representa, se construye con poder económico, pragmatismo diplomático y alianzas duraderas. Si América Latina sigue anteponiendo sus disputas parroquiales a la construcción de consensos de Estado, renunciará a ejercer un verdadero liderazgo desde el Sur Global. Y quien no logra sentarse en la mesa con herramientas reales termina, inevitablemente, formando parte del menú.