Nos faltó pedicurista

—¡Era gol de Dávinson! —vocifera Deivid en medio de la algarabía. —¡Y era gol de Cepeda! —chillo de rabia justo cuando el estadio enmudece.
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«(…) pa’ gritarles a la FIFA
¡que ellos son el gran ladrón!»
— Manu Chao, «Santa Maradona» (1994)

En el Hard Rock Stadium de Miami sube la temperatura: 32 °C con sensación térmica de más de 41 °C. La Selección Colombia empata a cero con Portugal en la última fecha del Grupo K. Pixeles, más amarillos que rojos, rugen en la tribuna. Banderas, abrazos y gargantas rotas. Minuto noventa. Un centro al área, un cabezazo y el balón que se clava en la red. ¡Goool! ¡Gool! ¡Goooooooool! El narrador lo grita y enseguida se frena a sí mismo: «si lo autoriza el VAR lo gritamos». Calma, chicos, calma. La autorización no llega. Minutos después, un avatar de PlayStation sorprende al mundo. Entre las siluetas digitales de Dávinson Sánchez y la del rival hay un milímetro: la punta del guayo adelantada.

—¿No fue gol? —pregunto sorprendida a Deivid, mi esposo, con quien había compartido la tusa por la reciente elección presidencial.

—¡Otra vez nos robaron! —grita enérgico rascándose la cabeza.

Instantáneas de ese 21 de junio se agolpan en mi cabeza y el sabor de la derrota posado en mi lengua. Mi atención centrada en la camiseta de nuestro equipo. Nuestro, me repito. Suspiro. Respiro. Analizo. Y si la tecnología es tan semiautomática, tan instantánea, ¿qué se cocinó en esos minutos de espera? Una posible respuesta se asoma. Compartiendo en el mismo palco: el presidente de la FIFA, el director del FBI y el secretario de Estado de Trump. Mi esposo interrumpe mi soliloquio con un comentario sobre el gol de Yepes en los cuartos de final del Mundial de Brasil 2014. ¡Claro! Cómo no recordar aquella frase que todo colombiano que ame el fútbol no puede olvidar…

—¡Era gol de Dávinson! —vocifera Deivid en medio de la algarabía.    

—¡Y era gol de Cepeda! —chillo de rabia justo cuando el estadio enmudece.

Me doy cuenta de que todos me miran. Unos con complicidad risueña y otros con tanto odio, que temo que en menos de tres segundos me pondrán de sombrero una vuvuzela. No vayan a creer que tenía catorce millones de pesos para ver a mi Selección Cafetera en el estadio que adorna el balneario de la oligarquía colombiana, la tierra de El Tigre, su primer hogar. Estamos en un lugar llamado el Estadio de la Sele, un espacio al aire libre con pantallas gigantes patrocinado por la Alcaldía de Dosquebradas, cerca del Centro Comercial El Progreso. ¿Cuál progreso?, me pregunto.

—Pero… ¡Cómo le van a creer más a esa máquina que a lo que vimos todos! —dice un anónimo que minutos antes nos invitó una ronda.

—La creen a una pendeja —lamenta con los ojos irritados Jane, nuestra amiga, mientras chocamos las botellas.

La verdad es que sí. Todos somos unos pendejos si creemos que los mundiales no están amañados. Pero qué le vamos a hacer, si nos gusta el fútbol. Eso sí: el fútbol sin inocentadas. ¿Quién no conoce los manejos que la FIFA le ha dado históricamente a los mundiales? Hemos visto partidos del mejor nivel, no lo niego. Pero de ahí a creer que nadie acomoda la cancha hay un trecho largo.

—¡Es una regla absurda! —dice alguien más desde la oscuridad.

—¿Y si Sánchez tenía las uñas largas? —chancea Deivid.

—Le faltó ir a la pedicurista —bromea Jane—. O lo perjudicaron las dos tallas de más de los guayos.

***

En casa, ya sin la euforia ni la cerveza, pasamos el resumen del partido en el noticiero. Repiten el gol que no fue, la silueta artificial, la punta del pie. Y entonces se va al palco: los tres inclinados entre sí, observando el partido con emoción congelada. Tomatito cruza frente al televisor sin concedernos una mirada. Se estira, bosteza, mide el sofá con la vista y salta. Da tres vueltas sobre el cojín, se enrosca y empieza a lamerse una pata con la solemnidad de un monje zen. Afuera, en la pantalla, se disputa el mundo. Adentro, Tomatito duerme. Me dan ganas de ser como él.

Y me acuerdo de Betty.

Betty, que no ha visto un partido entero en toda su vida y a quien el fútbol le tiene sin cuidado, pero que desde el otro lado del océano y de sus años de más lee lo que a nosotros se nos escapa entre gritos y banderas. Me lo dijo cuando la FIFA le colgó a Trump un Premio de la Paz que nadie pidió, nadie entendió y medio mundo repudió: «El día que el árbitro le entrega la copa al más matón del barrio, te dejarás de preguntar por qué pierden siempre los mismos».

Ella no necesita ver el partido para saber cómo termina. Sabe que a este Mundial le negaron la visa al mejor árbitro de África, un somalí al que devolvieron en la puerta. Que a jugadores iraníes y a un delantero iraquí los interrogaron durante horas por el delito de venir a jugar. Que mientras tanto el presidente de la FIFA se deja fotografiar sonriendo al lado del hombre que decide quién entra y quién no. La cancha, dice Betty, ya viene rayada desde antes del pitazo.

Y aquí está el chiste cruel del idioma: entre selecciones y elecciones hay una sola letra de diferencia, una “s”, tan fina como la punta del guayo. El 21 de junio nos separó un milímetro parecido (doscientos cincuenta mil votos, menos de un punto) y del otro lado de esa raya quedó El Tigre. El mismo que carga pasaporte de uno de los países donde hoy se juega el Mundial. La línea, como el estadio, la trazaron los del palco.

Tomatito despierta, levanta la cabeza y me clava sus ojos verdes. No sabe que hay un presidente que ruge, ni le importa. Si hablara, me diría que ninguna fiera detrás de un cristal le va a quitar el sol de la ventana. Ojalá nosotros pudiéramos decir lo mismo.

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  • Rostro de Liliana Moreno Martínez

    Comunicadora social, Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia y Máster en Promoción de Lectura de la Universidad de Alcalá de Henares (España). Fundadora y directora de la Fundación Letra Viva desde 2006. Es cocreadora de la Feria Internacional del Libro de Armenia y Quindío (FILAQ).

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