El jeong y las cosas de Séneca

Espacios que estaban intactos en los recuerdos, ahora llenos de polvo y escombros. Borrados. Las esquinas de la memoria, irreconocibles.
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Primero están las personas, de eso no cabe duda. Catalina, la estudiante de Santander de Quilichao que, como muchos otros, vino a estudiar medicina a Manizales. Don Fernando Alonso, el señor que intentó resguardarse sin éxito bajo un alero de su propia casa. Graciela, que estaba reclamando sus medicamentos. Don Oscar de Jesús, jubilado del Idema que salió a caminar desde San Joaquín hacia El Triángulo y encontró la muerte en el camino. Luis Alberto, que bregaba con la vida como emprendedor y domiciliario y estaba parqueando su moto. Y todos los demás que murieron, están heridos, sin casa, con la casa a medias, con el negocio caído y la incertidumbre materializada en 96 segundos. Todos ellos son parte de parte de nosotros. De la gente que vemos y saludamos todos los días. De la gente que nos cruzamos y nos sonríe. De la gente con la que discutimos por los asuntos banales del tránsito y con la que hacemos fila en el supermercado.

Puede sonar a abuso de confianza, pero los desconocidos también son parte de nosotros. Si no fuera así, ¿podríamos entonces vivir una vida solo con las personas que ya conocemos? El sentido más obvio de la especie es la interdependencia pero tal vez el más profundo es el amor por los desconocidos. Es por eso que cada uno de nosotros tiene encima un duelo, una tristeza, un sentimiento de impotencia causado por esa emoción que solo tiene nombre para los coreanos pero que existe para todos. El jeong es una emoción intermedia entre el amor y la interdependencia y que se refiere a aquello que causa la convivencia prolongada entre los seres humano. Es lo que sienten los colegas de trabajo, algunos familiares, los vecinos, los compañeros de colegio y en resumen las personas a las que les seguimos y nos siguen la vida por tiempos prolongados. Es un sentimiento de comunidad, que sobrepasa la simpatía o la antipatía por el otro y que se resumiría en después de todo lo que hemos vivido juntos, lo de menos es si nos llevamos bien o mal.

Después de las personas están las cosas:

Cuando Séneca fue recriminado por Lucilio por un estoicismo falso vociferado desde la comodidad de su holgura económica, Séneca respondió con su memorable “En mí, las riquezas tienen algún lugar; en ti, tienen el más alto; y a las postre mis riquezas son mías, tú eres de las riquezas”. Tremenda sentencia que siempre he llevado como una parte de mí. Las cosas se caen, se pierden se manchan, se pudren, se rasgan, se extravían y nosotros seguimos porque Carlos no es el carro de Carlos, ni Victoria la chaqueta de Victoria, ni Valentina la finca de Valentina. En suma, la frase de Séneca no implica una renuncia prematura al goce que dan las cosas sino la disposición a renunciar a ellas cuando se enfrenten filosóficamente a valores que las superen.

Pero a este principio que es tan profundamente parte de mí, le veo un problema. Un problema que sin estar por encima de la tragedia de perderlo todo, implica la dolorosa desaparición de los símbolos. Las cosas son parte de la memoria. Preguntaba Paul Bowles ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que forma una parte tan entrañable de tu ser que ni siquiera puedes imaginar la vida sin ella? 

Y en esas tardes remotas de la juventud y de la infancia no solo estaban el sol escondiéndose y las nubes formando elefantes, perros y cometas. También había cosas. Esquinas, árboles, restaurantes, bares. Calles, escuelas, almacenes, dibujos de la memoria. Iglesias.

Esta semana he visto las fotos y videos de edificios, restaurantes, casas y casetas cayendo en Manizales. Una torre de la catedral reposa sobre otra como testimonio del desbarajuste de un pueblo. Los negocios de Milán, los bares de la Avenida Santander, las calles del centro tantas veces recorridas por todos, en el suelo. No sé cómo quedaría Juan Sebastian Bar, uno de los lugares que con la casa de mi mamá y la de mi abuela, me proporcionan mayor resguardo ontológico. Espacios que estaban intactos en los recuerdos, ahora llenos de polvo y escombros. Borrados. Las esquinas de la memoria, irreconocibles.

Los romanos contemplaban la damnatio memoriae como una de las condenas más duras. Era la desaparición del rastro de alguien, su aniquilación de la historia, la eliminación de cualquier registro que se le pudiera asociar. Las noticias aciertan en que somos un pueblo capaz de empezar de nuevo tantas veces como sea necesario. No hay duda. Pero estamos lastimados por el borronazo inesperado de nuestros símbolos. Y también porque con Catalina, Luis Alberto, Oscar de Jesús, Fernando Alonso, María Edilma y Graciela se fue una parte de todos.

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