Hoy son las 7:34 a. m. ¿7:34 a. m. para quién?
Porque aquí ya son las 2:34 p. m. Llevo toda la mañana esperando, paciente, a que despierten en Colombia; mientras en Alemania piensan a qué hora toman un receso para fumar, yo solo miro el reloj constantemente, esperando a que en el sur salga el sol. Ya es costumbre mimetizarme en este mundo que anda mientras el mío duerme.
Pero, sin saberlo, mis ansias de que todos despierten estaban por enfrentarnos a uno de los días más difíciles que viviría Colombia. Aunque mis impresiones son tardías y no logro dimensionar qué estaba pasando hasta días después, me siento frustrada. Solo puedo ver lo que comparten por los grupos de WhatsApp, pero no estoy en mi ciudad, en mi casa, con mi familia.
El primer choque: la Catedral. Por un momento pensé que era IA o que la imagen estaba alterada por alguna tecnología para un nuevo comercial. El segundo choque: ver fotos de casas cercanas a las de mis padres completamente destruidas. Y como estos, distintos golpes que no se detienen durante días. Llegan más videos y yo solo siento ganas de llorar. ¿Hay toque de queda? Llevo dos días de insomnio; mi mente divaga y me imagino caminando por las calles de Milán pensando en cómo puedo ayudar. El Colegio de Cristo también está afectado.
Y pensar que justo hace unas semanas estaba presentándome en Alemania junto a personas del mundo entero y mencioné a Manizales como una ciudad pequeña, atractiva, elegante, de clima maravilloso:
—¡Tenemos un nevado! —dije—. ¡Todos pueden ir, pero uno a la vez, porque no los puedo recibir a todos al mismo tiempo! —añadí mientras la sala se llenaba de risas.
Nadie conocía mi ciudad y hoy veo los periódicos, las noticias, los reels. El mundo entero, desde medios digitales en Ucrania hasta Estados Unidos, sabe dónde está Manizales este 10 de agosto de 2026. Y ninguno de ellos la busca por lo que dije semanas atrás; la conocen por ser una ciudad devastada, destruida.




Algunas de las noticias reportadas el 10 de agosto de 2026 sobre lo ocurrido en Colombia, en ucraniano, inglés y árabe.
Con los días no se ha disipado la ansiedad. Las siete horas que me separan me parecen injustas e intento dormir para contenerme de pensar, de vivir la angustia, de sufrir la culpa, de experimentar la incertidumbre, de esconderme de la indiferencia.
A los alemanes no les gusta el ruido, la presencia humana. El mínimo sonido puede perturbarlos, y vivir en un edificio de personas que, aparentemente, está lleno, me hace sentir que estoy más sola porque nunca puedo escuchar a nadie; todos son gatos sigilosos al acecho. Es ahí cuando me pregunto si el mismo silencio que tengo que usar para no molestar a mis vecinos se compara con el de mi ciudad. Intento sentirme asqueada de esa comparación tan odiosa que acabo de hacer, y me castigo para mis adentros por ser tan privilegiada, por no estar ahí.
Pero siempre hay algo más que llama; que me hace sentir que hubiera querido estar ese día ahí, para poder teletransportar mi cuerpo y que alguien que hoy no tiene nada, esté en mi lugar. Suplicante, pienso que la misma indiferencia con la que algunas personas aquí saben de la catástrofe y no les importa, es una especie de karma por haber elegido irme. Es un castigo constante.
Sé que mi cerebro está intentando acomodarse a la idea de que Manizales ya no es la misma. «El molar de la mandíbula andina relleno de cemento» de Fernando González, no va a ser el mismo. Y yo, a 9800 kilómetros de distancia, espero volver para hacerle el duelo en persona y descubrir a esa ciudad de gente bonita que no ha parado estos días. Necesito volver para perdonarnos por lo poco que podemos hacer a la distancia, y para sostener a una ciudad que sabrá transformarse de sus cenizas como el ave fénix.