Recuerdo haber escuchado a Mario Mendoza en la Feria del Libro de Manizales 2025 reflexionar sobre un asunto que me dejó cabezón. Decía que a las personas que no creen en ninguna religión se les dificulta más resolver sus problemas internos. Es una cualidad que es envidiable, porque quien cree en algo, se puede aferrar a algo. No importa si se llama Dios, Alá, Jehová, Shiva, Ahura Mazda y Buda (porque nombres de dioses es lo que hay en el mundo). Incluso, el filósofo Baruch Spinoza concibe la imagen de Dios como una sustancia única que es equivalente a la naturaleza misma. Así que es más difícil controlar ese diablo interno que contiene la depresión, la ansiedad, los dilemas amorosos o los problemas familiares. Incluso la nostalgia que distrae como mosquito incómodo y es imposible atajar. Entonces si te vas a morir y eres creyente, pues recurres a la oración y encuentras una especie de paz interior. ¿El agnóstico o ateo qué puede hacer? Aceptar su destino y reconocer que la muerte es inminente: caes a un voladero sin saber si alguien te va a recoger. En cambio el adepto tiene la esperanza de reconocer unas manos iluminadas que salvarán el alma. Hace poco murieron mis abuelos y lo primero que no le veía sentido era realizar el novenario de difuntos. Qué bobada rezar para que sus almas descansen, aunque después reconocía en mi conflicto interno que dicho acto puede causar serenidad en sus familiares. Vivo al frente de una iglesia, por ejemplo, y siempre que camino miro el altar y las personas que se entregan a un ser que juran que existe. ¿Cuál es la envidia que les tengo si tanto los desapruebo?