Para mí el fútbol solo existe de manera cercana cada cuatro años, cuando es imposible no enterarse de que llega el torneo mundial de la FIFA. Es como las campañas presidenciales: notorias e inescapables; de manera que así como fui a votar para presidente, también vi algunos partidos del Mundial —completos o por partes—, mientras me tomaba una cerveza en un ambiente familiar. Además sostuve conversaciones sociales breves (tipo pasajero de taxi) sobre cómo iba el mundial y si ganaría tal o cual equipo. A partir de esta experiencia mi conclusión es maluca (como para una columna del Hincha Aburrido, con la diferencia de que él es hincha y sabe de fútbol).
Debe ser que soy muy tibio, pero en los pocos partidos que he visto (no solo de Colombia) he renovado la sensación de molestia que experimento por ciertos comportamientos que me parecen agresivos, violentos, desleales o innecesarios en los partidos. Es posible que me falte esencia de macho (nunca aguanté los juegos de contacto fuertes y entonces prefería retirarme), o que sea sensiblero e idealista. Tal vez tengan razón, pero ese juego que se basa en descuadrar a punta de empujones desde atrás a quien lleva el balón —o lo va a tomar— no me deja tranquilo. Igualmente considero desleales los “piscinazos” de los jugadores que se tiran al piso cuando les cortan su jugada ofensiva, a ver si pitan penalty a su favor. O las caras de “yo-no-fui” con levantada de las dos manos, a la manera de yo-no-tuve-nada-que-ver, cuando acaban de hacer caer al contrincante. Y ni hablar de la reacción de queja y cara de intenso dolor que ponen la mayoría de jugadores cuando chocan con un rival, en particular si quien se queja le ha restregado los taches del guayo al otro.
Le sigue el levantar la mano señalando al adversario cuando ellos mismos han sido responsables de que la bola salga del campo de juego. O hacer ademán interrogativo propio de quién no entiende lo que sucede, cuando el árbitro pita una falta y señala que ellos son responsables, y peor aún: en la repetición es clarísimo que sí le pegaron una patada al oponente. Y qué tal esos jugadores que insisten en hacerle reclamo al árbitro cuando pitó una jugada en contra de su equipo, sabiendo que éste no se va a devolver de la decisión a pesar del asedio. O el extremo de desafiarse a pelear a los golpes cuando uno o ambos jugadores enfrentados han sido agresivos en el encontrón que tuvieron con el otro. Y ni se diga los insultos racistas que afortunadamente en este torneo no fueron evidentes, no sé si por el tipo de torneo internacional que es, por la costumbre de los jugadores de taparse la boca cuando hablan, o porque en gran parte de los equipos de países tradicionalmente “blancos” destacan figuras futbolísticas afro o de piel negra —empezando por Colombia y terminando en Noruega.
Se supone que el fútbol enseña a jugar, a compartir, a tener límites, a respetar las reglas, a saber perder, a ser justos con el contrincante. Pero fingir, exagerar, negar responsabilidades, simular, mentirle al árbitro, son todas formas de deshonestidad, de incumplimiento de las reglas, o de trampa. Yo pensaba que la distancia entre el fútbol y la lucha libre —o el UFC, muy de moda— era que este tenía límites claros, árbitros muy presentes en las jugadas y poco teatro, pero no es así. Y no sabía que cada que un jugador se encuentra con otro que lleva la pelota es aceptable pegarle ese tipo de empujón tan frecuente, echarle el cuerpo encima, codearlo o agarrarle la camiseta: al menos he visto que los árbitros lo permiten. Supongo que la explicación es que hay que dejar jugar, que no se debe interrumpir la dinámica del partido, o que el espectáculo va primero. Podrían dejar seguir la jugada, pero aplicar la sanción cuando terminara -digo yo, de ingenuo.
Seguramente en las escuelas de fútbol enseñan, incentivan o toleran esas ambivalencias y contradicciones de pedir justicia pero protestar todas las decisiones contrarias que tome el árbitro; de dramatizar, tirarse al piso y llevarse las manos a la cara, con gesto de dolor por cualquier roce con el contrario. Entonces, los miles de niños que quieren ser sucesores de los messis, jameses y luchos deben aprender a “ser vivos” en ese terreno movedizo. Y me imagino que si uno es honesto en reconocer las faltas propias, no finge dolores inexistentes y no le alega al árbitro por todo, terminará siendo el aguatero del equipo, o le aconsejarán que se pase a la escuela de taekwondo.
Debe ser que mi actitud pacifista-ingenua de base me haga sentir de esa manera, y acepto que no me necesitan para disfrutar del día a día de este, el deporte más popular del mundo, que se mueve entre varias factores: la importancia de la actividad física, el entretenimiento en la vida diaria, el negocio del fútbol profesional (los clubes son empresas privadas como la misma federación internacional FIFA), y el importante llamado a que los ciudadanos nos identifiquemos con el equipo que lleva el nombre del país y que nos movilicemos apoyando a quienes defienden “los colores patrios” en la cancha “a toda costa” (sin hablar de la perdonada de la tarjeta roja al jugador gringo).
Parece ser que lo importante es ganar, por lo cual “todo vale” (como en la política neoliberal). Que tranquilos que si no nos descubren no es falta. Que una acción irreglamentaria solo es problema si el árbitro la ve. Que siempre hay que negar responsabilidad -desde el inicio . Todo tan parecido a la política -y para muchos (¿cínicos?) a la vida misma. Que hay que hacerlo, que es lo normal y lo necesario, y que este no es un mundo “para los débiles”.
Así que, en principio, prefiero ser espectador de ciclismo, béisbol, volleyball, tenis, natación —y hasta golf—: deportes en los que no hay contacto personal directo con el contrincante y —por ende— menos oportunidades de agresión, fingimiento o provocación a pelear. O el formal Sumo japonés, en el que se lucha cuerpo a cuerpo de manera más o menos lenta, con reglas claras y el árbitro muy cerca; y al terminar el combate los dos oponentes se deben hacer una venia respetuosa. Y digamos que hasta en el boxeo, tan violento por naturaleza, encuentro un poco más de lealtad con las normas, con el oponente y con el árbitro, que en nuestro querido deporte nacional.
Definitivamente esto no es para mí: no soy hincha del fútbol, así como no comparto que en política todo valga. A pesar de esto, tal vez dentro de cuatro años me vea en la misma situación: votando por un candidato a la presidencia —a pesar de las campañas— y luego compartiendo un poco del entretenimiento que brinda un mundial —a pesar de sus golpes y vivezas.