Los seres humanos podemos hacer mucho daño sin darnos cuenta. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos, directos y maleducados hasta que adquirimos la sensibilidad suficiente para ser menos torpes. Experimentamos con gran curiosidad lo que pasa si mentimos, manipulamos y lastimamos. También somos capaces de cuidar y ayudar a otres, sentimos ternura al ver bebés así sean de otras especies, nos preguntamos si a las piedras les duele cuando nos paramos en ellas. Para ser realmente crueles no basta con nuestras emociones de rabia o de celos, hace falta un entrenamiento.
Rita Segato es una antropóloga que recibió la tarea de estudiar las causas de los feminicidios en varios contextos específicos en Brasil y en México en los que las tasas eran tan altas que los gobiernos pagaron una investigación. En ese contexto, ella escribió sobre las pedagogías de la crueldad, en las que se les enseña, principalmente a los hombres, a relacionarse con otres como si fueran cosas. Segato estudia cómo los hombres interactúan con las mujeres para generar un efecto en otros hombres, por ejemplo el de ganar respeto o reconocimiento. Lo que piensen o sientan las mujeres no es tan importante en ese caso. Ella encuentra muchos espacios en los que los hombres aprenden a ignorar sus afectos, rituales de iniciación en la dominación y el sometimiento de otras. Esto ocurre en estructuras criminales, como las mafias, pero también en espacios institucionales.
Un ejemplo claro son los soldados, que se entrenan en seguir órdenes y en frenar el impulso de ayudar a alguien que sufre si es del bando contrario. El lenguaje cumple un rol importante: matar, violar y secuestrar durante la jornada laboral se llama “dar de baja”, “daños colaterales” y “captura”. La pedagogía de la crueldad consiste en no dejarse afectar, pues el afecto es visto como una forma de debilidad.
En la operación en la que el gobierno de Estados Unidos lanzó sus bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, la mayoría de los militares regresaron orgullosos. Paul Tibbets, el piloto de la operación, recibió honores y escribió sus memorias; en ellas no hablaba de arrepentimiento. Claude Eatherly manejó otro avión, desde el que hizo un avistamiento de la ciudad antes del lanzamiento de la bomba. A diferencia de su colega, Eatherly volvió muy afectado. Se hizo pacifista y opositor de las armas atómicas. Envió a Hiroshima dinero y cartas disculpándose. Eatherly cometió delitos menores y pasó tiempo en cárceles y en instituciones para enfermos mentales. Sus colegas militares lo desacreditaban y decían que estaba mal de la cabeza desde antes de la guerra. Günther Anders, el esposo de Hannah Arendt, sostuvo correspondencia con el piloto, las cartas entre Eatherly y Anders están publicadas en el libro Burning Conscience.
Antes de Rita Segato, la filósofa judía-alemana Hannah Arendt acuñó el término “el mal banal” en su reflexión sobre los juicios de Eichmann, un criminal de guerra alemán que no mostraba culpa a pesar de haber sido uno de los principales organizadores del Holocausto nazi. Para él, su actuar se reducía a hacer su trabajo y seguir órdenes, eso lo hacía un buen trabajador, así como era un buen padre y ciudadano. Así como en este caso, muchos actos de maldad no ocurren por parte de personas desadaptadas y psicópatas, sino por gente normal, que no cuestiona lo que aprendió y no se deja afectar por las respuestas de sus actos.
Estos casos muestran cómo la crueldad puede ser aprendida e internalizada, borrando todo rastro de culpa. Se me ocurren situaciones menos extremas en las que aprendemos a ver al otro como cosa y no como vínculo: por ejemplo, en las fincas ganaderas los niños tienen prohibido ponerles nombre a las vacas. En las ciudades colombianas usamos expresiones como “limpieza social” para hablar de crímenes contra personas que aprendemos a ignorar. Muchos hombres aprenden a ver a las mujeres como pertenencias a pesar de que probablemente fueron cuidados por madres, tías y profesoras a las que amaron y admiraron en sus infancias. Esta deshumanización es la lógica detrás de una gran variedad de violencias, que van desde lo simbólico hasta lo físico, por eso, el concepto de feminicidio implica que hay todo un contexto que lleva a sujetos sanos y adaptados a pensar que matar a una mujer puede estar justificado.