La experiencia de lectura es siempre un encuentro entre una obra y un lector situado. Las preferencias estéticas, las afinidades ideológicas y las expectativas narrativas condicionan inevitablemente la recepción de un texto. Por ello, conviene señalar desde el inicio que La muerte llega disfrazada de ella misma no fue una novela cuya propuesta lograra cautivarme plenamente. Sin embargo, este hecho no disminuye el valor del esfuerzo creativo que representa ni la importancia de que desde Pereira se continúen construyendo proyectos literarios sólidos y comprometidos con el oficio de la escritura.
Precisamente porque la crítica literaria exige ir más allá de las preferencias personales, resulta necesario valorar la obra a partir de sus propios méritos y de las decisiones narrativas que la configuran.
Antes de entrar en detalles, es importante que sepamos algunos datos sobre el autor y la obra. La novela fue publicada en 2025 por Periscopio Casa Editorial. Su autor es Hernán Mallama Roux, quien tiene varias incursiones en las letras, sobre todo desde la creación poética y la ficción breve. De manera que La muerte llega disfrazada de ellas misma, es su opera prima de este género.
Uno de los principales aciertos de la novela es su premisa central. La historia gira en torno al asesinato de un niño en medio del conflicto armado colombiano, un crimen cuya autoría permanece incierta: guerrilla, paramilitares o ejército aparecen como posibles responsables. La elección de este tema resulta significativa no solo por la profundidad humana que entraña, sino también porque sitúa al lector frente a una de las heridas más complejas de la historia reciente del país. La literatura ha desempeñado un papel fundamental en la construcción de memoria sobre la violencia colombiana, y la novela se inscribe en esa tradición al proponer una reflexión sobre las consecuencias humanas de la guerra y sobre las dificultades para acceder a la verdad.
A ello se suma un lenguaje generalmente sobrio y accesible. Aunque aparecen momentos de elaboración poética, estos no obstaculizan la fluidez de la lectura ni desplazan el desarrollo de la trama principal. Del mismo modo, la representación de Pereira constituye un aspecto destacable: la ciudad aparece retratada tanto en su belleza como en sus tensiones y contradicciones, permitiendo que el lector local reconozca espacios, atmósferas y problemáticas que forman parte de su experiencia cotidiana.
Otro elemento valioso es el diálogo intertextual que la novela establece con autores cercanos a su propio contexto cultural. La presencia de José María Vargas Vila y del poeta pereirano Héctor Escobar evidencia una voluntad de conversación con la tradición literaria nacional y regional. Este gesto resulta especialmente relevante en un campo literario que con frecuencia privilegia referentes extranjeros mientras deja en segundo plano las genealogías intelectuales propias. En este sentido, la novela participa de un esfuerzo cada vez más visible en la literatura colombiana contemporánea por recuperar y actualizar sus propias tradiciones de lectura.
No obstante, algunos aspectos de la construcción narrativa dificultan el pleno desarrollo de las posibilidades que plantea la obra.
El primero de ellos se relaciona con la estructura general del relato. La novela se divide en tres partes y presenta una constante alternancia de voces narrativas. En su inicio aparecen dos narradores homodiegéticos protagonistas, Arturo y Antonella. Sin embargo, esta estrategia se interrumpe en la página 35, cuando la narración pasa a un narrador heterodiegético omnisciente. Más adelante, entre las páginas 56 y 58, emerge nuevamente una voz en primera persona correspondiente a un joven militar que parece aportar información relevante sobre el asesinato del niño. Sin embargo, dicho personaje desaparece posteriormente sin que su presencia tenga una continuidad clara dentro de la obra.
Situaciones similares ocurren en la segunda parte. Allí intervienen al menos tres narradores homodiegéticos distintos: Arturo durante su visita a Héctor Escobar (p. 79), un guerrillero que recuerda haber visto con vida al niño entre unos matorrales (pp. 102-103) y un músico que mantiene una relación con la profesora del menor asesinado (p. 105). En la tercera parte vuelve a predominar el narrador heterodiegético omnisciente junto con la inclusión de una entrevista.
La multiplicidad de voces narrativas podría constituir una estrategia particularmente rica para explorar distintas perspectivas sobre un mismo acontecimiento. Sin embargo, en este caso los cambios de narrador no siempre parecen responder a una necesidad estructural claramente identificable. Dado que la focalización narrativa permanece relativamente estable, el lector puede preguntarse qué función específica cumple cada transición y cuál es el aporte diferencial que cada voz introduce en la comprensión de los hechos.
Algo semejante ocurre con la división de la novela en tres apartados. Aunque toda segmentación supone una apuesta formal legítima, en este caso las razones que justifican dicha organización no resultan evidentes. Los procedimientos narrativos se mantienen relativamente constantes a lo largo de las tres partes y los cambios estructurales no parecen corresponder a transformaciones sustanciales en la perspectiva, el tiempo narrativo o el conflicto principal.
Esta observación conduce a un segundo punto: relacionado con el desarrollo de los personajes, especialmente Antonella. La relación amorosa entre ella y Arturo ocupa una porción considerable de la novela y funciona como uno de sus ejes narrativos. Sin embargo, la conexión entre este vínculo y la investigación sobre el asesinato del niño no siempre resulta suficientemente clara. Más allá de que el encuentro final de ambos personajes contribuya al avance de la trama, la historia sentimental parece desarrollarse en buena medida como una línea narrativa paralela cuya incidencia sobre el conflicto central es limitada.
En el caso de Antonella, la construcción psicológica del personaje deja abiertas varias posibilidades que podrían haberse explorado con mayor profundidad. Aunque se presenta como una periodista comprometida con su trabajo y poco interesada en establecer relaciones afectivas duraderas, buena parte de su caracterización termina articulándose alrededor de sus vínculos con figuras masculinas. Sus decisiones suelen aparecer definidas por la necesidad de evitar o responder contrariando las expectativas de personajes masculinos como su padre o Arturo.
Lo anterior no constituye un problema en sí mismo. La literatura no tiene la obligación de construir personajes ejemplares ni de ajustarse a criterios de corrección política. De hecho, muchas de las grandes obras literarias exploran precisamente las contradicciones, prejuicios y desigualdades presentes en las sociedades que representan. La cuestión radica en el grado de complejidad con que dichas tensiones son desarrolladas.
En este sentido, la búsqueda de la verdad sobre la muerte del niño ofrece una oportunidad especialmente interesante para profundizar en la subjetividad de Antonella. Sin embargo, la novela dedica relativamente poco espacio a explorar sus posiciones frente al conflicto armado, las fuerzas militares, la insurgencia o las implicaciones éticas de su labor periodística. Esta reflexión de Antonella solo se percibe en la obra dos veces: en las páginas 17 y 18 y en las páginas 31 a 33. Conocer más ampliamente sus reflexiones sobre estos asuntos habría permitido comprender mejor sus motivaciones y complejizar su papel dentro de la historia.
La cuestión adquiere especial interés si se considera que la voz propia de Antonella aparece directamente solo en cuatro momentos de la novela. Dado que posteriormente predomina la mediación de un narrador omnisciente, queda abierta la pregunta sobre el propósito específico de haber introducido inicialmente una narración en primera persona. Una mayor diferenciación entre ambas perspectivas podría haber enriquecido la representación del personaje y permitido contrastar la imagen que Antonella tiene de sí misma con aquella que construyen los demás.
Esta percepción se ve reforzada por algunos de los fragmentos intertextuales tomados de Vargas Vila bajo el seudónimo de el anarquista. Por ejemplo, en la página 38 se cita:
“Si el feminismo llegara a triunfar, y las mujeres legislan, con espíritu de justicia, se apresurarían a abolir las leyes que castigan a los adúlteros, porque ellas saben, por propia experiencia, que en casi toda comedia de adulterio el hombre ha sido seducido y que en materias de amor nada hay más débil que un hombre, bajo las apariencias de su fuerza”.
La cita puede leerse como una expresión de determinadas concepciones de género propias de una época específica. Sin embargo, también se apoya en generalizaciones amplias sobre hombres y mujeres que reducen la complejidad de ambos sujetos a características universales.
Algo similar ocurre con el fragmento de la página 55:
“No hay un viaje más bello que el que se hace al fondo de dos pupilas tenebrosas de una mujer, tratando de encontrar en ellas un alma”.
Aunque puede interpretarse como una imagen romántica del misterio humano, la formulación desplaza a la mujer hacia el terreno de lo enigmático y lo inaccesible, antes que presentarla como un sujeto plenamente desarrollado en su complejidad.
Por último, la cita de la página 119 señala:
“En la juventud conquistamos las mujeres; en la edad madura, conquistamos la gloria; en la vejez, no nos queda ya, sino conquistar la muerte; y aún ella se resiste”.
Aquí la noción de conquista reproduce una visión en la que las mujeres aparecen asociadas a la lógica de la posesión y del logro masculino.
Estas observaciones conducen a una pregunta importante: ¿qué función cumplen estos diálogos intertextuales dentro de la novela? La incorporación de otras voces literarias puede servir para respaldar una perspectiva, problematizarla o incluso cuestionarla. Sin embargo, la relación que la novela establece con estos fragmentos no siempre resulta explícita, lo que deja abierto un amplio margen interpretativo para el lector.
En conjunto, La muerte llega disfrazada de ella misma es una novela que aborda un tema de enorme relevancia histórica y humana, y que posee virtudes evidentes en la construcción de su atmósfera, en la representación tanto de entornos rurales como urbanos, así como en su voluntad de dialogar con tradiciones literarias cercanas. Al mismo tiempo, plantea interrogantes sobre algunas de sus decisiones estructurales y sobre el grado de desarrollo otorgado a ciertos personajes, especialmente Antonella. Lejos de disminuir los méritos de la obra, estas observaciones buscan contribuir a una discusión crítica sobre las posibilidades narrativas que la novela abre y sobre aquellas que deja apenas esbozadas para futuras lecturas.