Después del sancocho de río, quizás la escena familiar más común sea el sancocho (o, mejor, los fríjoles) viendo noticias. En esta última escena, no pasa mucho tiempo para que lleguemos a tratarnos unos a otros de «uribestias» y «petrozombies» o de «fachos» y «alcahuetes de narcoterroristas». Que venga el experto en datos y nos estime el número de sancochos y frijoladas que hemos dañado en lo que llevamos de vida republicana por hablar de política a la hora del almuerzo.
Es común que nos digan que el problema es la polarización. Acaso lo sea, pero el diablo está en los detalles. Dependiendo de cómo entendamos la polarización, los problemas y los remedios son muy distintos.
Acaso lo que queremos decir es que el problema de la polarización en política es que unos y otros nos tenemos mucha tirria, nos tratamos como enemigos. Esta es la polarización afectiva: la tendencia a sentir que nuestros contrincantes nos repugnen, a tenerles ojeriza. Si esto es así, saltamos a culpar a los medios, a las redes, a los agitadores. Todos ganan estimulando nuestros bajos impulsos, nos mantienen al borde del asiento y pegados a la pantalla, nos enardecen con caracterizaciones exageradas de los contrincantes y nos enfilan en tribus que se caricaturizan mutuamente.
Este problema es quizás estructural: con el cambio tecnológico, los incentivos de los medios han cambiado, y no hemos logrado adaptarnos. Hasta que no resolvamos la tensión entre los intereses económicos de los medios y el interés público, no lograremos cambiar esos incentivos perversos que nos llevan, acaso inevitablemente, a la hostilidad mutua entre competidores políticos.
Pero también hay otra cosa, que es la polarización de opiniones. En este caso, no necesariamente les tenemos tirria a nuestros opositores, pero sí estamos unos y otros agrupados en diferentes extremos del espectro de la opinión. Unos creen en Dios y otros descreen; unos opinan que la descarbonización de la economía es un suicidio fiscal y otros creen que es un riesgo que hay que correr; unos afirman que la fuente primigenia de la inseguridad es el narcotráfico y otros lo niegan, porque creen que es la injusticia social.
A menudo el remedio para la polarización de opiniones es el modelo de «más información»: eduquemos a nuestros oponentes con cifras, gráficas, chequeos de noticias falsas. Familiaricémoslos con la verdad, con la realidad real, para que salgan de la ficticia de sus fanatismos irracionales. ¿El problema? Este modelo es fácil de poner a prueba en la era de la información, y no ha salido muy bien librado: la gente tiene todo el Internet a la mano, una exuberancia de chequeos de noticias falsas, millones de datos relevantes abiertos, llevan décadas de acceso a toda la buena información, y de todas maneras siguen en lados opuestos del espectro, convencidos de que sus oponentes están equivocados.
Acá puede que estemos trabajando con un mal supuesto: que es la falta de raciocinio e iluminación lo que provoca la división de opiniones, división en la que a unos La Razón les asiste y a otros los abandona. Quizás el problema es que asumamos que el origen del desacuerdo está necesariamente en un error: quizás nuestros contrincantes sí son razonables y la polarización de opiniones funcione diferente de lo que pensamos.
Generalmente, los seres humanos somos razonables al evaluar la información. Sabemos cuándo un comerciante nos está tumbando, juzgamos bien si un conocido nos está mintiendo, detectamos noticias que pueden ser falsas para verificarlas. Ahí la capacidad de raciocinio no nos falla. Cuando se trata de temas controvertidos, puede que nos falle, puede que todos creamos lo que creemos porque estamos llenos de sesgos y porque somos máquinas de producir falacias. Pero no necesariamente: muchas veces, y sobre todo en temas controvertidos, es realmente difícil saber qué opinar y gente diferente puede tener buenas razones para estar lugares opuestos del espectro de la opinión.
La información, cuando es abundante, necesita ser simplificada de alguna manera. Esa simplificación no un problema de rigor o de trampas y, si lleva a opiniones divergentes, más información no va a servir. Dos investigadores pueden compartir los mismos datos de inseguridad y estar en desacuerdo sobre qué hipótesis explica mejor esos datos o sobre qué es prioritario intervenir para solucionar el problema. Darles más datos objetivos y bien documentados no resuelve los desacuerdos, porque el desacuerdo tiene otro origen.
Si es cierto que no necesariamente la mala fe y la falta de raciocinio están detrás de la polarización de opiniones, echarles más datos a los oponentes es como tratar de llenar un balde roto. El problema no es que nos falte agua para llenar el balde, sino que el balde tiene un hueco. En el caso de opiniones polarizadas, compartir información, por verificada que esté, no ayuda porque el desacuerdo está en cómo simplificar la información y qué priorizar.
La solución a la polarización de opiniones quizás nunca vaya a llegar como eliminación de la polarización misma. Más datos pueden no llevar nunca a la confluencia. Pero si dejamos de suponer que nuestros oponentes son idiotas quizás les tengamos menos tirria y podamos entender por qué estamos en desacuerdo. Acaso podamos entender que la polarización de opiniones es parte de la vida republicana y de una buena vez nos atrevamos a apagar el noticiero y disfrutar del almuerzo.