Conversaciones disparatadas

Estamos en el limbo entre la campaña y el inicio del nuevo gobierno, en el que es todavía incierto si la retórica violenta guiará la toma de decisiones.
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Acá va un ejemplo exaltado de retórica violenta. Se trata de las declaraciones recientes de Andrés Rodríguez, concejal de Medellín, autodenominado «El Gury»; de acuerdo con Rodríguez, el GPS de las bombas del ejército debe ser dirigido usando los datos de las elecciones presidenciales:

«Le doy un consejo al próximo presidente de este país y también en la misma vía le doy un consejo al alcalde de esta ciudad y al gobernador. Si ya sabemos exactamente en qué mesas de votación hubo irregularidades en donde porcentajes superiores al 80 % fueron votos dirigidos a Iván Cepeda, pues entonces los próximos ataques, bombardeos y demás tienen que ser dirigidos hacia esas zonas. Porque en esas zonas están los bandidos de este país».

En su cuenta de X, Rodríguez enmarca la recomendación en una “fórmula mágica: PL+GL plomo y glifosato”. Estamos en el limbo entre la campaña y el inicio del nuevo gobierno, en el que es todavía incierto si la retórica violenta guiará la toma de decisiones. Pero, por todo lo que se sabe, el presidente entrante es receptivo a escuchar esas recomendaciones en serio, y más cuando contribuyen a la política del espectáculo.

Denominemos «gurystas» a los adeptos a esa retórica y «gurysmo» al conjunto de opiniones de la mayoría de gurystas. En la burbuja en la que vivo, con buenas razones, todos pensamos que la postura gurysta es ofensiva, reprochable y peligrosa. Los congresistas Gabriel Becerra y Alex Florez anunciaron que presentaron denuncias judiciales contra Rodríguez. Con todo y eso, me parece que queda abierta la pregunta: ¿cómo persuadir a los gurystas corrientes de que están equivocados?

Del hecho de que las declaraciones de Rodríguez sean ofensivas, reprochables y peligrosas, hay un trecho grande para llegar a la conclusión de que los gurystas corrientes no son persuasibles. Para saber si lo son, tendríamos que meternos en el negocio de cambiar las opiniones de los gurystas tratando de hacer una conexión difícil entre dos cosas: de un lado lo que nosotros pensamos y sentimos, y del otro lado las opiniones y emociones de las contrapartes. Tendríamos que arriesgarnos a tener conversaciones disparatadas.

El emprendimiento de la persuasión es difícil por dos cosas. Primero, porque tiene que distinguirse del negocio de la manipulación: uno no puede andar consiguiendo adeptos a punta de noticias falsas. Segundo, porque tiene que partir de la franqueza: uno no debería tampoco ganar adeptos fingiendo que todo lo que piensa y siente el contrincante «es válido», tratando de amansarlo sin controvertirlo, y más cuando se trata de retórica violenta. Y como es un negocio difícil—y mucha gente anda metida en sus burbujas—, entonces el emprendedor corre el riesgo de que el mensaje persuasivo lo sea solo para quien ya está persuadido, cosa que refuerza la capa protectora de la propia burbuja.

En la persuasión, uno necesita dejar de pensar que la contraparte hace parte de un «ellos», de un grupo contrincante, y necesita imaginarlo como parte de un «nosotros». Esa conexión no existe, hay que imaginarla poco a poco y, al imaginarla, hacerla real.

Sugiero que empecemos por los casos más difíciles, como los de los gurystas corrientes: sugiero empezar teniendo conversaciones disparatadas con personas que son tan radicalmente distintas a nosotros que nos cuesta imaginarlas como partes de nuestras propias toldas. Sugiero buscar conversaciones disparatadas, no buscar peleas de insultos ni jugar en los foros del Internet a afilar los devaneos de perspicacia irónica. Sugiero conversaciones que nos lleven al borde de lo que consideramos razonable para saber cómo ampliarlo.

Mucha gente es incapaz de imaginar que alguien con opiniones gurystas pueda ser parte de su «nosotros». A veces esa incapacidad la causa el vicio retórico de los otros, que no quieren integrarse, que pescan en río revuelto, que quieren inventarnos como algo menos que humanos («cáncer», «ratas», «plagas»), a quienes hay que enfrentar con la fuerza más que con la retórica. Quizás ese sea el caso del mismo Rodríguez y de algunos gurystas cuyo cerebro funciona con la lógica de los algoritmos. Pero es probable que no todos los gurystas corrientes sean como Rodríguez. Con algo de la disciplina retórica necesaria para sostener conversaciones disparatadas durante un tiempo, conjeturo que podríamos descubrir algo capaz de activar la imaginación. Al imaginar una conexión inexistente, podríamos hacerla real y abrir las toldas.

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    Pereira, 1987. Filósofo. Le interesa cómo decidimos bien y sabemos cosas bajo el supuesto de que somos frágiles y falibles. Investiga y escribe sobre cómo pensamos y decidimos cuando tenemos afán y cuando nos falta formación o información.

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