Había escrito esta columna para Barequeo.com antes del terremoto. Quería contarles, con curiosidad, que descubrí hace poco la existencia del Día Internacional de la Esperanza, declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2025 y previsto para celebrarse cada 12 de julio.
Ahora ese texto toma otra forma pues, con ocasión del sacudón de hace una semana, ya no puedo escribir sobre la esperanza en abstracto, sino sobre la necesidad concreta de sostener la vida cuando aquello que parecía estable cambia de manera abrupta. Después de una tragedia como la vivida, con familias que perdieron seres queridos, pertenencias, proyectos y certezas, hablar de esperanza exige reconocer, en primer lugar, la dignidad del duelo y la conciencia de que algunas pérdidas acompañarán para siempre a quienes las sufrieron. A todas las personas afectadas, mi respeto.
La resolución de las Naciones Unidas presenta la esperanza como una fuerza capaz de contribuir a la paz, el bienestar, la tolerancia, la estabilidad social y el desarrollo sostenible, y alienta a los Estados, las organizaciones internacionales, la sociedad civil y las personas a promoverla mediante la educación, la solidaridad, el servicio, la compasión y la acción comunitaria. Ese enfoque convierte la esperanza en una responsabilidad compartida y le otorga una dimensión pública que trasciende la disposición individual de confiar en que el futuro será mejor.
El terremoto, desafortunadamente, nos ha mostrado con claridad ese enfoque. La esperanza se representa en la labor de quienes buscan entre los escombros, en los equipos de salud que atienden a los afectados, en las personas que ofrecen alimento, techo o compañía, en quienes recorren kilómetros para llevar ayuda y en las comunidades que se han organizado para reconstruir aquello destruido en segundos. También debería, lamento decir que acá me asalta el pesimismo, expresarse en un Estado, como suma de funcionarios e instituciones, capaz de responder durante la emergencia y de permanecer cuando la atención pública disminuya, porque la reconstrucción de las viviendas, escuelas, carreteras y negocios puede tardar mucho más que la conmoción inicial causada por la tragedia.
El Estado podría ofrecernos razones para la esperanza si convierte la solidaridad de estos primeros días en soluciones duraderas, garantiza la atención médica y el acompañamiento a las personas que lo requieren, reconstruye infraestructura, prioriza la educación de los niños y niñas, protege los medios de subsistencia y permite que quienes la están pasando mal puedan imaginar nuevamente proyectos de vida dignos. También podríamos, como sociedad, dar razones para la esperanza si comprendemos que acompañar significa permanecer, reconociendo que el duelo tiene sus propios tiempos y que la compasión inmediata se puede transformar en vínculos capaces de resistir el paso de las semanas y los meses.
Pensaba en todo esto mientras recordaba el libro “La promesa de la felicidad”, de Sara Ahmed, en el que ella examina críticamente la manera en que la felicidad se ha convertido en una aspiración que organiza nuestras vidas y orienta nuestros deseos. Buena parte de la cultura contemporánea, amplificada por el mercado, presenta la felicidad como una recompensa disponible para quien consume adecuadamente, alcanza determinados estándares de éxito, construye cierto modelo de familia, mantiene una apariencia deseable o consigue las experiencias que supuestamente completan una vida plena. La felicidad termina pareciéndose a un producto prometido de manera permanente, aunque la experiencia humana sea mucho más compleja, incierta y frágil.
La vida real incluye alegría y dolor, encuentros y despedidas, logros y frustraciones, y ninguna trayectoria personal puede garantizar una felicidad continua. Una mañana puede comenzar como tantas otras y pocos segundos pueden alterar radicalmente la existencia de una familia o de una comunidad entera, como ocurrió. Esa fragilidad revela los límites de cualquier promesa de felicidad asegurada y permite comprender por qué la esperanza es tan importante, pues nace precisamente del reconocimiento de la incertidumbre y conserva abierta la posibilidad de actuar cuando el futuro todavía carece de respuestas.
Allí encuentro la diferencia fundamental entre la felicidad prometida por el mercado, el Estado, la estética o las redes sociales, y la esperanza que nos sostiene. La primera es la ilusión de que existe una fórmula capaz de garantizar nuestro bienestar, mientras la segunda acepta que la vida puede doler, que existen pérdidas irreparables y que el futuro siempre conserva una parte desconocida. La esperanza nos permite sobrellevar esa incertidumbre y seguir imaginando posibilidades, incluso cuando el presente ofrece razones suficientes para sentir tristeza, miedo o desconcierto.
Tal vez por eso sea importante, luego del 10 de agosto, conmemorar la esperanza para recordar que las personas necesitamos razones para confiar en el futuro y que esas razones también se construyen cuando somos capaces de cuidar a otros en momentos de vulnerabilidad. La esperanza ahora adoptará la forma de una casa reconstruida, una escuela que vuelve a abrir, una familia acompañada en el duelo, un empleo recuperado o una comunidad que se alienta hasta levantarse.
Hace una semana, la tierra nos recordó dolorosamente la fragilidad de aquello que damos por seguro y nos enfrentó colectivamente con la dimensión incierta de la vida. En días así comprendemos que la felicidad nunca estuvo garantizada y que precisamente por eso necesitamos esperanza, porque ella permite mirar de frente el dolor, acompañar a quienes lo necesitan y mantener abierta la posibilidad de construir sueños. La esperanza nos sostiene porque, aun en medio de la pérdida, conserva vivo el futuro.
Posdata 1: Es admirable la resiliencia de mis tías, amigas, amigos y primos, así como la de cada persona afectada por el terremoto. Aún entre tantas preguntas, siempre hay un lugar para la esperanza.
Posdata 2: Aunque la esperanza no pertenece al pasado, sino al terreno de lo que todavía está por construirse, cobra especial importancia cuando las circunstancias ofrecen pocas razones para confiar. Conmemorarla podría ser una invitación a detenernos, recordar y otorgar sentido a aquello que merece ser preservado, como ocurre con cada recuerdo de personas y lugares cuyas historias cambiaron hace una semana. Por eso, cada 10 de agosto debería conmemorarse el día de la esperanza y la resiliencia.