Prometieron acabar con la paz y hemos tenido muy pocos días de regocijo desde la posesión del susodicho, por no decir que ninguno. Extraña palabra esa posesión. En Colombia los presidentes se posesionan del cargo, es decir se embriagan de poder y de soberbia; aquí no decimos asunción, como en Argentina y Chile, y mucho menos unción, como en las monarquías. No hablamos de la “transmisión de mando”, sino de algo que ‘posee’ –como un espíritu o como un propietario– a la persona. Dijeron que íbamos a incendiar el país, pero al país llevan doscientos años incendiándolo ellos: dando bala, bombardeando niños –esos otros que tampoco caben en el concepto de ‘niñez’–, caminando por encima de los muertos. Haciendo chistes flojos entre los damnificados del Chocó, yendo a repartir balones en Buenaventura, en plena crisis social y económica. El país se incendia, de verdad. Arden las montañas del Tolima, del Cauca y de Nariño. El volcán Puracé entra en alerta naranja, llueven cenizas. La tierra se movió duro el 10 de agosto, como diciendo: aquí estoy, ¿querían caos, minería, fracking a lo que dé? Pues tenga, señor presidente, rey de burlas.
Cada cosa que hace el presidente es peor que el anterior: Bloomberg nos baja la calificación de riesgo; aumenta el presupuesto nacional, pero desfinancian la educación, la salud, la cultura, la ciencia y el medioambiente. Los ministros no dan pie con bola. El primer tiempo empieza con salidas en falso, reculan en sus decisiones. Parece que no hay unidad de mando. Los movimientos son torpes, paquidérmicos. Censuran programas de radio. El presidente da la orden de no responder preguntas a su gabinete: solo pueden dar declaraciones a los medios en sus ruedas de prensa. El sistema de atención y prevención de desastres funciona mal: son voluntarios quienes pelean contra el fuego en Planadas y quienes ayudan a atender la emergencia en Cali o en Pereira. La asistencia del gobierno se hace esperar y es difusa. La naturaleza pone a prueba las escasas habilidades de líder de Espriella, el presidente de Temu. Ese que no ha administrado ni una tienda de dulces y que acumulaba cuantiosas pérdidas en sus bufetes de abogado y sus empresas fachada de ron, zapatos y cuanta corronchería se imaginen.
Esta semana vi la imagen de Abelardo caminando entre los muertos del reciente bombardeo en el Guaviare. Veintitantos seres humanos, entre ellos dos menores de edad. Están envueltos en sacos blancos, como bultos de arena. El presidente se mueve entre ellos con indiferencia, con absoluta frialdad, como un número más en sus estadísticas del éxito. La imagen es calculada y escabrosa, de un nivel de deshumanización tan banal que aterra. Busca infundir miedo pero también envía un mensaje brutal de indolencia e indiferencia. Podrían ser bolsas de basura, pero en ellas hay jóvenes con historias, con familias y con sueños. El presidente habla de su arremetida contra el terrorismo, anuncia más operaciones con nombres bíblicos como “Amón” o “Azarías”, pues su guerra es la guerra santa, la del bien contra el mal, la del mesías anhelado que nos devolverá la seguridad y la tranquilidad convirtiendo de nuevo al país en un gran campo de concentración con fosas comunes.
El presidente se burla de la justicia en la cara, pero se supone que el dictador era otro. Un juez le ordena pedir disculpas por los ritos confesionales en el acto administrativo de su posesión, que violan la libertad religiosa y de cultos; y el muy tinterillo se jacta de que en Colombia las personas somos libres de profesar cualquier religión o de no profesar ninguna, como lo establece la constitución; y termina su discurso con el mismo “Viva Cristo Rey” con el que los chulavitas remataban sus masacres contra los liberales. Con el que cerraban sus discursos los fachos de La Falange española. Vamos directo al desbarrancadero. El país entra en crisis justo al comienzo del que promete ser el gobierno más inepto de la historia, y ojalá me equivoque. Abelardo, que quería ser presidente por vanidad, por ambición, por orgullo; está teniendo que aprender a fuerza de golpes lo que implica un poder que es mucho superior que sus virtudes. Justo el jefe de estado más arrogante, el más soberbio, el de menos claridad tiene que enfrentar un desastre de las magnitudes del que estamos viviendo. Con una economía fracturada, un proceso de reconstrucción al que parecen no darle ninguna importancia y los funcionarios más nepotistas y más desconectados de la realidad de Colombia. No esperaba nada del tigre, y aún así me decepciona. Tenemos de presidente a un mequetrefe, a un muñeco de pacotilla. Yo creía que el gobierno de Espriella iba a ser malo, pero creo que todavía puede ser aún peor.
¡Qué viva Cristo! ¡Abajo el mal gobierno!