
Una semana después del terremoto pude hacer una pausa en mi trabajo y viajar a Manizales desde una lejana ciudad en la que apenas se sintió. Desde la distancia supe de la tragedia por una llamada de mi hermana. Entre lágrimas me decía que estaba bien, pero que no lograba comunicarse con mis papás.
Intenté llamarlos mientras revisaba publicaciones en las redes para entender mejor qué había pasado. Lo primero que apareció ante mis ojos en Twitter fue la ahora famosa imagen de la Catedral con la torre inclinada. Todavía no logro recuperarme de la angustia vivida durante aquellos eternos minutos en los que no pude comunicarme con mis papás y en los que el escenario más fatídico no dejaba de aparecer en mi cabeza, alimentado por las imágenes que veía en las redes.
Más tarde pude confirmar con mi hermana que todos estaban bien. Ella me contó entonces el drama que había vivido liderando la evacuación del colegio donde trabaja. Los niños salieron hacia un patio cubierto, donde todos esperaban una lluvia de tejas que, por suerte, nunca llegó.
En los días posteriores no pude evitar sentir la culpa del manizaleño en la diáspora, esa misma que sentí en octubre de 2011, cuando la ciudad se quedó sin agua durante 17 días por un serio daño en un tubo principal. Estando lejos tampoco supe entonces lo que fue hacer filas interminables frente a un carrotanque ni vivir los demás dramas del racionamiento. Me dolía, una vez más, no compartir la misma suerte de mi gente por estar lejos.
La misma desazón me acompañó mientras respondía a las decenas de amigos que he hecho por el mundo y que me escribieron para preguntar por mi familia. Su preocupación y solidaridad todavía me conmueven cuando evoco aquel gesto de genuino interés.
Así que, con todo esto encima, apenas pude emprendí un viaje de dos días en moto para dar abrazos y estar con los míos durante unos días. Até un lazo con la bandera de Colombia a mi moto, del mismo modo que había visto en las redes que lo hacían los camiones que transportaban ayuda humanitaria. Yo también me sentía en misión.
Lo que encontré fue una ciudad agrietada, en la que la sonrisa lúgubre de quienes sienten que la vida les ha dado una nueva oportunidad revela que los manizaleños se saben supervivientes. Pasada la ola solidaria de los primeros días, la sensación de temor y el estado de alerta en las calles es similar a la de los días posteriores al confinamiento por la pandemia.
Recorriendo la avenida Santander pude cruzarme con varios conocidos y amigos que, después de mostrarse contentos por verme de nuevo en la ciudad, pudieron contarme cómo vivieron el terremoto. Dos semanas después, no se habla de otra cosa. Tengo que reconocer que, una vez más, me sentí ajeno a sus dramas y me quedé corto en mis expresiones de afecto y apoyo. Ofrecí algunas respuestas que ahora me suenan torpes y vacías frente a la contundencia de los hechos.
En mis salidas pude ver que, aunque muchas fachadas todavía parecen relativamente firmes, del interior de muchos lugares siguen sacando costales llenos de todo tipo de escombros. En Manizales, como es costumbre y rasgo cultural, las tragedias se viven de puertas para dentro.
Ahora que estoy de vuelta en Yopal, la ciudad que me acoge, quienes saben que soy de Manizales se me acercan para preguntarme cómo me fue. Yo no puedo más que decirles que encontré una ciudad con grietas estructurales, pero, sobre todo, una ciudad con grietas en el alma.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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