Cicatrices

Cuando tenemos una cicatriz, nuestro primer impulso es esconderla, cubrirla con maquillaje, con un tatuaje o buscar en un quirófano la promesa de borrarla, de devolver la piel a como era antes, como si la herida nunca hubiera existido. Queremos que desaparezca.
Compartir publicación en
Cicatrices

I. Kintsugi

El niño, con los pies descalzos, perseguía a su perro. Cruzó como una saeta a un costado de la mesa donde sus padres tomaban el té. La taza del padre tambaleó durante algunos segundos movida por la energía telúrica del niño y cayó al piso con estrépito. La infusión verde tiñó el mantel y el vestido de flores de la madre. El padre se levantó y se interpuso en la carrera del niño, que venía de nuevo hacia la mesa, sin haberse dado cuenta de nada. Cuando el pequeño vio los pedazos de la taza en el suelo y a su padre erguido frente a él, se encogió tras una silla y se aferró al perro que se había detenido a su lado. El padre le acarició el cabello y empezó a recoger las piezas con cuidado. No quería que su hijo se hiriera los pies.

En la noche, el hombre limpió las piezas con cuidado, como se cuidan los recuerdos que no deben corromperse. Luego juntó los pedazos siguiendo las líneas del dibujo pintado sobre la cerámica blanca: una grulla volando hacia el monte Fuji. Algunos bordes ya no coincidían bien. Pequeños pedazos se habían perdido o habían quedado inservibles. Varias generaciones habían bebido té en esa taza. Ahora estaba rota. Ya no podría acompañar las conversaciones. Ya no podría reposar sobre la mesa mientras el sol trataba de abrazar la luna al filo del atardecer.

El hombre soltó una lágrima. No había regañado a su hijo. Era más importante protegerlo que corregirlo. Al día siguiente encontraría el momento oportuno para enseñarle. Educar también es proteger. Para hacerlo tenía que trabajar toda la noche. Abrió un cajón que dejó escapar un olor a resina vieja y sacó una lija, para pulir los bordes quebrados de la taza, un pincel para untar sobre ellos una laca dorada y una espátula de madera para esparcirla sobre las grietas. Al amanecer, el niño encontró a su padre dormido, con la cabeza apoyada sobre los brazos. Lo acarició con sus manos pequeñas. La taza estaba frente a él, surcada por cicatrices doradas, entera, útil de nuevo, viva.

Una cicatriz significa vida. Para que una herida en la piel cierre se necesita que el tejido palpite, duela, sienta, que esté vivo: que los vasos sanguíneos se ocluyan para detener el sangrado, que las células limpien y detengan la infección, que crezca tejido nuevo para cerrar la grieta y que luego el tiempo y el cuidado adecuado lo fortalezcan.

Sin embargo, cuando tenemos una cicatriz, nuestro primer impulso es esconderla, cubrirla con maquillaje, con un tatuaje o buscar en un quirófano la promesa de borrarla, de devolver la piel a como era antes, como si la herida nunca hubiera existido. Queremos que desaparezca. Esto puede ser válido. Hasta necesario. Pero, aunque logremos dejar de verla, aunque consigamos no sentirla, aun así, deberíamos dejarla hablar.

Una cicatriz nos enseña a abrazar las imperfecciones, porque son marcas de las pruebas que se han superado. En las cicatrices podemos apreciar la belleza en los objetos rotos, pues son testigos de las luchas. Esas líneas que cruzan la piel sana son muestra de lo hermoso en lo asimétrico, en lo rudo, en lo simple. Nos conducen a la paz de lo austero, lo modesto, lo íntimo.

Las cicatrices simbolizan la capacidad de recuperarnos, de hacernos más fuertes y de evitar el desecho innecesario. Son recordatorios permanentes de la fugacidad. De nuestra temporalidad. Pero, también, son evidencias de nuestra unicidad, esa identidad que nos conduce a una melancolía serena, casi espiritual, donde se acepta que nada dura, no es perfecto ni está terminado.

II. Temor y temblor

El terremoto del 10 de agosto llenó nuestras ciudades de heridas. Los edificios y las casas exhiben lo que guardan, lo que protegen, a través de las grietas en sus fachadas. Vemos las habitaciones al desnudo. Los espacios donde nos recogemos para comer, descansar, hablar, trabajar o dormir. Lugares donde nos refugiamos para vivir nuestra intimidad. Hoy, esos recintos están a la vista de todos y muestran el dolor, el miedo, la soledad, la tristeza. Hasta la muerte. Pero también nos enseñan que todos somos iguales, que todos sentimos lo mismo y tememos a las mismas cosas, que nuestra risa y nuestro llanto son ecos de razones nacidas en un pasado común.

Como con cualquier herida, podríamos querer tapar las fisuras de prisa, reconstruir rápido, fingir que no pasó nada. Muchos querían regresar a trabajar de inmediato, como si no hubiera pasado nada, como si la electricidad siguiera ahí, como si la gente no estuviera reunida en los puntos de encuentro de los planes de evacuación, como si las fracturas en las paredes, el polvo del aire y los ladrillos en la calle siempre hubieran estado ahí. Muchos querían hacer cuenta de que no había pasado nada, de que las sirenas no estaban sonando por toda la ciudad, de que la tierra no se había sacudido como queriendo deshacerse de nosotros, de que la muerte no nos había enrostrado nuestra soberbia. Al fin y al cabo, nadie quiere vivir de forma permanente dentro del recuerdo de un desastre.

Las grietas que nos dejó este terremoto van a sanar porque somos una sociedad fuerte, que enfrenta, no que esconde. Y esa pujanza, en gran parte, se soporta en nuestras cicatrices, en las heridas que ya han sanado.

Los colombianos tenemos un tejido social recio, que responde con grandeza ante la adversidad: con solidaridad, con empatía, con desinterés. Por eso hemos visto a muchos jóvenes que ayudan en la recolección de escombros o que están presentes en los centros de acopio para descargar camiones y clasificar las ayudas que llegan desde todas partes del país. Gente que se acerca a donar ropa, cobijas, comida, utensilios de aseo. Colectas de dinero para solventar en algo las dificultades de familiares y compañeros de trabajo. Grupos que piensan en el sufrimiento de las mascotas. Espacios abiertos para que los negocios afectados sigan funcionando y sus empleados sigan laborando. Porque, en el fondo, todo eso es una forma de decirnos que seguimos aquí. Y nada de eso se ve en una fachada repintada.

Qué bueno fuera que, en los tiempos de calma, esa reciedumbre se mantuviera para ayudarnos a resistir ante los que quieren que nuestras heridas viejas no cierren y las avivan con la sal del odio. Y si bien, aún en estos tiempos aciagos, hay algunos que aprovechan para robar el dinero y las ayudas para los damnificados, la gente buena es mayoría y nuestra urdimbre es resistente. Volveremos a trenzar nuestras ciudades para seguir adelante. Y vamos a necesitar esa urdimbre porque, casi siempre, cicatrizar heridas toma mucho tiempo.

Y aunque los ladrillos, el cemento y la pintura cubran las heridas de las ciudades y volvamos a sentirnos seguros en los colegios, las casas y las oficinas, las cicatrices seguirán ahí, debajo. Y serán como líneas doradas que llevaremos con orgullo, con nostalgia y, sobre todo, con respeto para los que ya no pueden acompañarnos, porque sus heridas ya no pueden sanar. Y eso no lo arregla ninguna metáfora.

Debemos prepararnos para nuevas heridas. Que llegarán. Y debemos hacerlo como individuos, pero sobre todo como familia y sociedad. Pues la próxima vez algunos ya no estaremos para unir los bordes de la taza y beber de ella, adornada por sus cicatrices doradas. Y nuestra tierra volverá a estar completa, distinta, pero entera. Reparada con amor y con paciencia. Porque cicatrizar no se trata de disimular que algo se rompió, sino de lo contrario: de que la ruptura, una vez reparada, se vuelva parte de nuestra historia.


 ¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.


Cicatrices

El terremoto del 10 de agosto de 2026 marca la historia de nuestro territorio. Narrarlo ayuda a construir memoria y a reparar nuestras grietas emocionales. Si quieres escribir qué piensas o sientes y publicarlo en Barequeo, envía lo siguiente a barequeo@barequeo.com

  • El texto y/o las fotos que quieres publicar. Escribe el título con el que quieres que aparezca.
  • Adjunta tu foto, una breve biografía (2 o 3 líneas) y tus redes sociales, si tienes.
  • No publicamos textos anónimos ni denuncias o acusaciones que no podamos verificar.
  • Cualquier persona puede participar.
Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.
  • Cicatrices

    Médico anestesiólogo con formación en neuroanestesia. Su acercamiento a la escritura surge desde la observación clínica y la reflexión sobre la conciencia, el cuerpo y sus límites. Apasionado por el universo que habita en el cerebro, explora en sus textos las fronteras entre lo biológico y lo simbólico.

Publicaciones relacionadas

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki.

En Barequeo nos interesa el periodismo artesanal, hecho a mano, con tiempo para escribirlo y tiempo para leerlo. Buscamos historias y enfoques como quien busca pepitas de oro.

Somos un grupo de periodistas que, desde Manizales, Colombia, generamos un medio de comunicación para fortalecer la deliberación pública desde nuestro territorio.

Creemos en la veracidad, la argumentación, el disenso y el valor de la escritura para la construcción de memoria histórica.

Correo: barequeo@barequeo.com

Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki

Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas y Camilo Vallejo Giraldo.