«Los tiburones de Van Gogh», un cuento de Liliana Moreno Martínez

En 2023 Liliana Moreno Martínez ganó la beca para publicación de obra inédita de MinCultura. Como resultado, Sílaba editó "La jaula dentro del pájaro", una obra que incluye 20 cuentos. Hoy publicamos uno de ellos.
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La memoria es un plato vacío con la piel llena de marcas de cuchillos.
Ronny Someck

1

Amanda trincha el pavo y lo deja en la tabla de cortar con la pechuga hacia abajo y las patas apuntando hacia ella. Hunde el cuchillo por el costado de uno de los muslos.

—¡No te muevas, maldito pavo! —dice entre dientes—. Debí deshuesarte… ¡Maldición!

Se acaba la música, suena el silbato de la tetera y el teléfono al unísono. Nadie se mueve. Ella sigue concentrada en la lucha con el pavo: los huesos traquean al ser aserrados por el cuchillo que atraviesa la coyuntura de una de las piernas al separarla de la caja torácica. Gerardo aguarda con los cubiertos empuñados sin quitar la mirada de la hoja que se desliza por la jugosa carne. Amanda acomoda una presa más en la bandeja ovalada. El puré de manzana espera tapado por una fina película plástica, junto a la ensalada fresca. Las papas horneadas aún despiden columnas de humo.

—Tenemos que hablar —afirma Humberto medio ahogado por un ataque repentino de tos—. No le podemos dar más largas al asunto.

Gerardo lanza los cubiertos sobre el plato vacío, se arranca la servilleta del cuello, corre la silla hacia atrás con brusquedad y se levanta de la mesa. Amanda reacciona.

—¡No te atrevas! — dice sin mirarlo, con ese tono lento y firme, cargado de una impaciencia maternal cultivada por años, luego descarga con fuerza el cuchillo y lo clava en el centro de la tabla—. ¡Ni se te ocurra!

Una larga baba grasienta con hierbas y restos de piel baja por el filo desde el mango hasta la punta. Sin decir una sola palabra, Gerardo deshace los movimientos como rebobinando una película. Sirve vino blanco hasta rebosar la copa y lo bebe de un solo envión. Seca sus labios con el dorso de la mano, mira con asco el relleno del pavo que Amanda extrae con el cucharón del fondo del plato. Sonia trata de aliviar la situación: pregunta por el postre mientras apaga la estufa, cambia la música por algo más alegre, luego sirve sendas porciones de papa y puré en todos los platos. Amanda termina de despresar el ave y acomoda en cada uno un trozo de carne. Humberto busca en la chaqueta que está en el espaldar de su silla y saca un sobre blanco del bolsillo interior.

—Mira —dice Humberto sin titubeos alargando el brazo—. Acá está el pasaje y algo más de dinero —deja el sobre en el centro de la mesa.

—No es tan malo vivir en otro país—opina Amanda—. Si uno se empeña consigue trabajo rapidito.

Sonia revuelve con el tenedor unas semillas huérfanas de manzana que se hunden en un lago de caldo que crece en el centro del plato.

—Es cierto —continúa Humberto—. No está demás que hagas nuevos amigos y una familia…

—¡No me interesa otro país! —grita y comienza a gruñir con desespero—. Además…

—¡Cállate ya! —interrumpe Amanda, sacudiendo la mesa con platos, cubiertos, copas y comida, algunas cosas se rompen y otras se caen—. ¡No más, Gerardo, esto se acabó!

—No te molestes en comprar el tiquete de regreso —añade Humberto sin mirarlo—. Es mejor que no vuelvas.

—¿Sabes los sacrificios que hicimos para comprarlo? Toda la familia hizo una colecta, hasta tu tía vendió el televisor. Es más —dice sin pausa—, en tu armario están listas las maletas.

—Ya está arreglado. ¡Mañana mismo te vas! —concluye Humberto.

Amanda respira y agarra una presa con la mano. Arranca la carne de un gran mordisco. Humberto exprime un limón sobre la ensalada. Sonia tiene la mirada perdida entre los gránulos de sal caídos en el mantel y los acompañamientos. Gerardo mira desafiante a sus padres, luego a su hermana, mientras camina hacia la escalera y sin pronunciar una sola palabra se baja el pantalón. El volumen de la música se escucha hasta en la casa del frente.

2

Tuve la fortuna de dedicarme de manera exclusiva durante un par de semanas al buceo. Las primeras prácticas no tuvieron problemas. Allá abajo se ven cosas maravillosas: cardúmenes atravesando cortinas de medusas, pulpos, rayas y, si tienes suerte, tiburones. Es única la sensación de paz en las profundidades del mar. Un par de días antes de terminar el curso, bajé para ver tiburones de dos o tres metros. Sentí el cambio repentino de la temperatura y la presión.

Me asusté y le indiqué al guía que no podía continuar, pero no me vio pese al esfuerzo. Me había alejado mucho del grupo. Salí como pude y en muy poco tiempo. Una vez fuera del agua los dolores me tenían al límite: los oídos me zumbaban y sentía que los ojos estaban a punto de estallar. El vértigo era horrible. Vomité. Cuando pude estabilizarme, me quité la máscara, el snorkel, los guantes y entregué el tanque de oxígeno y las aletas. Pedí ayuda y pude regresar a tierra firme. Un bote con otro grupo de personas me llevó al muelle. Me dejaron en la entrada: casi no logro quitarme el traje. Me vestí y poco a poco fui perdiendo el oído y la vista.

De repente pude ver luces parpadear como moscas. No lograba diferenciar nada: no lograba ver el suelo, los carros o las personas que pasaban. Solo veía colores difuminados en un fondo de niebla espesa y escuchaba voces distorsionadas, como cuando tú y yo jugábamos a hablar debajo del agua. Me sentí horrible. ¿Imaginas perder dos sentidos al tiempo?

Pasaron horas, tal vez dos o tres, percibí el paso del tiempo por el cambio de la luz y la temperatura. Fue un atardecer tibio y tranquilo. Sentí un poco de frío, cada vez más solo. Me fui llenando de angustia. En este país todo el mundo se desentiende, cada quien hace su vida sin molestar al del lado. Ninguno se acercó a preguntarme, por qué lloraba o maldecía. Sentí que moría. Me acurruqué en forma fetal y toda la película de mi vida se proyectó en mi cabeza.

Entré en una suerte de sueño o alucinación. Mis ojos eran las piernas del ave a los que mamá clavaba el cuchillo –primero en uno, luego en el otro- para sacarlos, separarlos de mis órbitas, servirlos con puré y ensalada. Luego los lanzaba lejos y caían en un caldo tibio, grasoso y turbio, hundiéndose lentamente hasta tocar fondo. Era una suerte de mar donde remaban peces de plástico, una cloaca cada vez más densa. Una rata flotaba con la panza inflada, a la deriva. El relleno del pavo salía de mi boca del mismo modo que mamá lo sacaba en la cena de navidad con el cucharón. Yo era un plato hondo, desportillado, untado de salsa. Cuando quedé vacío, salieron otro par de ojos mirándome con lástima y fastidio. Los ojos, aunque ladraban, me decían clarito: no sea tan malparido, le voy a patear los testículos a ver si le gusta. Eran los ojos de un perro metidos dentro de los ojos de un pez. Cientos de olorosos panes alargados nadaban desde el fondo hacia la superficie.

Esa noche juré volver, no solo al hotel, sino a mi país, a mi casa. Volver a mis raíces, curar y limpiar las cagadas. Cuando desperté alguien me lamía la cara.

Era un perro y no lo podía ver bien. Comencé a acariciarlo, lo abracé, supe que era grande, lanudo y le faltaba una oreja. Lo bauticé Van Gogh. Se sentó encima de mis piernas, batió la cola, olía a pan caliente. Estaba tan perdido como yo. ¡Me emocioné tanto! Imaginé que me miraba con los ojos brillantes: aliviados, felices, suplicantes.

¿Sabes, Sonia? Hacía mucho tiempo no me sentía tan tranquilo. Estaba asistiendo acompañado a una especie de segundo nacimiento. Ese perro me devolvió la vida. Entonces, me puse de pie y comenzamos a caminar. Yo lo seguía, sabía dónde debía pisar, qué debía hacer y qué no, y si me despistaba, me ladraba y yo iba tras él, hasta que me condujo a la puerta del hotel.

En la entrada me desmayé y cuando desperté estaba en la cama de un hospital con el perro al lado, lo pude ver. El médico me dijo que había estado conmigo desde que me internaron, luego me diagnosticó desprendimiento de retina. No te preocupes, la operación salió bien y puedo ver. Por eso, hermana mía, regreso a fin de año. Ya compré los pasajes. Iré con mi fiel compañero para que lo conozcan. Tengo muchas ganas de verlos y abrazarlos.

3

En la entrada de la casa espera Gerardo con un ramo de flores, unos chocolates y una botella de champaña. Al sonar el timbre Amanda se asoma por la ventana de la sala.

—¡Es Gerardo! —exclama Amanda con emoción e insiste—. ¿Quién abre?

—No hay como llegar temprano —dice Humberto.

—¿Ustedes sabían? —dice Sonia bastante confundida—. ¿Sabían que él vendría?

—Algo así, hija —responde señalándole la puerta—. Abre pronto que afuera hace frío.

Gerardo saluda emocionado. Sus padres lo abrazan. Sonia, se les une confundida. El perro los rodea, ladra y bate la cola. Amanda le da un beso en la frente y Humberto le palmotea la espalda, como lo hacían cuando estaban de buen humor. Gerardo deja una bolsa con regalos sobre la mesa de la entrada, va a la cocina. Trae copas, destapa la botella. Sirve mientras mira con alegría a sus padres y a su hermana. Parece la familia perfecta que nunca fueron. Eufórico, les habla del vuelo, la comida en el avión, el buen comportamiento del perro…

—Mira mamá —dice mientras le muestra la oreja izquierda—. Se llama Van Gogh.

Amanda se detiene y los mira.

—Es lindo, hijo —dice con poca emoción y luego agrega—. Hija, no seas grosera —la regaña con ternura—.

Ofrécele a tu hermano un pedazo de torta.

—No te molestes, mamá. Yo me sirvo.

—¿Y ese olor? —pregunta con interés.

—Ya sabes hijo, el pavo de navidad horneándose —responde contenta—. Hoy, para la cena de navidad, tendremos pavo relleno en su jugo, puré de manzana…

—¡Ya sé! Y papas al horno…

—¡Así es hijo! —repone alegre Humberto.

Gerardo sirve otra copa.

—Los chocolates son para ti, hermana. Sé lo mucho que te gustan.

Sonia sonríe con extraña cortesía y un poco más de confianza, mientras brindan por una navidad juntos.

—¡Salud!

Humberto afila el cuchillo con su chaira de acero inoxidable. Amanda revisa que el pavo vaya por buen camino.

—¡Qué tal se pierda! —repite el chiste de siempre y se ríe sola.

Gerardo revisa cada rincón de la sala mientras les cuenta del curso de buceo y de aquella tragedia. Acomoda las cortinas, cierra las ventanas.

—¿Y la pintura que te hice para un cumpleaños, mamá?

—Por ahí anda, mijo —responde de manera automática, sin ponerle mucha atención.

—Pero es que estaba colgada encima de la chimenea —insiste con impaciencia.

Amanda no le responde. Siguen en los preparativos de la cena. Una copa después, Gerardo pide a su hermana que traiga las cartas para leerlas.

—Decidí escribirlas para mantener viva la memoria familiar —se le ocurrió decir—. Las voy a leer en voz alta. ¿Les parece?

Comienza con la primera, entonando la voz, deteniéndose en ciertas frases, haciendo pausas, entre suspiros y risas nerviosas. Algunas veces lo interrumpen, hacen preguntas o comentarios. Sonia no interviene. Minutos después, saca de la bolsa de regalos una más.

—Esta carta nunca la envié —confiesa con aire de suspenso.

Gerardo le ofrece una silla a cada uno, mientras Sonia se sienta en el borde del bifé. La mesa está lista: acompañamientos, cubiertos, servilletas, velas, copas para el agua, platos y utensilios para servir. El perro decide desentenderse de la situación, busca un lugar para descansar y lo encuentra en el tapete, junto a la puerta principal.

Amanda advierte que el pavo ya está listo.

—Es mejor sacarlo antes de que provoque un incendio —dice seria, luego se miran y estallan de risa—.

—Tranquila, mamá —habla con cierto atisbo de resentimiento—. Pero ahora es más importante la carta que el pavo. No me demoro.

Los recuerdos vienen y mortifican. Los chistes ayudan a distensionar el momento. Gerardo respira hondo y comienza de nuevo a leer.

Ustedes nunca me preguntaron por qué yo era así, por qué me comportaba de esa manera. La verdad nunca lo supe. Era mi forma de decirle al mundo que no me sentía bien, que no estaba de acuerdo con la manera como las personas mienten, viven de apariencias y juegan una vida falsa. Aunque fui una porquería, en especial con ustedes como dice mi hermana, les hice la vida imposible. ¿Acaso ustedes no tienen parte de responsabilidad por no haber hecho nada por mí? Solo encontraron la salida más fácil: enviarme a un país lejano, deshacerse de mí y ocultar el problema.

Ahora comprendo. Si las cosas pasan así, lo mejor es asumirlas, enfrentarlas, hacer algo. En últimas cada quien sabrá en su consciencia qué hizo, cómo lo hizo y si, como dice papá, se comportó a la altura de las circunstancias. Yo viví algo inconfesable cuando era niño, algo que espero algún día pueda curar. Si pudiera borraría ese día (se detiene un poco y respira profundo). Ahora tengo un presente distinto y un porvenir. ¿Saben? Pero creo que no era necesario borrarme de sus vidas. Con esta carta quiero pedirles perdón. Quiero que volvamos a ser una familia. Olvidemos el pasado y encontremos una forma distinta de estar juntos.

Termina de leerla. Sus padres lo miran con los ojos encharcados. Sonia llora. Se acercan y se abrazan. Van Gogh levanta la cabeza, los ignora y vuelve a dormir.

Mal o bien había vuelto su muchacho, el que habían considerado como hijo muerto. Sirven otra ronda para brindar. Ella hunde el cuchillo con una dedicación y ternura nunca antes vista, como si fuese el último pavo. Es Navidad, la mesa está dispuesta y la familia reunida. Esa noche los platos brillan bajo la luz de las velas. Humberto saca la guitarra y comienza a cantar. Nada de eso ocurría desde hace muchos años. Cantan juntos, cuentan historias y chistes, se hacen bromas. Gerardo enciende la chimenea, roba el encendedor y lo guarda en el bolsillo.

Gerardo revisa el reloj en su muñeca, faltan cinco para las doce. Comen contentos, callados y tranquilos. Los platos pasan de mano en mano, las bandejas se desocupan, celebran la sazón de Amanda por la deliciosa ave que esta vez sí pudo deshuesar. Los platos quedan limpios, las servilletas untadas, los cubiertos relamidos, las copas vacías. Sonia recoge los platos, los lleva a la cocina. Humberto se ofrece para ayudarla. Entonces quedan solos mamá e hijo. Departen un poco hasta que él le muestra fotos de su vida actual: muchas de ellas con amigos, en viajes, buceando y de aventura con su perro.

Amanda se entusiasma y le propone desempolvar los álbumes. Sonia lava la loza, mientras Humberto le ayuda y conversan. Le hace un gesto cariñoso a su hijo para que se siente a su lado, en el sofá. Abre el primer álbum. La foto de su hermana corriendo por el campo, luego su hermana comiendo helado, después su hermana en brazos de Humberto el día que viajó por primera vez en tren y por último su hermana el día de graduación.

—¿Y mis fotos, mamá? —aunque ya sabe la respuesta, pregunta solo para incomodar.

—No sé hijo —dice despistada—. Deben estar en algún lugar, guardadas en un cajón —afirma haciéndose la loca.

Es verdad. Ni una sola foto de Gerardo. En todas las fotos su hermana, papá y mamá. En algunas tíos, primos o amigos cercanos a la familia. No son poquitos los volúmenes que contienen esa memoria fotográfica llena de fechas, frases, recortes de prensa, tarjetas de bautizo… Ese es el lado débil de Gerardo. Lo habían borrado para siempre. Sin embargo, se esfuerza por darle lugar a sus emociones. En ese momento Amanda va por más licor a la cocina y se demora un buen rato. Gerardo aprovecha para abrir los bolsillos de un álbum y encuentra otras fotos escondidas.

En algunas descubre que hay recortes pegados con cinta y otras mutiladas. Se queda contemplando una foto con su hermana en la orilla del mar, subidos sobre una roca. En vez de su cabeza, la de Ronald McDonald. En otra, el día de la primera comunión de su hermana, ella llevaba un vestido blanco y él un traje de corbata, pero su cabeza es la de Mr. Bean. El mundo se le oscurece, le da un vuelco, no quiere seguir viendo. Algo dentro de él se vuelve a romper. ¿O se termina de quebrar? Una foto más: el día de su nacimiento en brazos de sus padres, pero con un recorte de Lady Di que tapa su cuerpo por completo. Fecha: 31 de agosto de 1997. El mismo día de su nacimiento.

Amanda regresa con una taza de agua para darle al perro. Tiene varios tragos en la cabeza. Gerardo oculta el hallazgo y mete otros leños al fuego. La madre tampoco se da cuenta del cambio repentino en la actitud de su hijo. Humberto regresa con otra botella y su copa lista para brindar. Los cuatro levantan las copas.

—Hagamos un brindis —dice Sonia animada.

—¿Quieres brindar, hermanita? —dice con cariño forzado —. ¡Cuéntanos! ¿Por qué quieres brindar esta vez?

—Brindo por nosotros, por esta familia única que puede perdonar —declara convencida mientras repican las copas—. Y porque todos, alguna vez, hemos sido un poco Gerardo.

Amanda y Humberto se ríen por las ocurrencias de su hija. Beben rápido y se sirven más. Gerardo les sigue el juego, siente que no hay opción. Ser cortés es lo que le queda hacer. Sonia se recuesta en la poltrona. Su hermano la arropa con una cobija. Los viejos bailan un poco turuletos. Al rato se sientan en el sofá, se toman una copa más. También se quedan dormidos. Tiende otra cobija para ellos.

Gerardo alimenta la chimenea y observa el árbol de navidad, con los regalos sin abrir. Amanda, Humberto y Sonia están profundos. Los observa como si estuvieran dormidos para siempre. Lee una a una las tarjetas.

—Para mamá, del niño Dios. Este es para ti, papá. También del niño Dios. Y este otro es para ti, hermana. ¡Adivina quién te lo trajo! Ajá, el niño Dios.

A cada uno le va entregando su regalo. Va dejando los paquetes en sus regazos. Recuerda que trae otros y que están en la bolsa que dejó en la entrada. Entrega todos. Advierte que ninguno es para él. El perro lo mira y le bate la cola. El último regalo es para Van Gogh.

—¡Mira amigo, este es para ti! Una nueva correa azul ¡Y tiene tiburones estampados! —le dice y lo acaricia.

Luego lo amarra a la escalera. Busca las llaves y comienza a cerrar todo: la cochera, las ventanas de ambos pisos, la puerta de la cocina que da al patio. Entra al baño de visitas. Se lava la cara. Ojea las fotos. Las rompe y las deja tiradas en el lavamanos.

Gerardo va al garaje y encuentra gasolina. Debajo del árbol deja los álbumes. Sabe que su acto será el alumbrado navideño del año. Cierra con doble llave y acaricia el encendedor que lleva en uno de los bolsillos.
Van Gogh aúlla tratando de soltarse mientras los tiburones, uno tras otro, intentan huir de su correa. Los vecinos acuden, pero es demasiado tarde.


"Los tiburones de Van Gogh", un cuento de Liliana Moreno Martínez

En 2023 el libro La jaula dentro del pájaro ganó la Beca para publicación de obra inédita que otorga el Ministerio de Cultura. Se trata de un volumen de 20 cuentos, dividido en cuatro partes, que dan cuenta de la experiencia de su autora en la exploración de este género literario: su cuento «La noticia del día» fue seleccionado para hacer parte de Contar la vida como contar los pasos-Antología de cuentos de escritoras colombianas– selección y prólogo de Luz Mary Giraldo, publicado en 2023 por Sílaba Editores. Además, tres minificciones suyas fueron incluidas en la antología Microuniversos. Minificción de mujeres colombianas, publicada en ese mismo año por Cuadernos Negros Editorial.

La poeta barranquillera Fadir Delgado afirma: «La jaula dentro del pájaro es un libro de cuentos bien construido con un lenguaje conciso y claro, sin descuidar lo literario. Se destaca el ritmo narrativo de las historias. Los textos logran concentrar los conflictos por medio de personajes sólidos. Esta obra me parece que responde a una voz fresca que ofrece una estética que contribuye a la calidad de la literatura nacional».

La jaula dentro del pájaro

Liliana Moreno Martínez

Sílaba Editores

Noviembre de 2023

Medellín

120 páginas

ISBN: 978-628-7543-83-6

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  • Rostro de Liliana Moreno Martínez

    Comunicadora social, Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia y Máster en Promoción de Lectura de la Universidad de Alcalá de Henares (España). Fundadora y directora de la Fundación Letra Viva desde 2006. Es cocreadora de la Feria Internacional del Libro de Armenia y Quindío (FILAQ).

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