Hace tres meses encontré la guaca de los libros en Manizales. Así como lo leen. La guaca (en ese quechua sin conciencia que utilizamos en Colombia), es decir, el guardao, el tesoro. Esas sí, pepitas de oro del barequeo. O bueno, así le llamo yo a la posibilidad de comprar libros a muy bajo precio, con emoción y pujando. Les voy a hablar de las subastas virtuales de una librería ubicada físicamente en Manizales, pero que a través de la tecnología llega a cualquier lugar del mundo.
El pasado 15 de junio se realizó la subasta número 55 de la Librería Diana. La cita es en Google Meet los días festivos desde el año 2020, pues surgió como respuesta a las limitaciones que impuso la pandemia. Normalmente son dos horas y media de pura adrenalina, en las que los asistentes nos conectamos para ver libros, escuchar historias, hacer ofertas y dejarnos tentar por esa felicidad peligrosa de quien entra solo a mirar y termina haciendo cuentas para pagar. Es una cita de lectores, una especie de tertulia con pujas, portadas y tentaciones frente a cada obra.
La dinámica es muy interesante. Carlos, el librero, muestra el libro, acerca la portada a la cámara, comenta su estado, explica el interés del ejemplar y abre la posibilidad a la puja o al ofrecimiento directo por un monto determinado. Quienes atienden a esta cita escriben en el chat cuánto ofrecen o simplemente dicen sí cuando el precio ya está definido. A veces la subasta avanza con calma y a veces se siente una expectativa emocionante cuando varias personas quieren el mismo libro y el chat empieza a moverse como si allí se estuviera definiendo una final de campeonato, pero con libros.
Cada hora se renueva el enlace de conexión. Ese detalle, que en otros espacios podría parecer una dificultad técnica, allí dice mucho sobre la humildad del ejercicio (como también lo dice que existan libros a 10 mil pesos o pujas desde 15 mil, con unos topes por ofrecer para que no sea el que tenga más dinero quien se lleve todos los libros). La subasta no depende de una gran plataforma ni de una producción sofisticada, sino de una cámara, una voz, un chat, una librería y un grupo de lectores que vuelven a entrar porque quieren seguir mirando libros.
En la subasta 55 aparecieron libros de literatura, música y artes, junto con colecciones preciosas de obras antiguas y también nuevas colecciones que ampliaban el apetito lector. Hubo gangas reales, libros casi regalados y ejemplares de diez mil pesos que obligaban a escribir sí antes de que la prudencia financiera despertara.
En mi cabeza la palabra gangazo aparece una y otra vez, porque muchas ofertas parecen improbables ante la belleza de las colecciones o la calidad de algunas obras. En esos casos, uno no compra, uno rescata, o al menos esa es la excusa noble con la que intento justificar que en la casa ya no quepa otra repisa. Digamos que somos adoptantes de libros, estaría mal dejarlos ir sin ofrecerles un hogar.
Una de las mayores virtudes de la librería está en la forma como cuida los libros y en la manera como Carlos los presenta. Lo hace con maestría, con amor al arte y con esa capacidad de venta de la región que combina simpatía, conocimiento, oportunidad y buen humor. Carlos vende como quien conversa en la puerta de una librería, con oficio, cariño y esa picardía buena de quien sabe que tiene una joya entre manos. Sabe despertar el interés sin exagerar y recordando que detrás de cada libro hay una historia posible.
En esa manera de presentar las obras aparece una frase que resume el espíritu de la subasta. Carlos insiste en que no vende libros viejos, sino usados o clásicos. Y tiene razón. La palabra viejo puede sonar a abandono, humedad, deterioro, mutilación o descarte. En cambio, usado o clásico reconoce que un libro puede haber pasado por otras manos, en la que tuvo una vida, y estar en perfecto estado.
Esa distinción entre viejo y usado permite entender mejor lo que logra la subasta. Se rescatan libros del silencio, se muestran con cuidado y se vuelven a poner en circulación. En una época en la que muchas compras se hacen con un clic, sin interacción humana, esta subasta devuelve a la experiencia virtual una presencia cercana y colectiva (por ejemplo, hay amantes de los libros que persiguen iguales intereses en la puja).
La librería está en Manizales, pero la subasta viaja. Cuando las compras superan los doscientos mil pesos, los libros se envían gratis a otras ciudades, y así un ejemplar que estaba en un estante termina en otra biblioteca y en otras manos (a mi casa viajan seguido). Esa circulación confirma que el libro usado no se queda quieto y que una librería Diana puede extender su comunidad mucho más allá de su puerta física en la Carrera 21 #24-20.
Llevo tres subastas y seguiré asistiendo. Es un excelente plan de festivo, iniciando a las 6 p.m. He encontrado una forma distinta de acercarme a libros deseados y descubrir nuevas obras. La pregunta de siempre es si cabe otro libro en casa, si esa colección ofrecida puede entrar de lado o si habrá que negociar con algún mueble.
La subasta no solo es un espacio para adquirir libros, también es una forma de renovada de encontrarse con ellos. Un grupo de personas reunidas virtualmente comprueban que un libro puede emocionar antes de ser comprado, que una librería puede ser mucho más que un lugar de transacciones y que una colección puede despertar ganas de leer.
Si quieren buscar su propia guaca, contacten a la Librería Diana.
Espero verles en la próxima subasta, ojalá no pujando por el mismo libro.