
Las primeras horas
El ruido de los medios de comunicación era tan abrumador como el mismo sonido de la tierra que movió sus entrañas ese 10 de agosto pasadas las 7:30 am. El sonido de la radio que siempre me acompaña iniciando el día, se convirtió en una sirena incesante de descripciones apocalípticas que la estela de ese terremoto dejaba en la región. Una alocución desordenada que subía de tono al narrar como el país entero sintió un mismo sismo, sin embargo, nunca se aclaró que era el mismo movimiento para todos, pero fue un terremoto diferenciado para muchos de nosotros.
Era paradójico, su mayor profundidad era proporcional con la dimensión de su alcance, no fue un sismo ubicado especialmente sobre una ciudad o subregión, fue un movimiento en masa que afectó de manera simultánea 5 departamentos y sus respectivas ciudades capitales que fueron el epicentro de la destrucción, fueron entre 90 segundos y dos minutos, que este territorio se paralizó en medio del movimiento.
Yo seguía, en Pereira, anclado al temblor de mis piernas que aún vibraban por la magnitud del sismo, en silencio escuchaba la radio que entre el amarillismo y la espectacularización de la tragedia narraba minuto a minuto el dolor ajeno. Seguía allí sin señal, desconectado, pero vivo, con la incertidumbre de los míos y la sensación de querer salir volando por encima de las ruinas, para alcanzarlos lo antes posible.
La angustia de la incertidumbre es una sensación dolorosa, que penetra los huesos y nos deja sin aire, que implica un llanto contenido que duele y atraviesa las entrañas en medio de pensamientos extraviados de posibles sufrimientos.
Fue un poco más de tres horas en las que nunca obtuve comunicación y dónde el mundo seguía latiendo por ese dial que no dejaba dimensionar la magnitud del suceso. Ese dial que entre voces preocupadas, risas impertinentes y reflexiones rimbombantes sobre la arquitectura moderna, seguía ampliando el rango de acción del sismo. Seguía escuchando, mientras observaba en los recuerdos inmediatos esa nube de polvo que cubrió toda la ciudad después de esos agónicos minutos de lunes.
Nunca tuve señal, pero llegué a los míos en una interminable fila de vehículos que buscaban con frenesí respuestas a preguntas que no terminamos de formularnos. Allí en medio de la vía colapsada, tuve un lapso afortunado de 30 segundos, dónde supe que todos estaban bien, al menos que ante el terror vivido, sobrevivían, y eso en las circunstancias ya era un respiro.
Fue una caricia leve de la existencia, que me regresaba el aire que horas atrás me había robado la incertidumbre. Si bien este rompecabezas de la tragedia apenas lo iba armando, ya tenía las principales fichas resguardadas para poder seguir avanzando.
El polvo

Pasaron las horas y el espesor del polvo se fue mezclando con el llanto de quienes recorrían lo perdido, quienes deambulaban en medio de la desolación y el estupor del desastre que iba tomando forma en el dolor compartido. En medio de la calle se sentía la angustia indescriptible de quienes buscaban a través de los escombros algún asomo de vida, quienes esperaban escuchar latidos al interior de las ruinas que no cesaban de crujir.
La ciudad colapsó, se congeló por horas, era una imagen de sepia corroída por el aire denso del polvo expandiéndose como una lluvia interminable, solo se tenían retratos fragmentados de la consternación que ahora se había vuelto una ansiedad colectiva, una herida que no dejaba de sangrar y cuya sangre seguía corriendo entre la tierra.
El temor de nuevas réplicas se fusionaba con la sensación de abandono y las miradas congeladas de quienes aún seguían inmóviles ante la situación. Es evidente que esa inmovilidad no era sinónimo de fragilidad, es un reflejo humano de perplejidad ante la bruma de lo innombrable. Es el mutismo propio de un trauma que no podemos apalabrar.
Las calles se extendían como un laberinto interminable de grietas abiertas, de heridas en punzantes regadas en el asfalto. Una sombra de edificaciones caídas demarca el camino, ladrillos y piedras dispersas entre los andenes configuran nuevos callejones de ausencia, de búsquedas sin respuesta, de horas congeladas o extendidas, de acuerdo a la realidad de cada quien.
Ya se escuchan las ambulancias irrumpiendo el silencio, la turbulencia frenética de los llamados de auxilio y una multitud de voces que buscan ayudar a levantar lo que aún no se terminaba de dimensionar había caído.
Transitar la ciudad, abrió esa perspectiva dolorosa del impacto del sismo, esas ruinas vivas, que aún laten, que siguen abriéndose paso y buscando ampliar el colapso más allá del espacio alcanzado. Edificaciones completas que quedaron suspendidas de un hilo de concreto y a la merced de una institucionalidad que aún está ausente, lo estuvo antes del terremoto, ahora sigue sin mirar esa otra realidad a los ojos.
El llamado
Pasan los días encapsulados entre el recuerdo tenebroso de la tierra gritando y de la supervivencia vuelta refugio. Aún es pronto para tener cifras claras de la magnitud, la cantidad de muertos, desparecidos y damnificados, no obstante, esa calculadora apocalíptica pierde sentido cuando el dolor de la perdida es una epidemia extendida.
Muchas voces escucharon el clamor del sentir ajeno, sin importar condición social, etaria o política, una marea de humanidad abrazó el desastre para deshacer la indiferencia y abrigarse en esta nueva realidad. Muchos entendieron rápidamente, que este sismo es una inflexión como sociedad, ya nada será igual, la vida por un tiempo, quizás por años será un reconstruirnos para alcanzar el algún momento una nueva normalidad.
En este abrazo colectivo expuesto en las calles y algunas periferias de la ciudad, están día a día damnificados, rescatistas y voluntarios levantando escombros y dignificando la solidaridad común. Una pujanza comunitaria buscando encontrar rutas para atender el desastre, rutas para sobrevivir.
Una comunidad que se organiza ante la ausencia de articulación y liderazgo político, ante la selección perversa de quién ayuda y quién no es afín para socorrer la humanidad, ante la infamia de quien desde la distancia anula la ayuda de otros, ante esa desconexión con la realidad. Es un río desbordado de colectividades buscando brindar abrigo, de ciudadanos que sin un techo propio salen a levantar escombros, damnificados que pausan sus propias necesidades para atender las ajenas, en los que suman aportes desde la distancia, quienes acompañan brigadas diarias para levantar escombros. La dignidad emerge en la tragedia, allí en cada aporte por mínimo que sea se construye sociedad se reconstruye dignidad.
Se avecinan tiempos complejos, seguiremos en modo supervivencia durante semanas, y la ayuda seguramente se irá disipando con el pasar de los días. Sin embargo, la solidaridad, la empatía y la humanidad que esto ha despertado en muchos, ya es una esperanza ante lo que se viene.
¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.

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