Yo tenía 11 años y lo recuerdo porque esto sucedió en 1985, cuando hizo erupción en Volcán Nevado del Ruiz. Ese día había salido con mi abuela a hacer unas vueltas suyas. Comprar una lana, unos hilos, una tela, unos botones, algo de ese corte. Íbamos en su carro, un Renault 6 amarillo pollo que parqueó al frente del edificio Carretero en la Avenida Santander de Manizales. Recuerdo que estaba linda. Me había puesto la misma pinta que había conseguido para la primera comunión de mi hermanita: una falda de paño gris con un saco tejido de color rosado.
Veníamos de regreso al carro, mi abuela se estaba subiendo por la puerta del conductor cuando vi a un señor muy bien peinado, vestido limpiamente, con un estilo que me pareció como de sacristán y con unas gafas de montura gruesa de color negro.
Aunque vi que miró a mi abuela, cuando se dio cuenta de que yo estaba parada al lado del carro, sola, se me vino encima, me abrazó por la espalda y puso su mano encima de mi entrepierna. Mi abuela lo espantó a punta de carterazos. Esa fue la primera vez, pero no la única. Estaba sola el día que en la esquina de mi casa, en el barrio Palermo, un señor me dio una palmada en la nalga. Y estaba sola también el día en que en el barrio La Leonora, otro señor me tocó una teta. Todavía estaba en el colegio. Podría seguir contando otras situaciones, otros momentos incómodos, otros abusos, otros acosos.
La edad promedio en la que las niñas empiezan a ser acosadas es entre los 8 y los 12 años, y esto le sucede a algo más del 80% de las menores. No soy la única, nos ha pasado a la mayoría de las mujeres. A los niños también les pasa solo un poco menos que a nosotras. El señor que se masturba cuando vamos a su lado en el transporte público, el amigo de la familia que nos abraza de una manera que reconocemos incómoda, el tío, el primo, el abuelo, el padrastro, el padre que abusan de sus propias niñas y mujeres.
Un estudio elaborado por la Universidad de Carolina del Norte que encontró que uno de cada siete hombres han cometido intentos de violación o violaciones también explicó que “los hombres que sufrieron castigos físicos, abusos sexuales o que presenciaron violencia doméstica durante su infancia tenían un mayor riesgo de cometer delitos sexuales en la secundaria”, además el estudio señala que quienes cometieron intentos de violaciones en la secundaria están en gran riesgo de intentarlo nuevamente en la Universidad.
Este otro estudio elaborado por el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos que analizó datos durante 30 años encontró que “en 2015, el 33,4%, es decir, una de cada tres mujeres informó haber sufrido violación o intento de violación y el 12,7% de los hombres informaron haberla perpetrado (uno de cada ocho)”. En este estudio se llama la atención sobre los intentos de violaciones o violaciones cometidos bajo los efectos del alcohol y la correlación existente entre estos datos.
Las estadísticas no registran el miedo, la parálisis, la desconfianza, las prevenciones, las ganas de tirar la ropa linda a la caneca de la basura. Una sociedad borracha y violenta que reproduce y habilita a los perpetradores. Y aunque estos son estudios en zonas urbanas de Estados Unidos hay que considerar que todo puede ser peor en un país en guerra, una guerra que ocurre sobre todo en el campo, y en donde una de las primeras conquistas es el cuerpo de las mujeres, sobre todo de las mujeres rurales, campesinas, indígenas y afros, mujeres empobrecidas que no denuncian porque sería peor para ellas.
Una sociedad donde quienes no hacen parte de la estadística consideran que este problema no es con ellos. Por eso ondean la bandera de “no todos los hombres”, porque creen que limpiar su buen nombre puede ser más importante que atender a estas realidades. Uno de cada siete. Uno de cada ocho. ¡Una de cada tres! Es peor de lo que te imaginas. Son las estadísticas del subregistro, yo misma nunca denuncié nada de lo que me pasó. Las mujeres que hemos pasado por esto sabemos que los hombres que nos atacaron a nosotras no lo hicieron porque “seamos especiales”, lo hicieron porque así se comportan con las mujeres, porque para ellos las mujeres son cualquier cosa menos especiales.