II
A veces pienso que me quedé con el pecado y sin el género. Puse todas mis fuerzas en Amalia, en hacerla feliz, independiente. A su imagen y semejanza, dice ella, y este es el pecado. Independiente, mucho. Cada vez quiere verme menos. Feliz, no creo. Es imposible que sea feliz, rodeada de muertos y de burócratas y de mujeres que perdieron a sus maridos o a sus hijos hace lustros. No se puede ser feliz asfixiado por montones de huesos en ese laboratorio que alguna vez fue un hospital mental. Ni en esos lugares en la mitad de la nada donde va a hacer las exhumaciones.
Otras veces, como ahora, la miro y siento orgullo. Habla con el médico de igual a igual, como deber ser. El tipo está acostumbrado a intimidar y ella le habla claro, marcando el ritmo de sus palabras con esas manos largas que heredó de Ignacio. Sacude la cabeza y se le vienen a la frente todos los crespos en desorden, como los de mi mamá en una foto de un paseo de campo con mi papá cuando todavía eran novios.
Hablan de mí. Es raro, pero no logro poner atención a lo que dicen. Parece que mis pensamientos resuenan y me distraen de las voces. Amalia mira al médico como mira a las personas cuando tiene ganas de mandarlas a la mierda, contenida, porque ella nunca manda a la mierda a nadie, pero si la conoces bien, te das cuenta. Se muerde el labio inferior con un diente y empieza a hablar despacio, muy despacio. El médico le está diciendo que sólo puede dar un diagnóstico preciso si analiza cortes de mi cerebro muerto. Me imagino desnuda en una mesa de autopsias y al tipo ese sosteniendo mi cerebro con ambas manos. Sólo quiero irme de aquí. Creo que si nos vamos rápido todo va a pasar como un mal sueño.
Amalia me coge de la mano y es agradable sentir su mano huesuda, aunque ya no cabe en la mía como cuando era chiquita. Me levanto del asiento y la sigo no sé a dónde.

Cualquier día es bueno para recordar a Marcela Villegas, una de las más potentes narradoras del Eje Cafetero. Marcela nació en Manizales en 1973, estudió Agronomía en la Universidad de Caldas, trabajó en temas ambientales y poco a poco la pasión por la escritura fue copando sus días.
En enero de 2018 Editorial Sílaba publicó Camposanto, su única novela, una obra en la que la relación madre-hija es protagonista. Amalia, la hija, es antropóloga forense y se dedica a rastrear fosas comunes para identificar desaparecidos. ¿Qué tan desaparecida está, Elena, su mamá en el Alzheimer? ¿es posible identificarla? las huellas de la violencia política aparecen como ecos lejanos en esta obra en la que los dramas íntimos ocupan el primer plano.
Con capítulos cortos y humor Marcela Villegas se acerca a una realidad cruda. Así como Amalia toma uno por uno los huesos que encuentra y los limpia con espátulas y pinceles hasta lograr dejarlos como quiere, así mismo se percibe el trabajo minuicioso de la autora con cada frase y cada párrafo. Las palabras de Camposanto están cuidadas de manera que permiten condensar en pocas páginas una atmósfera familiar y amorosa, en la que también la impotencia y cansancio a veces nublan la esperanza.
En marzo de 2021 Editorial Sílaba publicó La conmoción de los encuentros, su libro de relatos. Para ese entonces Marcela ya padecía un cáncer sobre el que escribió y habló públicamente: sobre la dificultad de hacerle el duelo a una enfermedad grave con hijos pequeños o adolescentes.
El 7 de febrero de 2022 Marcela ejerció su derecho a morir dignamente, dejando una obra corta y magnífica, así como un recuerdo imborrable.
El fragmento que reproducimos, con autorización de la Editorial Sílaba, corresponde al segundo capítulo de la novela (son 29 capítulos) y está en las páginas 13 y 14 de la primera edición.
Camposanto
Marcela Villegas
Primera edición: enero de 2018. Nueva edición: abril de 2025.
Medellín, Colombia
168 páginas
ISBN: 978-628-7729-52-0