“No soy un marica
disfrazado de poeta”
Lemebel
El pasado 8 de marzo, Día internacional de las Mujeres, la centro-derecha colombiana realizó una consulta interna para elegir candidato (sic) presidencial. En su lista había sólo dos mujeres: Vicky Dávila, publicista estrella de la revista Semana y doña Paloma Valencia, senadora caucana y prócer de la patria uribista. Ésta última, nieta además de un expresidente conservador, ganó la contienda con un margen amplio. Por sorpresa, y con el dolor de buena parte del electorado mojigato, en segundo lugar quedó Juan Daniel Oviedo, el marica gomelo exdirector del DANE, con más de un millón de sufragios. Se trataba quizá de los dos candidatos más opuestos dentro de ese espectro, pero desde que el economista de “centro” decidió hacer parte de la consulta, supimos que a pesar de su discurso multicolor y su rayo homosexualizador, el rolo de Chapinero no era más que un facho encubierto (había hecho parte del nefasto gobierno de Iván Duque, el DJ presidente).
Días después de la elección, y honrando un acuerdo tácito de las consultas, Valencia le ofreció a Oviedo ser su fórmula vicepresidencial y el señoro aceptó sin reparos, pues su ambición de poder parece tan ancha como sus principios. Así que Claudia Nayibe López, lesbiana y exalcaldesa de Bogotá salió a decir en las redes —en reacción a la adhesión del machirulo a la candidata del Centro Demoníaco— que ella pensaba que Juan Daniel era “un gay bacán”. No pude evitar preguntarme de inmediato: ¿qué carajos es un gay bacán y qué maricas caben dentro de esa categoría? Lo primero que pensé es que no quiero encajar dentro de esa etiqueta, sea lo que sea que signifique.
Creo que el gay bacán —como su equivalente: la lesbiana bacana– encajan perfectamente en la sociedad, son de clase media, fueron a la universidad, se identifican con la blanquidad y no cuestionan el binarismo de género y la heteronorma. Probablemente mercan en el Carulla de la 63 y van a bodytech, y estudiaron en la Jave, los Andes o el Rosario. Son ciudadanos (léase en genérico masculino) de bien, cumplidores de las leyes y de las buenas costumbres; gentes de buen gusto. Incluso puede que vayan a misa los domingos. El gay bacán odia la pluma —y por extensión a las travestis— y les parece que un hombre no puede ser afeminado. El gay bacán se mimetiza, no molesta, no usa Grindr o lo hace pero al escondido y despotrica de las maricas por promiscuas y escandalosas.
El gay bacán defiende a la familia tradicional y está de acuerdo con el matrimonio igualitario sólo por guardar las apariencias; porque el matrimonio es una institución burguesa y por ende una forma de enclasamiento. Lo demuestra el famoso fragmento de la entrevista para la revista Cambio donde Paloma Valencia, sentada al lado de Daniel Oviedo, dice a boca en jarro y sin sonrojarse que la adopción igualitaria le parece una aberración que debería ser perseguida por la Santa Inquisición, que de acuerdo con el sistema de pensamiento de la candidata nunca debió ser abolida. Y el gay bacán se limita a gesticular incómodamente, pero entrega toda su dignidad y calla, no alza su voz para denunciar y su silencio es un asentimiento solapado que recuerda lo peor de la hipocresía y la imposición de guardar las buenas maneras.
El gay bacán es aconductado, conoce las normas de etiqueta; fue a colegio privado —preferiblemente católico—, sabe reprimir su deseo, que considera inmoral y culpable. El gay bacán reinscribe en el cuerpo la condena sobre las disidencias de género, porque para él ser homosexual es sólo una cuestión de gustos, un problema de la orientación: una desviación de la norma que puede suavizarse o corregirse, camuflarse y disimularse con las técnicas adecuadas. No importa que la mona se vista de seda, de nada vale que Oviedo se autoreconozca marica. Eso explica su casi millón y medio de votos, principalmente en Santa Fe de Bogotá, la ciudad que reúne el mayor número de gays bacanes y lesbianas bacanas por metro cuadrado. Los homosexuales a secas son, en su mayoría, un electorado homogéneo: clase media profesional, ejecutivos, burócratas, académicos y uno que otro “artista”; una especie de ghetto con poder adquisitivo, alto nivel de vida e ingresos y ritmo de consumo. Conforman una nueva especie de subclase social que el marxismo denominaría lumpen-mariconado.
Por eso me cuestionó tanto que Claudia, la alcaldesa del pico-y-género en la pandemia, usara la expresión para dar a entender que Oviedo había dejado de ser un “gay bacán” cuando se unió a la candidatura de Valencia, pero yo creo que justamente constata que el candidato vicepresidencial es la encarnación de esa categoría. Claro, se trata de una subclase de centroderecha, pretendidamente “tecnócrata”, biempensante e ilustrada. Una subclase que, por supuesto, piensa sólo en su conveniencia, en el reconocimiento de unos derechos burgueses y que no es capaz de avizorar un proyecto colectivo porque no tienen lo que Rita Segato llama “conciencia de género”. El gay bacán y la lesbiana bacana no cuestionan las relaciones de poder ni luchan por cambiar las estructuras socioeconómicas; su idea de igualdad es un paquete de reformas capilares para generar una inclusión ficticia y forzada, a punto de romperse cada vez que el poder se reacomoda en su sillón.
Considero que es urgente no dejarse encasillar en esa jaula. Resistir a la normalización, al intento de mantenernos embozados. El género como concepto y categoría política está en el centro del debate electoral para las elecciones presidenciales en Colombia. Pero el gay bacán no se solidariza con los movimientos feministas ni con las luchas de género, a las que considera pura “ideología”. Mucho menos se identifica con la lucha de clases, a la que considera cuestión de vándalos; ni con las luchas antirracistas, a las que ve como innecesarias. En este país todos somos iguales ante la ley. Además la constitución dice que somos una nación pluriétnica y multicultural, ¡qué más quieren!
No soy un gay bacán porque creo que las personas LGBTQ+ tenemos derecho a las expresiones públicas de afecto, al reguero y la pendejada, a la adopción y la crianza de nuestros hijxs, al ridículo, a la creación artística, a luchar por nuestras causas y sueños. A que no nos maten. A habitar sin miedo el espacio público. A la educación de calidad. Al trabajo, a la poligamia, a las identidades fluidas y las manifestaciones no-binarias. Y escribo esto contra los gays bacanes, hegemónicos, machos y heteronormados; misóginos y gordofóbicos; a ver si se van dando cuenta de que el centro y la derecha nos desprecian, o que nos exigen ser demasiado buenos, demasiado inteligentes, más esforzados y disciplinados a cambio de su aceptación a regañadientes. Escribo esto porque es más fácil y más cómodo ser un gay bacán que una marica rebelde y porque no basta con salir del closet y besar a otro hombre para conformarnos con la ilusión de un mundo “diverso”.