A ver, ¿de qué voy a escribir hoy? Ya sé, contaré una anécdota que sucedió en clase con mis estudiantes y que me permitirá abordar temas como la estética, el gusto, la subjetividad y de cómo, a pesar de toda la teoría y análisis, seguimos siendo criaturas motivadas por impulsos. En tono de humor, claro, para no entrar en una disertación profunda y ladrilluda, pero que dé a entender que hay capas.
En esas me encontraba cuando Ente Censura se me acercó: “¿Qué haces? ¿Puedo revisar?”. Ente Censura no suele aparecerse mucho por estos lados pero, cuando lo hace, hay que andarse con cuidado porque no se sabe qué puede llevar ese día en su agenda. “No, no, no. Esto no se puede publicar. Es machista, sexista y cosifica a las mujeres. ¿Cómo que “zorras”, “perras” y “lobas”? ¿Cómo que “plato típico”? ¿Cómo que “ubres”?”. Intento explicarle que no fui yo quien usó esas expresiones para calificar a esas mujeres, que fueron los mismos estudiantes, y que todos nos reímos porque sabíamos que eran joda y ocurrencias. También le argumenté que, a pesar de que son ellas quienes explotan y sexualizan su imagen y contenido para buscar seguidores, mi texto no se refiere a lo que hacen estas mujeres, sino sobre los conceptos errados de la subjetividad de la belleza. Por eso planteo una serie de parámetros, inspirados en teorías estéticas, para medir esta cualidad en algo o alguien. “Es una crítica a la narcoestética que algunas personas divulgan en las redes sociales y que se vende como ideal, Ente Censura. Además, me burlo de mí, de mi pedantería; de creerme más por tener un título y, al final, sigo cediendo a impulsos básicos. Que no soy diferente a ellas o sus seguidores”.
“No soy tonte y eso que acaba de hacer es mansplaining. Pero esto no es el Canal Caracol, como para andar escribiendo sobre el físico, atributos o belleza de las mujeres. Si le gustan o no. Mucho menos usando argumentos venidos de dos santos hegemónicos católicos. A ver le explico: aquí tenemos una agenda. ¿Ve este pin que llevo en la solapa? Es sobre mi activismo feminista. Este otro, sobre mi defensa de las minorías étnicas. Este sobre ambientalismo. Este sobre la atención a las enfermedades huérfanas. Este es anti patriarcado y este pro libertad de expresión. Esto aquí, junto a mi lápiz rojo, es mi carné que me identifica como militante de un partido de centro izquierda”.
“Le falta el del sentido del humor, Ente Censura”, le digo. “Eso no es gracioso”, me responde y me dice que dónde está mi pin de aliade a sus causas. “Lo siento, nunca me lo han dado y, aunque comparto muchos de sus puntos de vista, no milito en ningún ismo”. Noto un rictus y le menciono que antes ya había escrito sobre temas similares. “No más. De ahora en adelante hay otras condiciones; unas que se acogen a particularidades del momento”, me indica Ente Censura, y en tono condescendiente y pasivo agresivo me sugiere no publicar el texto. “Entonces, ¿de qué escribo?”.
“Hay muchos temas”, me dice Ente Censura. “Sin embargo, desde su posición de hombre mestizo (tirando a blanco) heterosexual, burgués y educado, no debería opinar sobre las mujeres, mucho menos de su físico. Tampoco de la comunidad LGBTI o grupos étnicos. Es más, si aborda estos temas que sea disculpándose por haber nacido con género heteronormativo masculino, por el patriarcado y por lo que hicieron sus antepasados. Y me andaría con cuidado en caso de hablar de religión, política, economía, deportes, medioambiente… puede terminar haciendo mansplaining. Mucho menos abordarlo desde el humor, no todos lo entienden”. “Entonces, ¿escribiría de nada?”, digo confundido. “Eso, escriba sobre la nada, sobre el silencio. Ya nosotros nos encargaremos de llenar ese vacío con un discurso más apropiado a nuestros intereses. Mire, antes de irme, aquí le dejo este acompañante para que permanezca en su puesto de trabajo. Se llama “autocensura”. Y no olvide que calladito se ve más bonito”.
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