Hace unas semanas buscaba los elementos que tenían en común las novelas Un cadáver para armar (Miranda, 2007) y Declaración de las canciones oscuras (Fabre, 2021). Pretendí dar cuenta de ello en un texto que apareció aquí, en Barequeo, con el título de «Aromas de travesías y olor de traviesos«. El envío del documento fue una de las últimas tareas que realicé antes de embarcarme en un viaje que me llevó a Segovia, España, precisamente buscando al personaje principal de la comparación entre las dos novelas: san Juan de la Cruz.
Y es que, con ocasión de los 300 años de su canonización y del primer siglo desde que se le entronizara como doctor de la iglesia, se celebró allí, junto a su sepulcro, un congreso para repasar su vida, poesía y pensamiento. Bajo el lema Allí me enseñó ciencia muy sabrosa, tomado de uno de los versos del Cántico espiritual, transcurrieron las jornadas que juntaban la literatura y teología, historia y paisaje.

Por el cotejo Fabre-Miranda, la inquietud de las reliquias y del olor me acompañaron desde que hice las maletas. Cada tanto, en avión, bus o tren, un par de preguntas azuzaba mi espíritu investigador: ¿encontraría una reliquia con la cual regresar? ¿hallaría un olor con el cual elevar el espíritu?
Las respuestas no tardaron en aparecer para tranquilizar la imaginación piadosa. A partir de los aportes eruditos que nos presentaron los discípulos de Teófanes Egido y José Vicente Rodríguez, las conferencias que se preguntaban por el hombre detrás de la “hagiografía barroca” resultaron apasionantes. ¿Cómo rescatar al fraile histórico de entre los documentos que buscaban promocionar sus virtudes y milagros? ¿Cómo cribar al poeta cuando lo retórico ha desnaturalizado hasta sus propios orígenes?


Así pues, el tono de las novelas estudiadas, sus hipérboles, su frenesí, su neobarroco, son el resultado de un ejercicio literario que parodia y retuerce los documentos que nos llegaron del poeta. El mundo de las reliquias resulta ajeno al propio Juan de la Cruz. Álvaro Miranda, entonces, acierta cuando para el mundo de Un cadáver para armar toma a Francisco, el hermano de Juan, como protagonista. En su testamento, de 1607, se lega la herencia que obtuvo, de la explotación de una reliquia, a Constanza Rodríguez, su esposa.
Para iniciar el reconocimiento del hombre en el santo, la primera etapa de su periplo es ya toda una aventura que comienza en la adversidad. La orfandad paterna, la pobreza de su núcleo familiar en Fontiveros, los trabajos de supervivencia en Medina del Campo, las letras que recibe en un colegio pensado para reducir la delincuencia juvenil y las tareas que asume en el Hospital de las Bubas sientan las bases de una cercanía con el sufrimiento, la paciencia, la herida de amor y el gozo del encuentro. Para imaginar al santo en sus comienzos, no se ha de desdeñar a la ficción: es el ambiente retratado en el Lazarillo de Tormes.

Pienso entonces hasta qué punto obras como las de Miranda y Fabre, a su vez, introducen en el conocimiento del poeta. Una de las conferencias en la que nos exponen el Primer congreso de poetas que se celebró en Segovia (1952), en el que una serie de poetas elige al carmelita como santo patrono, mencionan que allí estuvo el colombiano Eduardo Carranza. Esta presencia hace que me pregunte si ese fue el camino por el que el motivo de las reliquias llegó a Miranda.
Especulaciones, pretextos para regresar.
De roca y huesos
En los intermedios de las jornadas académicas recorro el claustro de los carmelitas. Visito la capilla subterránea conocida como la interior bodega, un nombre que viene del Cántico espiritual:
En la interior bodega
de mi Amado bebí, y, cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.

Paso a la iglesia en la que está su sepulcro. A mano derecha una vitrina expone algunas páginas manuscritas del santo, así como objetos que recuerdan que Juan Pablo II estuvo orando allí el 4 de noviembre de 1982[1]. En el altar mayor la imagen de la Virgen que entrega el escapulario del Carmen, sobre un programa iconográfico del mexicano Gerardo López Bonilla a partir de los escritos sanjuanistas. En el lateral izquierdo están las capillas donde se venera la imagen del Cristo que habló a Fray Juan, según las noticias de su hermano Francisco (que ya recibo con sospecha) y después está el oratorio en el que reposan sus “aromáticos” restos.
Por cierto, el único relicario que vi con uno de sus huesos fue en Ávila, en una exposición permanente enseguida de la Basílica levantada sobre la que fuese la casa familiar de Santa Teresa de Jesús.
En otra de las mañanas, subo al huerto en el que él cultivaba cebollas y otras hortalizas, así como a la ermita en la que se recluía mientras el antiguo convento trinitario se adaptaba para recibir la reforma teresiana. Es primavera, el Amado, mil gracias derramando pasa por estos sotos con presura. Las amapolas bordean los senderos y entonces, la pregunta por el olor y la reliquia se me responden frente a una cantera.

Para hacer fotos —esta manera contemporánea de “relicar”—, me arrodillo y comprendo algo que junta personas en el tiempo y en el espacio: Juan, que picó y pulió rocas para que el ruinoso convento lo hospedaran a él y a los otros amigos de Teresa, ese Juan, huele a piedra y río.
La imagen de un Juan, maestro de obra, se aúna a la de mis anfitriones en Madrid. Por eso, allí, hincado a la sombra de una encina, respiro otros olores: el del hierro y el concreto. Contemplo a un Juan de la Cruz, del andamio y de la grúa. A un Juan de Yepes Álvarez, apiñado en literas, alimentándose de kebabs (económicos y abundantes). Y mientras busca lo trascendente, como un enamorado, la pedalea, la limpia, la suda, jugándosela por los que nos quedamos en el trópico, o los que la aguantan en Ucrania o Palestina.
Así, contemplando la ermita y el ciprés que plantó el santo, cesan mis pretensiones de devoto. Abajo, en el salón del congreso, me esperan un puñado de nuevos amigos con los cuales ir por la cena que recrea y enamora: cochinillo de plato fuerte, ponche de postre y, para cerrar, el brindis que nos enseña Antonia: Antes bebíamos porque no nos conocíamos; ahora bebemos porque ya nos conocemos. Bebamos, hasta que nos desconozcamos.

[1] La tesis doctoral de Karon Wojtyla tiene una fuerte presencia de san Juan de la Cruz y a él dedicó la carta Maestro en la fe, del 14 de diciembre de 1990.