Todo pecador, camandulero, agnóstico, apóstata, converso, evangélico, cristiano, católico, mormón, comunista, liberal o derechista debería dedicar una tarde de domingo a leer Magnifica Humanitas, la encíclica del Papa León XIV. En este mundo lleno de profetas que revelan a cada paso el manual de instrucciones para el futuro, de iluminados que tienen la solución inmediata para los males que nos aquejan, o de caudillos predestinados que prometen luz en medio de las sombras, existe al menos uno que, desde los palacios vaticanos, nos advierte sobre el grave riesgo de embrutecernos.
Quienes poco creemos en los panfletos religiosos, precisamente por la carga doctrinaria que suelen traer, encontramos en Magnifica Humanitas algo distinto. No una invitación a la obediencia, sino una advertencia pública para este tiempo. Si dejamos que la Inteligencia Artificial (IA) reemplace nuestra toma de decisiones, no solo estamos delegando tareas. Estamos dejando de pensar por cuenta propia. Esa vieja costumbre humana de hacerse preguntas profundas, de demorarse en ellas, de discutir con la realidad y aceptar el esfuerzo de comprender, también puede apagarse.
La denuncia papal puede ser leída por creyentes o no creyentes. Lejos de ser un discurso pastoral, es un manifiesto geopolítico revolucionario que nos cuestiona sobre nuestro rol como individuos y como sociedad frente al futuro. Nos pone ante un dilema que ya no podemos aplazar. ¿Cuál será la ética civilizatoria en la nueva era de las máquinas? De esa respuesta dependerá en qué nos convertiremos como especie. La IA no es solo una herramienta. Es una fuerza que altera el equilibrio de poder en el mundo.
León XIV toca el centro del problema. La inteligencia artificial no es peligrosa porque vaya a cobrar conciencia, sino porque permite que los humanos pierdan la suya. Desde algoritmos que moldean la verdad democrática hasta armas autónomas capaces de definir quién vive o muere en el campo de batalla, queda al descubierto un poder oculto detrás del código. Un poder que busca diluir su responsabilidad y excusarse en una máquina cuando llegue la hora de rendir cuentas. Estamos ante una nueva forma de dominación sobre la vida humana, la verdad, el trabajo, la guerra, los datos, la democracia y la libertad.
La inteligencia artificial puede ayudar a curar, educar y organizar mejor la vida común. Pero también puede vigilar, excluir, manipular, precarizar y matar. El problema no está en la máquina. Está en el poder humano que pretende usarla sin dar la cara. Por eso la IA no es neutral.
Detrás de todo esto opera un poder tecnológico en manos de entidades privadas transnacionales que ya actúan como nuevos soberanos globales. Tienen recursos superiores a los de muchos gobiernos, concentran información de millones de personas y avanzan en medio de un control público todavía débil. Bajo las reglas del mercado, los datos dejan de ser una huella de la vida humana y se convierten en materia prima del lucro, la vigilancia y la dominación. El progreso técnico no trae consigo, por sí solo, un progreso moral. Por eso la IA no puede quedar sometida únicamente a las lógicas del monopolio, el dominio y la rentabilidad.
En la guerra, lo justo y lo injusto siempre han sido conceptos disputados. Muchas veces sirvieron para justificar ataques preventivos que terminaron causando males más graves que aquellos que decían evitar. Con la inteligencia artificial, esa frontera se vuelve todavía más frágil. La decisión militar empieza a moverse a la velocidad del cálculo, no al ritmo de la conciencia.
Una máquina puede seleccionar blancos en segundos, cruzar datos, medir patrones y sugerir objetivos. Pero no reconoce a nadie como persona. Reduce vidas humanas a señales, probabilidades y estadísticas. Por eso la encíclica acierta cuando advierte que el juicio moral no puede reducirse a un cálculo, pues exige conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro. La guerra automatizada pretende convertir la decisión sobre la vida y la muerte en una operación técnica, como si distinguir entre el bien y el mal fuera apenas un problema de precisión.
La normalización tecnológica de la guerra alimenta una ideología de falso realismo. Se nos dice que el enfrentamiento bélico pertenece a la naturaleza humana, que siempre ha existido, que siempre existirá y que solo queda administrarlo con mejores máquinas. Esa resignación es peligrosa. Convierte la guerra en destino y no en fracaso político.
Así, los conflictos dejan de orientarse hacia una victoria definitiva o hacia una paz posible. Se convierten en modo de vida, en fuente permanente de poder y en negocio para la industria armamentística y para el pequeño grupo de corporaciones que concentran la tecnología capaz de automatizar la muerte.
Si la guerra es el vaciamiento de la democracia —un sistema que precisamente acepta la diferencia para tramitar los conflictos—, la democracia misma también está siendo manipulada por la IA para fragmentar la verdad. Se alimenta así un modelo político basado en el choque y la desinformación, donde la frontera entre lo real y lo falso se diluye según la utilidad estratégica para destruir al adversario. Como bien advierte el documento pontificio, “la opinión pública se orienta y acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición”.
No necesitamos mirar las guerras de potencias extranjeras para comprobar cómo la furia política también se volvió materia prima del algoritmo. La reciente primera vuelta presidencial en Colombia ha operado como un laboratorio visible de esa mutación. Hemos sustituido la deliberación cívica por el ataque personal y la grosería, consolidando una división visceral entre izquierda y derecha que nos empuja hacia trincheras de ceguera colectiva. En nuestro propio escenario electoral, el algoritmo de las plataformas digitales premia el insulto y castiga el matiz. Así logra transformar al contradictor político en un enemigo a destruir, para beneficio de quienes monetizan nuestra furia.
Para este sistema, los seres humanos vulnerables ya somos descartables. El día que busquemos un responsable, sus dueños responderán que le preguntemos a la máquina, logrando así operar “sin que nadie asuma el peso de la decisión”. Por eso la encíclica es tajante al advertir que la IA “no puede considerarse moralmente neutra”. Quienes diseñan, programan y entrenan los algoritmos no producen simples herramientas. También imponen una idea previa de sociedad, una en la que “la compasión, la misericordia y el perdón como gestos políticos desaparecen del horizonte”. Al final, todo corre el riesgo de reducirse a una suma cerrada de intereses.
La inteligencia artificial no absuelve a nadie. Una máquina puede calcular un blanco, ordenar datos, perfilar ciudadanos, recomendar castigos o seleccionar sospechosos. Pero no carga con culpa, no responde ante la historia y no comparece ante un juez. La inteligencia artificial no mata sola, no discrimina sola, no vigila sola y no decide sola.