Según Hegel, la tragedia ática se caracteriza por el choque de dos fuerzas que pretenden afirmarse, ambas con derecho, de tal forma que ese enfrentamiento culmina con el sacrificio de una de ellas. Así, por ejemplo, en Antígona se escenifica una pugna entre la ley divina, que ordena honrar a los familiares muertos (Antígona insiste en dar sepultura a su hermano Polinices, quien murió al ejecutar un acto de traición a Tebas), y la ley humana, que en este caso establece como castigo para quienes traicionan a su patria el no poder ser sepultados en el suelo propio. El resultado es el sacrificio de la joven Antígona, aunque no sin consecuencias para el rey Creonte, determinador del castigo.
Ahora bien, se podría ver una cierta coincidencia entre esa concepción sobre la tragedia y la situación actual de muchas universidades en el mundo y, en especial, en Colombia. Esta situación se da por el choque de dos fuerzas que, históricamente, han estado interrelacionadas en el contexto de la educación superior.
Una de esas fuerzas es la misión misma de la universidad. Con su tradición milenaria y con un papel de primer orden en la producción y legitimación de nuevo conocimiento, la cultural y el ejercicio de la ciudadanía, la universidad ha sido durante siglos un pilar de la vida en sociedad. En virtud de ese papel, se ha considerado que uno de los puntos centrales de la misión universitaria es la formación integral, la cual tiene un estrecho vínculo con las ciencias (tanto básicas como sociales), las artes y las humanidades, en la medida en que estos campos de estudio contribuyen al desarrollo de competencias fundamentales para que los seres humanos se desempeñen con cierto grado de aptitud en los diversos ámbitos de su existencia. Así lo han señalado, durante siglos, un sinnúmero de pensadores, desde Kant hasta Martha Nussbaum, pasando por Ortega y Gasset.
La otra fuerza en discordia es el mercado. La relación cada vez más estrecha entre la producción de nuevo conocimiento y la alta tecnología ha supeditado la investigación científica a los grandes capitales; además, factores como el auge de las TIC han hecho que el papel de las instituciones educativas como lugares privilegiados para el acceso al saber se desdibuje. A esto se suma que los estudiantes buscan una inserción cada vez más temprana en el mercado laboral —para satisfacer sus necesidades básicas y también para costear sus estudios— y, en consecuencia, optan por formaciones rápidas, de carácter técnico, que los habiliten para desempeñar oficios con alta demanda (pero con un campo de acción estrecho y con riesgo de caer en la obsolescencia en el mediano plazo).
En consecuencia, hoy por hoy vemos cómo varias universidades de Estados Unidos sucumben ante los grandes intereses corporativos y ante las posturas del gobierno Trump, y retiran de sus planes de estudios la formación en ciencias sociales. Mientras tanto, en Colombia, las universidades privadas, cuyo funcionamiento depende en gran medida de sus ingresos por matrículas, se ven forzadas a reducir la duración de las carreras y a eliminar programas y cursos cuyo vínculo con el mercado laboral no es evidente, para atraer a los estudiantes y frenar las tendencias a la baja en el número de matriculados; incluso el candidato a la Vicepresidencia Juan Daniel Oviedo afirmó hace pocos días que “la educación tiene que dar trabajo. Punto”.
Si la ciencia debe obedecer a intereses particulares, sus fundamentos epistemológicos y éticos quedan en entredicho. Así mismo, aunque la educación superior debe propiciar el ejercicio laboral de estudiantes y egresados, reducir la misión de la universidad a esta única tarea equivale a sacrificar su esencia. Y esto es una pérdida de dimensiones trágicas para la humanidad.