La XXIX edición del Premio Alfaguara 2026 se le ha concedido al escritor mexicano David Toscana (Monterrey, 1961) por su novela El ejército ciego. Se trata de una obra que recurre a un motivo de la tradición medieval para darle voces al trauma. A partir de un escriba que reúne los testimonios de los soldados sobrevivientes, el relato ahonda en preguntas que superan ese momento en la historia búlgara para acompañarnos y obligarnos a meditar sobre el sentido de la vida o, lo que es lo mismo, la dignidad misma.
En ese sentido, los primeros paratextos, título y epígrafe, son explícitos sobre la materia con la que se ha elaborado dicha ficción. Desde las primeras líneas, tomadas de la Sinopsis de la historia de Ioannis Skylitzes (1040-1101), no queda lugar a dudas sobre los personajes y las situaciones: se trata de guerreros que son devueltos a sus tierras de origen después de castigarlos con vaciarles las cuencas de sus ojos. «Dicen que el emperador cegó a los prisioneros, en número de quince mil, con órdenes de que a un hombre de cada cien se le dejara tuerto para que sirviera de guía». Toscana nos adentra, con esta cita de la antigüedad, en un hecho ocurrido en el año 1014, en la Europa del Este, cuando el emperador bizantino Basilio II (o Basilio Bulgaroktonos: Matabúlgaros) somete a sus enemigos, los soldados del ejército búlgaro del zar Samuel, a la extracción de sus ojos.
La apuesta de Toscana no se interesa por las razones de la confrontación, sino por los efectos después de la batalla de Klyuch, en la población civil. ¿Cómo se recibe a los hombres cegados? ¿Qué se hace con ellos? Pues bien, frente a ese vacío de la historia, de la microhistoria, de la intrahistoria, el escritor mexicano responde con la cotidianidad de la vida. Por eso el jurado en el acta de premiación sugiere la lectura de la novela considerándola «una fábula oscura y poderosa, alejándose del relato histórico convencional para ofrecer una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia».

El epígrafe, que unas líneas arriba he citado, no termina ahí. Continúa así: «Él [Samuel], cuando los vio llegar en tal cantidad y en el estado en que se hallaban, careció de fuerza moral para soportar el golpe. Le vino encima la oscuridad y un desmayo, y cayó al suelo. Con agua y mirra hicieron que volviera a respirar. Lograron que recuperara en algo la conciencia. Mientras revivía, pidió de beber agua helada. La recibió. Bebió. Sufrió un ataque al corazón. Dos días después murió, en el 6 de octubre».
¿Qué hacemos con las ruinas de nuestras derrotas? Muchos estamos en condiciones similares a las de Samuel: nos despiertan con el olor de la cerveza, con la ilusión de la amistad, pero nosotros vivimos esos dos días de agonía. Y allí, donde nuestro fracaso desea un punto final, es donde Toscana construye esa épica de los vencidos a la que alude el jurado. Una épica en la que la existencia es trivial, juguetona, cruel, bella, monstruosa, hambrienta y erótica.
La novela está compuesta por 62 relatos breves que terminan por conformar la crónica después de la derrota. En ella los vencidos caminan guiados por tuertos, regresan a sus parcelas y sus familias, se adaptan y se resignifican en una cotidianidad ya fisurada.
Por eso la propuesta de Toscana resulta tan atractiva. Donde la historia nos ha entregado una cifra redonda, 15.000, el escritor regiomontano va a retomar un puñado de personajes que nos resultan familiares y vecinos. Por ejemplo, los tres amigos que en la playa juegan a ser el mejillón, al pulpo y al cangrejo mordedor. O que decir del pantagruélico Igorón, de Prémeld y las muñecas de madera que simbolizan a su hija difunta, de Bromo el hombre que habla con los cerdos porque es uno de ellos, del Apóstol que tiene por trabajo el de ser espantapájaros, de Bronimir el padre al que sus hijos consideran un monstruo cuando ven sus cuencas vacías y del Aleksi esclavizado por su propia gente.
La vida recuperada no compensa el sacrificio. En una sociedad feudal como aquella, un hombre ciego resulta una carga: una boca más que alimentar sin que pueda retribuir con las tareas de la siembra, la cosecha o la criba. Entonces, donde el nudo aprieta más, Toscana apela a una solución discreta: asimilar la vida como es y valorarla por lo que es. Por eso en esas fábulas no falta la fantasía, el humor y la ternura, así como también en ellas se cuestiona la teología, se medita en la escritura, se procura el amor.
De esta manera, la novela se convierte en una reflexión metaliteraria. Podemos sobrevivir si estamos insertos en una narrativa en la que seguimos siendo personajes protagónicos. Hoy, mil años después de este crimen, quince mil soldados vuelven a hacernos compañía, no porque ellos nos lleguen con sus narraciones auténticas sino a través de las posibles, con las que nuestra empatía crea un nuevo lazo, un nuevo vínculo, porque también hemos padecido el descarte y la cancelación.

El seudónimo elegido por David Toscana para la plica del concurso fue el de su narrador: Kozaro el escriba. Una lectura atenta de las páginas en las que Kozaro es el eje de la parábola, termina por revelar las inquietudes del hombre del que es alter ego: «Eran miles y miles que habían pasado por lo mismo y sin embargo cada uno había pasado por algo único […] Alguien habría de asentar el testimonio de uno por uno o de todos juntos para que los hombres de los tiempos por venir no los creyeran personajes de una leyenda».
La resolución de esa vocación, la de dejar el testimonio que leemos, nace de la inconformidad que compara la realidad cercana con el relato bíblico. Jehová dejó ciegos a los sirios para contestar la petición de Eliseo. Basilio ordenó a su pueblo que cegaran a los búlgaros y ellos atendieron su orden. Entre el poder divino y el poder humano, entre el vencedor y el vencido, el cronista reúne a los descartables y les devuelve la dignidad al escribirles una vida.
Ese relato, el 46, termina así: «La historia habría de escribirse porque si no para qué maldita sea la cosa tenían los búlgaros un alfabeto». Y es que, como un guiño lingüístico, los capítulos de la novela vienen numerados en glagolítico, el alfabeto inventado por los santos Cirilo y Metodio para la evangelización de los pueblos eslavos. La apuesta metaficcional de la novela queda expuesta: con las pocas herramientas que contiene cada alfabeto, las oportunidades de leer y escribir son una obligación para profundizar en nuestra condición humana.
David Toscana ha recibido distintos premios internacionales en los que el Alfaguara resulta más que merecido. La anterior novela El peso de vivir en la tierra (2022) mereció el V Premio en la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa y es un artefacto que celebra la literatura rusa con la dosis de humor, ternura e ironía que profundizan en ese modo noble, quizá el más noble de la vida, que es el del lector.