Lo conocí cuando trabajaba en la revista Semana; yo tenía 21 años y él más o menos 41, lo sé porque en su biografía se puede leer que nació en 1965, veinte años antes de que yo llegara a este mundo. No sé cómo supo que yo escribía poemas, pero un día me invitó a tomar tinto en el Dunkin Donuts que queda cerca al Parque de la 93 en Bogotá.
Yo me sentía avergonzada porque estaba con un escritor famoso, que tenía premios y libros publicados, un hombre con creaciones adaptadas en la televisión, y yo era apenas una practicante de periodismo, y ni siquiera la más talentosa. No lo digo con falsa modestia.
Me contó que vivía entre Colombia y España y que él podía ayudarme a publicar un libro en Madrid. Me emocioné, pero no me mostré emocionada, aunque creo que se me iluminaron los ojos. En esa ocasión me dio un consejo importante: me dijo que leyera mujeres. Por ese entonces yo solo leía hombres. Ahí dejamos de hablarnos.
Pasaron lo años y un día de principios de 2012, no recuerdo bien cómo, volvió a aparecer. Yo tenía 27 años, él 47, y cada vez era más famoso. De nuevo me invitó a tomar algo, no era de tomar alcohol, así que nos vimos en una cafetería y ahí me contó que tenía un proyecto. Ese día entendí que sus libros no los hacía él solo, sino que usaba lo que en el gremio se conoce como «escritores negros». Es una forma racista de llamar el trabajo literario que no puedes firmar como autor.
La idea que él tenía era hacer un libro para adolescentes. Me dictó el argumento de su propuesta, el tipo de personajes que se imaginaba, y hasta me regaló un libro que él había escrito para que pudiera alinearme con el espíritu de su escritura. Si todo salía bien, él me iba a pagar por mi trabajo, pero obvio, yo tenía que cederle los derechos y no decir nunca a nadie que yo había sido su verdadera creadora.
Me senté a trabajar en la propuesta. Escribí bastante, trabajé muy duro, y el 4 de junio de 2012 le mandé un correo con la sinopsis, el perfil de los personajes y la estructura completa de la novela, con 21 capítulos. Aún tengo ese correo en mi bandeja de salida; un correo sin respuesta. Nunca hablamos por chat, nunca me envió un correo; siempre me llamaba, nos veíamos y me daba sus apreciaciones personalmente. No tengo pruebas de que lo que pasó, pasó así.
Luego de esa entrega me invitó a almorzar a su casa. Vivía en un apartamento en un edificio entre Corferias y la Universidad Nacional. Tenía esposa, hijos, pero cuando llegué, estaba solo y me dijo que su familia estaba en el extranjero. Nos sentamos en la mesa, él había preparado un menú vegetariano. Mientras comíamos verduras demasiado cocinadas me dio su concepto sobre mi trabajo: en conclusión, no cumplía con sus expectativas.
Después de comer, me dijo que fuéramos a la sala. Me senté en un sofá pequeño, de dos puestos, con un cuaderno entre las piernas, donde estaba anotando sus percepciones. Me sentía bastante desanimada y había quedado con hambre. Él se sentó a mi lado y, sin demasiado esfuerzo, hizo su movimiento: me pasó el brazo por detrás de los hombros y tal vez empezó a consentirme un mechón de pelo, o tal vez se acercó tanto a mí que pude sentir su aliento aliñado y su gesto de morbo grotesco.
Ha pasado tanto tiempo que ya no puedo recordar la precisión de la escena, pero lo que no olvido es que me levanté de allí como un resorte, mientras todo, absolutamente todo lo que me había dicho se acomodaba con otra lógica en mi cabeza. Su apartamento solo, sus críticas hacia mi trabajo y su cara, ¡su cara!, es lo que más recuerdo: me miró como a un pedazo de carne. Cerré el cuaderno y no sé qué le dije, seguro le hablé de una manera diplomática: «Malinterpretaste las cosas», «lo mejor es que me vaya»… y efectivamente me fui de su apartamento con un nudo entre la boca.
Caminé muy rápido, como si fuera a perseguirme, cosa que nunca jamás ocurrió (desde entonces no volvimos a hablarnos). Cuando perdí de vista ese edificio de ladrillos rojos, lloré en la banca de un parque del Acevedo Tejada y me prometí que nunca me acostaría con nadie solo por hacer una carrera literaria.
Pasaron diez años antes de que pudiera publicar mi primer libro, que nació en 2021, producto de mi propio esfuerzo. Hoy, 2026, el escritor que me acosó y yo tenemos libros publicados en la misma editorial.