“Soy la causa por la que abogo, tengo que convertirme en lo que quiero ver en el mundo”, Alok Vaid-Menon, escritor, artista de performance, conferencista y poeta estadounidense de origen indio.
Las cosas no han cambiado lo suficiente. A veces, cuando hablo o leo sobre machismo, racismo, homofobia, clasismo, etc., me encuentro con argumentos del tipo “pero eso ha cambiado mucho”, como diciendo que ahora estamos mucho mejor que hace 50 años. Como implicando que ya podemos pasar a otro tema. Estamos mejor, sí. Mucho mejor, no sé. No creo. La diferencia es el estándar que perseguimos.
Solo en las últimas semanas en Manizales una pareja homosexual fue discriminada en el Hotel Termales Tierra Viva por una empleada del lugar y una mujer fue atacada por su pareja dentro de su casa. Mientras tanto en Colombia un hombre, Andrés Pastrana, se niega a darle respuesta a las 20 preguntas que le hemos hecho 171 mujeres por su relación con personas pertenecientes a una red de trata de mujeres, niñas y niños. Y en el mundo los tres hermanos Alexander, Oren, Alon y Tal, fueron encontrados culpables de drogar y violar a por lo menos 11 mujeres que los denunciaron.
Estas son las noticias que alcanzan los titulares de prensa, pero es posible señalar que cada caso que conoce la opinión pública está habilitado por las violencias cotidianas, los chistes pendejos y las burlas francas o soterradas de un montón de personas que no están tan lejos de salir en los periódicos.
No son solo las noticias. Es la gente con la que charlo, amigos, conocidos, familiares y por supuesto, las redes sociales. Persiste todavía una gran ignorancia, un gran desconocimiento, una cantidad infinita de desconsideración, de crueldad e insensibilidad, frente a lo que llamamos diferencia, que no es otra cosa que la identidad propia.
Desde mi punto de vista hay todavía un montón inconsciencia y escasa reflexividad, bien sea porque no hemos tenido la curiosidad de vernos a nosotros mismos, porque no hemos sentido la necesidad de hacerlo, o por sentimientos de miedo o culpa, que muchos no reconocemos nuestra propia rareza. Me gusta recordar que, como decía alguien, la única gente normal es la que uno no conoce bien.
Ese desprecio y a veces odio hacia los demás: las mujeres, los homosexuales, los negros, los indígenas, las personas empobrecidas, porque nos parece que no se parecen a nosotros, porque son muy raros, distintos, inferiores, está sustentado en muchos casos en el desprecio hacia uno mismo y en la incapacidad de abrazar la diferencia que somos. Sea esa diferencia la identidad u orientación sexual, o las capacidades y los intereses que tenemos y que nos avergüenzan.
Vivimos en la cárcel del deber ser y estamos todos enclosetados. Nos preguntamos por la depresión, por los intentos de suicidio y los suicidios consumados, por la soledad y la toxicidad masculina, por la enfermedad mental, por el consumo problemático de sustancias y licor, por los desórdenes alimenticios, la ansiedad, sin preguntarnos de dónde sale todo eso, sin abordar los convencionalismos inventados, la estructura rígida de un sistema que nos lleva a vivir vidas que no queremos, compartiendo con personas que detestamos, trabajando en cosas que no nos gustan y sin amor.
Nos sentimos obligados a una perfección performativa. Si somos mujeres a ser bellas, flacas, vírgenes impolutas o castas, recatadas, pero no tanto que pueda decirse que somos aburridas, acompañadas siempre por un hombre que sea rico, fuerte y protector y que nunca, jamás de los jamases, se enfrente a una disfunción eréctil. Todos con la orden de ser exitosos, de tener dinero, y de pavonearnos en redes sociales, mostrando entornos bellos que sean instagrameables.
Llamamos valientes a quienes deciden hablar públicamente sobre cualquiera de las cosas que nos hacen diferentes e interesantes. Valiente porque no esconden a su pareja del mismo sexo, valiente porque es gorda en la piscina, valiente porque habla de su fracaso económico, valiente porque cuenta sobre su enfermedad mental. Valiente porque renuncia a un trabajo en donde lo explotan. Valiente porque se sale de la cuadrícula. Valiente porque no teme mostrar su vulnerabilidad.
Nos cuesta imaginar la libertad y la fuerza que da salir de tu clóset, cualquiera que este sea. La resiliencia, una palabrita de moda, que hay detrás de cada persona que se asume de manera íntegra y públicamente. Esto es lo que puede terminar de mejorar las cosas antes de que el odio sembrado por el deber ser acabe con el planeta.