Gobierno de película

8 de marzo de 2026

Gustavo Petro es tan narcisista que ya suma dos documentales sobre su vida y ahora hace un cameo en una película sobre el almirante Padilla, que su gobierno financió.
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No es raro que un líder se rinda a su ego y quiera que su imagen perdure en la historia. Nerón, por ejemplo, ordenó construir una estatua de bronce, de unos 30 metros de alto, en su honor; Kefrén, cuarto faraón de la IV dinastía egipcia, tiene la gran esfinge de Giza, y el emperador chino Qin Shi Huang se construyó un mausoleo con 3 mil piezas únicas de guerreros en terracota. Salvo el Coloso de Nerón, las otras estructuras permanecen, y lo que hoy son patrimonios de la humanidad en su momento pudieron ser considerados como propaganda.

Hoy, solo dictadores como Mao Zedong, Saddam Hussein, Kim Jung-Un, Hugo Chávez o el excéntrico turcomano Saparmurat Niyazov ordenan a erigir estatuas suyas. Y mandarse a construir un mausoleo es de cafres, como el de Francisco Franco en el Valle de los Caídos. Además, a cada tiempo, cada medio, y en el siglo XX los gobernantes encontraron en los medios audiovisuales el mejor canal para hacer culto a su personalidad. Adolf Hitler se valió del talento de la directora Leni Riefenstahl para divulgar el nazismo a través de los filmes El triunfo de la voluntad y Olympia, y D.W. Griffith vendió la supremacía racial blanca con El nacimiento de una nación. Tres filmes de mensajes cuestionables pero imprescindibles para la historia del séptimo arte.

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, si bien no es un dictador, un tirano o un déspota, sí tiene el ego de uno. Es un mandatario tan llevado por su narcisismo que busca el protagonismo en cualquier situación. Recientemente lo hizo durante el funeral del reverendo Jesse Jackson, donde se tomó el podio por 17 eternos minutos para compararse con el fallecido líder por los Derechos Civiles estadounidenses y contarle a la audiencia sobre Simón Bolívar y el almirante José Prudencio Padilla.

Pero lo que puede ser una simple anécdota, es en realidad una burda maniobra publicitaria. Fue la oportunidad para promover la película Padilla, donde el mandatario colombiano hace una aparición ataviado como un señorito del siglo XVIII, y que está levantando ampolla en el mundo cultural nacional. Sin haberse estrenado, el filme es polémico porque su historia ya se anunció como una ficción inspirada en hechos reales, lo que tiene rabiando a más de un historiador. Porque el militar de origen guajiro es interpretado por Cuba Gooding Jr., actor estadounidense ganador del premio Oscar en 1997 y que está “cancelado” por la industria de Hollywood tras ser denunciado por acoso sexual a mujeres. Y, sobre todo, porque al parecer se saltó las normativas del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico – FDC, por ser un encargo directo del presidente al Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones – MinTIC, lo que muchos consideran como juego sucio a las producciones nacionales que buscan recursos para financiar sus proyectos.

“La película del almirante Padilla representa la materialización de un sueño colectivo y un mandato presidencial cumplido”, dijo Petro. Desconocemos qué tan “colectivo” fue ese sueño, pero sí sabemos cuánto costó el mandato presidencial: $15 mil 891 millones, de los cuales el Estado aportó $8 mil 104 millones. El monto es ridículo para los estándares de Hollywood; incluso para la corrupción nacional, donde estamos acostumbrados a que roben billones de pesos, como en el caso de la Unidad de Gestión de Riesgo y Desastres – UNGRD. Pero en momentos en los que el país tiene crisis financiera en el sistema de salud, que se destine cualquier peso para rodar una película en vez de invertir en medicamentos y pago de salarios atrasados de médicos y enfermeras es una afrenta a la ciudadanía.

La cuestión es que no solo es Padilla. En el 2024 se estrenó el documental Petro: décadas de lucha. Un pueblo decide y el año pasado, otro documental biográfico, Petro: la política del amor, se transmitió en todas las plataformas del sistema RTVC. Y cada una le costó al país una parte del erario. Mucho o poco, depende de dónde se vea. Poco para el ególatra de Petro que se ha defendido trinando: “Qué tal desfinanciar el arte porque aparezco tres segundos en esta escena, mucha brutalidad aún”; mucho para la familia Kevin Arley Acosta, el niño de 7 años que murió esperando un tratamiento para la hemofilia. O la de Cecilia Quintero, de 70 años, que cayó muerta en una de las sedes de la Nueva EPS en Cúcuta porque llevaba seis meses sin el medicamento para tratar sus problemas renales.

A lo mejor con la película conocemos más del almirante Padilla, más allá de que fue un prócer de la independencia ejecutado por orden de Bolívar. También que dio el nombre a una fragata que llegó a la población de Puerto López, en la Alta Guajira, y acabó con el negocio de contrabando que tenía el Tite Socarras (según cuenta Rafael Escalona en su paseo vallenato). También es difícil saber qué más “petradas” vendrán con tal de halagar al presidente. Un monumento, un busto, un cancionero o un poemario. Tal vez otro documental. Pero, una vez más, cabe recordar a Ozymandias, el soneto de Percy Bysshe Shelley sobre la vanidad humana:

A un viajero vi, de tierras remotas.
Me dijo: hay dos piernas en el desierto,
De piedra y sin tronco. A su lado cierto
Rostro en la arena yace: la faz rota,

Sus labios, su frío gesto tirano,
Nos dicen que el escultor ha podido
Salvar la pasión, que ha sobrevivido
Al que pudo tallarlo con su mano.

Algo ha sido escrito en el pedestal:
“Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad
Mi obra, poderosos! ¡Desesper
ad!”:

La ruina es de un naufragio colosal.
A su lado, infinita y legendaria
Sólo queda la arena solitaria.

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  • Periodista y diseñador industrial. Profesor en la Universidad de Manizales. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Orlando Sierra Hernández” 2024.

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